De cal y de arena: Aún hay quien lo niegue
Publicación original: Novedades, 10 de septiembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
1.- Aún hay quien lo niegue.-
Sí, no falta quien niegue el alud de la inmoralidad. O, al menos, su gravedad siniestra.
Pero lo cierto es que nuestra decadencia moral sólo es negada por los criminales que con ella trafican; por los que cotidianamente viven a costa de algún derecho del prójimo o por los que en las hediondeces tienen habitual y cerdoso regodeo; por algunos irredimibles cortos de alcances; por los agentes de obscuras fuerzas que promueven cuanto, por disolvente, pueda minar el vigor espiritual de los pueblos para hacerlos más fácil carne de esclavitud. Finalmente, la actual prepotencia de la inmoralidad alguna vez ha sido negada por representativos de la gente de bien o de los valores religiosos, inclusive, pensando que una táctica realista y sagaz pide no chocar de manera abierta y “frontal” con los prejuicios, liviandades y arraigados gustos del medio ambiente para no “asustarlo”, para que no se retraiga de las personas, lugares y círculos de significación religiosa.
2.- “E pur, si muove”.-
Y sin embargo, la crisis de la moralidad, en Méjico es un hecho. Una realidad nauseabunda, más aceleradamente nauseabunda cada año que transcurre. Y ha asumido tal gravedad, y, en algunos de sus aspectos, tan ofensivo descaro, que dijérase que hasta los muertos quieren salir de sus gusaneras para protestar contra el mal olor de los vivos.
¿Cómo negar lo evidente? ¿O será que por recibir a diario las tufaradas de lo abyecto se ha perdido hasta el recuerdo del buen olor de lo espiritualmente salubre, de suerte que ya no hay siquiera la posibilidad de establecer comparaciones?
3.- Unas preguntas.-
La irresponsabilidad que signa el carácter de muchos “hombres” de nuestros tiempos, ¿no concibe ya siquiera esa madurez vital, esa fidelidad viril a lo que el deber nos pide en las diarias tareas?... ¿Se ha perdido por completo la sensibilidad, la delicadeza moral que señala al incumplimiento en la faena como un género de robo disfrazado?
La universalidad de la mordida, ¿nos ha hecho olvidar que, otrora, esto que hoy es regla fue antes excepción que imprimía imborrable estigma social?
El libertinaje ostentoso, ¿ha borrado incluso el recuerdo de que la ropa sucia se lavaba en privado, porque hasta el más desenfadado solía conservar un mínimo de respeto a sí propio, a los suyos, a la sociedad en que vivía?
La increíble facilidad de muchas mujeres, ahora, ¿da derecho a colocar en un museo de antigüedades el concepto de consagración que exalta a “la mujer difícil”?
La agresión –ya menuda, ya trascendente- de muchos jóvenes de hogaño al recato, al pudor de la novia, ¿ha enterrado sin remedio a la hidalguía, al pundonor que en reciprocidad pide la noble entrega de un corazón, al paladeo superior de los amores en que el espíritu tiene primado y preferencia?... ¿Se habrá matado aun el sentido elemental de defensa de lo propio? ¿Ya no se es capaz de percibir que incluso la personal felicidad pide el tributo de que “el mismo varón haga y busque tan mujer a la mujer, que deseándola tomar la aleje hasta tener entre sus manos, hasta conseguir de ella el milagro de lo inmaculado”?
He aquí unas cuantas de las preguntas que, en larga nómina, cabría hacer para concretar aspectos importantes de los que debe tomar en cuenta el hoy, al parecer, decidido y operante propósito purificador de nuestra enrarecida atmósfera.

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