Defensa del coleccionismo

Identificador: DM-235.
Publicación original: Novedades, 9 de febrero de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Filosofía y cultura.
Ilustración de Defensa del coleccionismo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El afán estético o la inclinación a lo histórico, o ambas cosas a la vez, son quizá los íntimos motores principales del fenómeno social del coleccionismo. Esta afirmación, por supuesto, no comprende al “snob” o al nuevo rico, cuyo exclusivo interés se finca en deslumbrar a los demás. Ni al maniático de las colecciones, que deforma una tendencia en sí misma saludable y adolece de una especie de tumor psíquico, practica un género de idolatría, de inversión del orden, al erigir prácticamente en fin de su vida algo que sólo es válido como cosa instrumental, como medio para hermosearla y ennoblecerla.

El amor desinteresado al valor Belleza vibra excelsamente, por ejemplo, en una discoteca, en una pinacoteca, en una galería de esculturas. En unas y otras, la realización musical o plástica de aquel Valor, se atesora como en un archivo de los logros estéticos del hombre, que los preserva, a un tiempo, del descuido y de la dispersión. En estos casos, la sistematizada yuxtaposición de las diversas obras otorga la posibilidad de utilísimas comparaciones, fecundas para informar los juicios estimativos de cada escuela, de cada corriente, de cada época del arte. Los creadores de belleza encuentran fácilmente en ellas una rica fuente de inspiración a la vez que de superación de cánones estéticos. Otro tanto podemos afirmar de los muestrarios del maravilloso arte orfébrico, en el que la piedra y el metal preciosos conjugan sus atributos –gracias a la maestría que los asocia- para entregar extraordinarios deleites a los planos superiores de nuestra sensibilidad.

Estos y otros semejantes agrupamientos de objetos que tienen un signo predominante artístico, asumen también con harta frecuencia un alto interés histórico. Ello puede manifestarse singularmente en la pintura: El Comerciante, de Holbein; el Cuadro de las Lanzas, de Velásquez; el Entierro del Conde de Orgaz, del Greco; el retrato de la Recamier, de David, ilustran el aserto. Por eso estas colecciones se hermanan con frecuencia a aquellas en que el amor a Clío tiene primado sobre el reclamo de lo estético.

Así, los dos ojos clásicos de la Historia –Cronología y Geografía-, que nos dicen el cuándo y el dónde de los acontecimientos, y de las etapas en que éstos se cristalizan, hablan de preferencia en los caracteres de la Numismática y la Filatelia –para aludir primero a los coleccionismos más difundidos-; o en el colorido, forma y disposición de las producciones de la Cerámica, la Heráldica, la Paleografía o la Indumentaria. En todas estas provincias del coleccionismo, advertimos igualmente que la posesión y vista de un sestercio romano, pongamos por caso, o de una medalla conmemorativa de la exaltación de Iturbide al trono de Méjico; de una vasija de barro prehistórico, una ánfora de alguna de las culturas mediterráneas o la porcelana de un tibor chinesco; de los acuartelados blasones medievales; de las inscripciones bellamente historiadas en los viejos códices; o bien de lo gayo y caprichoso de los ejemplares del vestuario universal, suscitan más bien el arrobo de lo histórico que el deliquio de lo hermoso.

Lo mismo sucede con las colecciones de armas. Sus esencias bélicas se abrazan de tal manera con la Historia que contribuyeron a forjar, que la majestad de ésta nos sobrecoge invenciblemente cuando contemplamos un carro de guerra cretense, el escudo de un legionario de la imperial Roma, el mandoble del Gran Capitán o la armadura de Carlos V. Aun el primor del cincel logrado por el armero en el casco morisco, espada y vaina de Boabdil o en la coraza de Luis XIV, no se sobrepone en nosotros a la emoción originada en el hecho de que puntualmente “esos” objetos pertenecieron precisamente a tales personajes; sus arabescos y destellos nos conmueven, más que por su intrínseca perfección, porque a uno lo oxidó el llanto del Rey Chico de Granada y porque el otro guarneció el pecho de donde salió aquel ambicioso impulso que sacudió a Europa con las guerras de sucesión.

De paso, digamos que todas estas consideraciones explican, en buena parte, el constante auge del comercio de lo que se ha llamado, antonomásticamente, “antigüedades”, y que se ampara del prestigio inevitable de lo histórico.

Y ante la nobleza de esta categoría de colecciones en que la Historia y el arte nos dicen sus voces eternas, no se puede menos que sonreír compasivamente cuando se advierte la perversión de que se ha hecho víctima a la Filatelia al exaltar el error tipográfico o la mera escasez de una emisión o de una pieza; cuando se encuentra uno con la manía de coleccionar anillos de tabaco; o retratos y rúbricas de actores cinematográficos… Menguadas preocupaciones –ya otra vez lo hemos dicho- de espíritus ayunos de inquietudes señeras, a quienes no estremece la afición a lo soberanamente hermoso y trascendente.

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