Deporte y espíritu

Identificador: DM-224.
Publicación original: Novedades, 17 de noviembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Un encuentro de fútbol entre deportistas aficionados

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Paternal, perspicua, alerta, iluminando en número increíble problemas y múltiples aspectos concretos del vivir contemporáneo con orientaciones que permiten encauzar, dentro de la fecunda dinámica del orden, las actividades del hombre de nuestro tiempo, a la solicitud pastoral del Pontífice reinante no podía faltar —hízola hace unos cuantos días— la alusión al deporte.

Éste, como hecho social, asume hoy día extraordinaria importancia por el favor, siempre creciente, de que goza desde hace varias décadas y que no había seguramente alcanzado desde los clásicos tiempos helénicorromanos. Hoy se “hace” deporte en todo el mundo en forma intensiva y variadísima. En él se gasta una buena parte de esa demasía vital de que hablan los psicofisiólogos al estudiar el fenómeno del juego en los animales superiores y en el hombre.

Ahora bien, el deporte racionalmente practicado —es decir, con calidad de veras humana— viene a ser, más que un dispendio, una verdadera inversión cuyos dividendos se cifran en mayor fuerza, mayor belleza y mayor salud corporal y anímica. No cabe, pues, dudar de sus excelencias. Y ello lo ha subrayado el Papa cuando lo ha llamado “elemento de equilibrio, de armonía y de perfección”.

Infortunadamente, ¿quién negará que la popularidad del deporte ha coincidido con las corrientes materialistas de hogaño, y que éstas con frecuencia lo utilizan para sus obscuros fines deshumanizadores?... Bien se refleja ello en ese ambiente propicio al endiosamiento ilegítimo y brutal de la fuerza física que aquí mismo, en Méjico, es atmósfera habitual que respiran ingentes muchedumbres. Cuántos hay, carentes del contrapeso de una educación espiritual vigorosa, que han aprendido a adorar a los héroes del músculo y a olvidar a los del espíritu. Ha sido precisa la terrible experiencia guerrera última para que se abriera un paréntesis en que, al menos, se volviese a valorar el heroísmo —verdadero y positivo— de la bravura bélica. Pero los heroísmos de la inteligencia que se expresa en sabiduría, y los muy más altos de la santidad parecen a ratos haber perdido casi toda consideración en la estimativa general.

Así es, por desgracia, que ha logrado repetida vigencia el falso principio del deporte por el deporte mismo. Y huecamente suele hablarse del “mens sana y corpore sano” sin ahondar, ni en la intención ni en el pensamiento, toda la noble dimensión que la clásica sentencia asume.

Contra esto, Pío XII sitúa la cuestión en sus verdaderos términos. Conforme a sus palabras, se infiere que el deporte no debe ser un simple derroche de reservas psicofísicas excedentes del mínimo vital necesario para la existencia, sino que ha de tener también un “contenido religioso y moral”, merced al cual “el alma debe dominar al cuerpo”. De ahí que, por ejemplo, advierta cuánta discreción haya de usarse en el cultivo de ciertos deportes en los que, “incluso del lado estético, el instinto puede insinuarse en el alma mediante el placer de la belleza o la admiración del ritmo”, o bien, por “cierto nudismo, que no es conveniente ni necesario”. Aquí, como en todo lo demás, ha de privar el criterio que ve en el deporte un valor instrumental subordinado a cosas de mayor cuantía humana.

Porque la verdad es que si el deportismo ha de ubicarse en su auténtico rango —y esto, recuerda el Papa, es muy notorio en determinadas manifestaciones—, debe revestirse de un alegre y varonil sentido ascético. Claro está que el ascetismo deportivo es, si se quiere, elemental e inferior; pero, al fin y al cabo, es un precioso recurso para el perfeccionamiento íntegro de la personalidad. Cuando reconoce su subordinación a otros afanes y gimnasias superiores que corresponden al entendimiento y a la voluntad. Cuando se acepta que el atleta debe fortificar su cuerpo con la disciplina del ejercicio físico para dar al alma un soporte idóneo que le permita lograr, con más eficacia, las excelsitudes de la ciencia y la virtud.

Todo esto es tan cierto, que el deporte mismo decae en más de un sentido cuando no está nutrido de espíritu. De ello habla con elocuencia el hecho de que, cuando se convierte en espectáculo multitudinario y en negocio, no es raro que la trampa, la simulación y el soborno lo desnaturalicen. Por otra parte, considérase cuántas veces, por falta de espíritu, se pierden la fibra, la acometividad, el valeroso mantenimiento del trabajo de los músculos que los azares del juego exigen. Por eso, con razón, los comentaristas del mundo deportivo registran y censuran las fallas de los jugadores “por falta de agallas”, “por falta de corazón”, “por falta de espíritu”, según rezan sus crónicas.

Pertenecimos, hace años, a un grupo de estudiantes, obreros y empleados cuyos ratos libres se empleaban en trabajos de acción social y cívica. Por ello no quedaba tiempo entre semana para adiestramientos deportivos, lo que no nos impedía dominicales encuentros futbolísticos con equipos cuyos miembros vivían todos sus ocios en el entrenamiento riguroso y técnico. Sin embargo, a la hora de la verdad, los nuestros solían resultar los mejores jugadores y rara vez perdían. Cuantos sabían nuestras circunstancias, no dejaban de admirarse. En realidad, el secreto, muy sencillo, estaba en que se suplía la falta de destreza con el ánimo, con el arrojo, con la sagacidad de un espíritu hecho a considerar problemas más difíciles, a vencer más hostiles asperezas y a sacrificarse ascéticamente en planos superiores al meramente deportivo.

Grande y muy olvidada verdad es la que alguna vez oímos a ese nunca bien llorado patriarca del deporte mejicano que fue don Rosendo Arnáiz: “la genuina calidad deportiva se obtiene alimentando de espíritu al músculo”.

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