De cal y de arena: ¿Comen los niños o comen las ratas?
Publicación original: Novedades, 24 de septiembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad, Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
1.- ¿Comen los niños o comen las ratas?
¿Qué organización social es ésta, en la que una madre –viuda o abandonada- tiene que trabajar fuera de su humildísimo hogar dejando en él a dos gemelitos de cinco meses, para encontrarlos a su regreso comidos de ratas por el inculpable descuido de la única niñera de que dispone: una chiquilla de tres años, hermana mayor de los gemelos?
¿Paramos mientes en el trágico dilema de esta madre? ¿Nos damos cuenta de que si no sale de casa no comerán sus hijos y si de ella sale serán las feroces bestezuelas las que coman a costa de inocentes cuerpecitos inermes?
2.- Convivencia familiar.-
Pero al lado de estos casos –muy numerosos, por cierto- en que la necesidad es positiva y extrema hasta llegar al dilema macabro, hay muchísimos otros en que un modesto pero suficiente bienestar, y aun cierta abundancia en el seno de una familia no impide a sus miembros disgregarse cotidianamente en dispersas ocupaciones o centros de trabajo y con horarios muy disímiles entre sí.
¿El resultado? Hay más dinero en casa, pero hay en realidad menos familia porque falta la convivencia.
No se trata de condenar la legítima aspiración a un “mejor estar”. Ni de negar que este fenómeno de disgregación cotidiana es impuesto con frecuencia por la necesidad de que los hijos vayan abriendo su propio camino en la vida. Lo malo es que probablemente en la mayoría de los casos falta un originario “sentido de familia” que procure hacer meramente transitorias estas situaciones indeseables, y que sagazmente persiga en lo posible armonizar las horas de trabajo con las exigencias de una verdadera vida familiar.
Sí, falta ese sentido de la jerarquía de los valores que alguna vez, incluso pide sacrificar la oportunidad de unos ingresos “extras” –pero no estrictamente necesarios- en aras de ese interés superior significado por la familia. Porque lo cierto es que, cuando en ésta no hay una intensa y entrañable convivencia de sus elementos, resulta poco menos que ineficaz para formar los grandes caracteres, las grandes virtudes de que el mundo está tan urgido.
3.- El vicio del trabajo.- No pretendemos hacer humorismo con el rubro, sino señalar una realidad.
Abunda ahora el absurdo ejemplo de quienes creen que toda felicidad se finca en la riqueza. Son los fieles de esa moderna religión del “mucho trabajo para el mucho dinero, para el mayor confort, para la mayor diversión y para el mayor lujo posibles”.
Lo aleccionador viene a ser que muchísimos de los creyentes en esta fe materialista de importación, reciben en su propio pecado el más original y contradictorio de los castigos, porque al empezar por no valorizar juiciosamente al trabajo acaban por desdeñar todo lo demás, incluso el lujo, el confort o la diversión que fueron sus motores iniciales. Hacen del trabajo un fin en sí mismo.
Así, pasan el día haciendo números y la noche cavilando en nuevos sistemas de reducción de costos o de ensanchamiento de mercados. Para ellos, hasta que la muerte les sorprende, no hay descanso dominical, ni vacaciones, ni más viajes que los de negocios.
Y este aberratorio proceso psicológico culmina cuando ya han acumulado bienes de fortuna cinco, diez o cien veces superiores a los que un hombre y los suyos requieren para vivir sobradamente satisfechos y seguros en lo material. Y habida cuenta de que hay personas que pueden substituirlos en la capitanía de esos grandes intereses económicos que, ciertamente, no deben –por razones de interés social- ser descuidados.
Estos son, qué duda cabe, los que han hecho del trabajo un vicio. Los que olvidan que la virtud está en trabajar para vivir y no en vivir para trabajar.
4.- El sabio ocio.-
Estos viciosos del trabajo son más infelices de lo que se piensa.
¿Qué saben ellos de aquel sabio ocio predicado por los griegos, que no es el ocio del holgazán, sino que para nosotros debe significar el despreocuparse venturosamente un buen rato, al cabo de cada jornada, e íntegramente cada domingo y cada temporada de vacaciones, de las inquietudes de lo material y disfrutar en cambio del paisaje circundante, de los goces de familia, de la amistad, del arte, o preocuparnos de cosas superiores como pueden ser los deberes políticos o la vivencia concienzuda y singularizada de los supremos valores, los valores religiosos, que son lo único que colma nuestras más personales y esenciales exigencias?
Ni siquiera imaginan todas las fecundas posibilidades de este sabio y prudente ocio respecto de lo material, que se convierte en dinamia, en trabajo, en vida intensa para las cosas del espíritu, que son las que dan valor y sentido a la existencia.

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