Defensa del bosque
Publicación original: Novedades, 22 de diciembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Si toda la política forestal ha de asumir, en el sexenio que comienza, el sentido que parece indicar la prohibición drástica del corte de arbolitos navideños en los bosques mejicanos, habrá de convenir en que, al fin, ha triunfado el instinto colectivo de conservación sobre el primitivismo de ciertas explotaciones de nuestro arbolado para inconfesable provecho de unos pocos.
Es el bosque uno de los hechos geográficos que más pueden ligar al hombre, con lazos afectivos al par que utilitarios, a la tierra. Malo cuando esa fecunda amistad se trueca en antagonismo. Cuando el duelo se entabla entre los que, en buena ley, deben ser consocios en la empresa superior de dar cumplimiento a los fines de la creación.
A veces, las hostilidades se rompen por obra del bosque. La selva, la jungla, la manigua de las regiones tórridas opone una barrera, que quiere ser infranqueable, a la legítima expansión del hombre. Cuando ello no le es por completo posible, trata de vengarse tolerando sólo grupos a los que impide salir del estado tribal, degradándolos, deshumanizándolos, digiriéndolos, sorbiéndoles por una especie de ósmosis la savia del alma.
Sin embargo, ha de alumbrar el día en que el empuje de la verdadera civilización, con una técnica formidable, sí, pero al servicio de los aún más formidables valores supremos de la vida, logre someter a su señorío la gigantesca, poderosa extensión del bosque tropical. En el fondo, esa victoria ha de ser –como todos los grandes triunfos de la Historia- más del espíritu que de la técnica. Porque el perfil siniestro que se ha atribuido a la selva, es, bien miradas las cosas, injusto por excesivo. En realidad, no se convierte verdaderamente en “La Vorágine” de José Eustasio Rivera sino cuando el que la quiere conquistar abandona el asidero inconmovible de Dios; cuando el alma, para no extraviarse en el dédalo, cree poder pasarse sin el hilo de Ariadna de los grandes ideales religiosos. Pero es que ello también puede sucederle –de hecho, así es con frecuencia- al hombre moderno y “tecnificado”, en la “vorágine” de la gran urbe sin contenidos espirituales.
Otras veces, el hombre es quien pretende acabar con el bosque. Le declara, unilateralmente, la guerra. A la postre, entonces, en su misma artera agresión lleva el castigo. Méjico, en proceso intensivo y acelerado, es un triste ejemplo del gradual pero seguro suicidio del hombre cuando se da a aniquilar al bosque. Para nadie es un secreto que nuestra hasta hoy incontenible desforestación ha sido uno de los más directos y eficaces agentes de empobrecimiento colectivo. Y todos esos montes, a la sazón desnudos, han venido a ser como el símbolo trágico de una política que, entre otras cosas mortales, ha hecho posible la pauperización del arbolado mejicano: mondas calaveras telúricas, signo de muerte, advertencia solemne de que hay que rectificar, premiosamente, nuestro derrotero histórico si queremos de veras supervivir. De que hay que acogerse, como a un guión indicador de caminos de salvación, a esa figura venerable que, en plena ancianidad y hasta su muerte, combatió con brío por los fueros del árbol, del cual fue entre nosotros el apóstol por antonomasia: el ilustre e infatigable ingeniero De Quevedo, quien, a una reflexión honrada y sin prejuicios, ofrece el dato sugestivo de haber sustentado las ideas que han dado en llamarse, despectivamente, “conservadoras”.
La coincidencia, en él, de tales ideas con el anhelo de defensa del árbol, ¿no da qué pensar?... ¿Y la repetida coincidencia, por otra parte, de ciertas famosas “ideologías” con el odio al árbol en quienes hánse enriquecido con talas criminales? ¿No parece esto indicar que es más que llegado el tiempo de hacer menos caso de consideraciones “ideológicas” y atender más al propósito de que la política tenga un positivo carácter de quehacer nacional que congregue en tarea conjunta a cualquier matiz de pensamiento con la sola condición de que se coincida en la capacidad y en la honradez?

Comentarios
Publicar un comentario