De Cal y de Arena: Tierra Santa
Publicación original: Novedades, 26 de marzo de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Tierra Santa, Argentina, Hipólito Paz y censura periodística.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
TIERRA SANTA.
¿Qué hace el mundo cristiano en favor de los Santos Lugares? Acabamos de rememorar el acontecimiento que mayormente los santificó: la muerte de Jesucristo. Pero hay noticia de ciertas manifestaciones del sionismo triunfante en Palestina, en referencia con la población cristiana, con sitios y objetos que son veneración y cosa sagrada de la Cristiandad, que dejan muchísimo de ser halagüeñas: son francamente desoladoras y sublevan.
¿Qué piensan hacer a este propósito los gobiernos que se dicen defensores de la civilización que tiene sus raíces en el Calvario?
“LA NACIÓN”, TOTALITARIA.
Quizá no tardemos mucho en saber toda la verdad en el sonado episodio de “La Prensa” de Buenos Aires. Pero, por lo pronto, entre las preguntas de los reporteros al Canciller argentino, Paz, a su arribo a Washington, hay que destacar la de si es de esperarse en un futuro próximo que el diario bonaerense “La Nación”, por ser también independiente, pueda llegar a ser clausurado por circunstancias similares a las que han dado lugar al cierre del periódico primeramente citado.
Con franqueza, hay que convenir en que la interrogación, así formulada, parece deliberadamente ofensiva. Razón tuvo el canciller platense al despreciarla considerándola basada en “premisas mal intencionadas”. Pero esto nos da coyuntura para dar materia de reflexión a las personas bien intencionadas, sobre aspectos de la ideología sostenida por “La Nación”:
En su editorial del 17 de abril de 1950, afirma: “La doctrina que sustenta la formación de educadores COMO UNA FUNCIÓN EXCLUSIVA DEL ESTADO prevalece en la mayor parte de los países europeos y americanos y debiera ser indeclinable en un pueblo como el nuestro…” Tomamos la cita de otra publicación argentina –de excelente factura y colaboradores, y también antigobiernista por cierto-, ¡y cómo nos recuerda la más totalitaria
y desaforada literatura nuestra, de los peores tiempos, que exaltaba el monopolio educativo estatal apoyado en el artículo tercero constitucional!
EL CANCILLER HIPÓLITO PAZ.
Digamos, de paso, cuán grato nos fue conocer personalmente, en Buenos Aires, al ministro argentino de Relaciones. Cómo nos resultó ser lo más opuesto a un representante de régimen militarista y policiaco, así en su persona como en sus dichos privados u oficiales. Porque todas las buenas maneras diplomáticas no pueden ocultar a un mediano observador cuando representan a un despotismo o a un poder civilizado.
La juventud de Hipólito Paz, aunada a la madurez de su pensamiento, a la dinamia renovadora de las ideas que le escuchamos en ocasión memorable, nos hizo formar de él la opinión mejor. Su lenguaje, ¡qué lejos, qué distante de los viejos estribillos convencionales, de las fórmulas insinceras y huecas a fuerza de manidas de que suele estar saturada la palabrería diplomática de segundo orden! Cada palabra tenía definida intención, valor propio y de contexto, con vigencia actual, y aludía con verdad, con valor y con justicia –al mismo tiempo que sin alardes- a temas que de veras importan, ahora, en materia de convivencia humana en lo nacional e internacional.
Cosas buenas podrán esperarse de la reunión de cancilleres en Washington, si en ella son atendidas voces de tan conspicua validez como la del doctor Paz. Desde luego, hay que aplaudir sin reservas su afirmación de que el caso de “La Prensa” no puede ser motivo de controversia internacional de carácter político. Piénsese lo que se quiera del episodio del diario platense, resulta obvio el peligroso e inaceptable precedente de invasión de soberanía que ello vendría a significar.
CENSURA.
Keyes Beach, corresponsal del “Chicago Daily News”, ha insistido, singularmente, en cómo, durante la gran ofensiva decembrina de chinos y nortecoreanos, las palabras “retirada” y “derrota”, empleadas para referirse al ejército de la ONU, fueron sistemáticamente eliminadas de los mensajes de prensa por la tijera oficial. Otro tanto aconteció no sólo con la palabra “destrucción”, sino aun con cualquier concepto análogo, cuando se trataba de informar que las fuerzas aliadas, al evacuar Seúl, por ejemplo, demolían en su retirada hacia el sur lo que no habían destruido en su avance hacia el norte. El olímpico censor, sencillamente suprimía el párrafo respectivo.
El columnista Drew Pearson, llegó a ser acusado de incluir en sus informaciones, partes de mensajes secretos del servicio de espionaje norteamericano. Oficialmente se tuvo que admitir que tales mensajes no estaban escritos en clave, no había violación de secreto, por lo tanto, ni lugar a acusación alguna, en consecuencia. Lo que parece haber sido el mar de fondo es el disgusto por la divulgación de que no eran, en realidad, un millón o más, sino sólo 285,000 los chinos rojos causantes de la retirada de los aliados en Corea.
Las restricciones, mayores o menores, a la libertad de expresión y de información, son pecados de los que difícilmente no podría inculparse a cualquier poder político de la hora. Cosa es de recordar el caso evangélico de la adúltera, y pedir que el que esté limpio de delito sea el que tire la primera piedra.
Comentarios
Publicar un comentario