Del «candor» como ideal humano
Publicación original: Novedades, 11 de agosto de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Deberíamos despojarnos de nuestra seriedad, que nos hace teatrales y solemnes, verdaderos “viejos prematuros”, para convertirnos al candor del norteamericano, que lo hace sencillo y alegre, un verdadero “niño grande” hasta en su vejez. He aquí lo que el panegírico protestante de ese “candor” nos propone con la suavidad de una sugerencia… quizá para que no se advierta la invitación a despersonalizarnos, a perder nuestra originalidad psicológica, a convertirnos en lamentables simios de lo extranjero.
Ya hemos visto que en realidad es el norteamericano quien no pocas veces se muestra teatral y solemne en cosas como lo cinematográfico. Y cabría desde luego cavilar en si ese uso y aun abuso de la afectación –hasta la histeria y “hasta la tortura”- no provendrá precisamente del género de candor que supone falta de sentido de las proporciones, para no decir falta de criterio.
Porque considerando en sí mismo el rasgo cuya ejemplaridad se nos pondera, y desde un punto de vista no hispanoamericano sino simplemente humano, fuerza es asombrarse de que alguien se eche a cuestas la tarea de elogiarnos ese “candor” y sus curiosas manifestaciones en quienes, cierto, pueden ser por otros motivos alabados, pero no, puntualmente, por esa nota de carácter que tanto desconcierta no sólo a los hispánicos sino también al resto del género humano.
Ya es añejo el asombro. Lo registra nuestro ameno cronista García Cubas, al describir la conducta e índole de las fuerzas de ocupación norteamericanas en Méjico, hace poco más de un siglo:
“Si por hábito o educación los tales voluntarios –entre los cuales, nos explica, los había de todas razas, ‘desde la caucásica hasta la etíope’-, así como muchos soldados, en el ejercicio de su profesión y de sus maldades, revelaban que su cerebro estaba organizado como el de todo ser humano, por medio del cual pensaban, sentían y obraban, EXISTÍA EN TODOS (subrayamos nosotros) UN RASGO EXTRAÑO, UN CANDOR ESPECIAL, mas no el que procede de la resultante de nobles sentimientos connaturales, sino de la ceguedad y la confianza inherentes al bonachón, o como en nuestra tierra se llama, con más propiedad, a cada individuo de esa especie, un Juan Lanas, como podré demostrar en el curso de este artículo…” Y recuerda cómo “tanto abusaron nuestros léperos de los candorosos yanquis, que las autoridades del ejército invasor se vieron en la necesidad de obrar con energía para reprimir los desmanes”.
Por supuesto que, entonces como ahora, no habría que hacer una generalización demasiado estricta a propósito de este “rasgo extraño”. Pecaría de injusta, aunque muchísimo menos que aquella que a los hispanoamericanos nos endilga la teatralidad y la afectación. Lo que sí cumple decir es que, en el fondo de la apología del “candor” yanqui, y en los ejemplos vivos que pretenden apoyarla, se esgrime una inaceptable confusión entre el sentido del humor y la superficialidad, entre el concepto de juventud de espíritu y el de puerilidad.
Peregrina teoría ésta, que piensa que la salud espiritual se significa por la capacidad de risa ante las bufonadas, más bien que por una “cosmovisión”, por un luminoso sentido de la existencia que advierte la bondad fundamental que late en el universo, y por ello penetra al alma no de un regocijo psicológicamente a flor de piel, sino de una alegría honda, trascendental, equilibrada y verdadera.
Por su maravillosa y auténtica juventud de espíritu, ninguno tal vez más niño que Francisco de Asís. Y aunque ello repugne y suene a irreverencia, el comentario nos fuerza a preguntar qué es lo que a este espíritu privilegiadamente infantil –en el más saludable de los sentidos de la palabra- podría decirle ese “circo” de la pareja de que se nos hace ejemplo y que en el escenario de la Radio City comienza bailando en “clásico”, prosigue su número con piruetas y contorsiones, y concluye “ante el micrófono diciendo chistes un tanto alemanes”. Cabría también preguntar qué podría decirle ese otro “circo” del soldado yanqui que aquí conocieron nuestros bisabuelos, cuando se daba a imitar descoyuntadamente –anticipos de “jazz” y “swing”- los movimientos del jarabe que veía bailar a las “meretrices de ínfima clase”, a las tristemente recordadas “margaritas”.
¿Qué pensaría de todo ello, digamos, el grácil, el sonriente y armonioso pueblo griego? ¿Y qué tendría que ver su admirable ideal del hombre, que es un ideal de equilibrio entre las diversas facultades –y que no excluye, antes define el lugar y medida que vitalmente tiene la risa-, con este disonante desequilibrio o inarmonía del espíritu cuya imitación se nos propone; con esta obvia falta de madurez psicológica que se manifiesta al exterior por un exceso de lo pueril?
Tal vez se trate de una sobreabundancia de ese elemento deshumanizador que suele llamarse “modernidad”, y que –en uno de sus aspectos-, a dondequiera que llega, glorifica lo banal y hace triviales los espíritus. Lo cierto –y sin ofensa lo decimos- es que hay algo, no en la sangre, sino en la educación, en el ambiente que moldea a los norteamericanos, que debe corregirse para evitar en muchos de ellos la falta, al menos parcial de eso que no debe llamarse vejez prematura sino madurez humana.
Por nuestra parte, nos signan otros y también graves defectos; pero no ése. Menguados estaríamos si a los propios añadiéramos los ajenos.

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