Credo Viviente
Publicación original: Novedades, 9 de octubre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Bernardo Bergoend, ACJM, juventud y memoria cristera.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Don Bernardo Bergoend, sacerdote jesuita, francés por nacimiento y mejicano por el corazón, acaba de cumplir siete años de haberse dormido en el Señor. ¿Cómo no recordarlo hoy que su memoria nos viene a ser necesaria para curar la tristeza que producen ciertas claudicaciones? Muchos ignoran esta realidad, pero lo cierto es que nuestras últimas décadas están signadas –en su porción más noble- por la actividad apostólica de este gran francés saboyano, al que el Méjico genuino debe un monumento que cifre su inviolable gratitud para quien puso las mejores semillas del reflorecimiento de aquello que le es más íntimo y caro: su catolicidad.
Él fue “credo” viviente de la verdad mejicana. En palabra y en obras. Rubricó su enseñanza con su constante e indoblegable postura vital ante la tragedia contemporánea de la Iglesia y de la Patria. Por eso no es posible rehuir su recuerdo: magisterio de fidelidades y reproche inescapable de deserciones.
Baste rememorar uno sólo de sus aciertos, que con él nos endeudan para siempre: la institución de aquella Asociación Católica de la Juventud Mejicana. “Aquella” que abatió las ingentes barreras de estúpido respeto humano con que un romo e insidioso liberalismo había apartado del templo a los varones de Méjico. Fue la A.C.J.M. quien dio la pauta para acabar con el oprobio de que los hombres se retrajeran con vergüenza del culto católico. Aquella muchachada fresca, impetuosa y varonil enseñó con su ejemplo que se es más hombre cuanto más religiosamente se vive.
Aquel grupo primero se multiplicó por centenas en otros similares, y todos ellos se echaron sobre los hombros la altísima tarea de vigorizar el espíritu católico del pueblo: ilustrando su fe; acercándolo a la fuente de santificación del culto y de los sacramentos; informándole del sentido de sus responsabilidades sociales en lo profesional, familiar, cívico y político. Sus miembros, así, pudiera decirse que integraron una agrupación con la triple excelencia de una orden religiosa, de una universidad y de una milicia, según lo declaraban sus tres postulados: Piedad, Estudio y Acción. Su lema, avasallador de los más puros entusiasmos, marcaba el alto ideal caballeresco que se proponía: “POR DIOS Y POR LA PATRIA”.
De ahí brotó una gallarda generación, compacta y decidida, que difundió por todo el país una oleada poderosa de reviviscencia de los valores religiosos y patrióticos –que en Méjico se hermanan indisolublemente- y se originó un “clima heroico” que, en la hora de la verdad hizo posible que el pueblo mejicano escribiera, en pleno materialismo del Siglo XX, las más esclarecidas páginas de bravura y santidad que la centuria había presenciado en defensa de una Fe y de una Patria.
Porque hoy muchos se interesan en hacer olvidarlo; pero la epopeya que Méjico realizó de 1926 a 1929 luchando contra la opresión callista, conculcadora de los derechos de Dios, de la persona humana y de la nacionalidad, se hombrea con las más encumbradas de la Historia. Y ese espléndido capítulo de nuestra existencia colectiva, no es ciertamente el título menor que Méjico puede argüir para alcanzar, de Quien tiene en su mano el destino de los pueblos, el premio de la supervivencia en el azaroso e incierto futuro.
La justicia apremia la evocación del hombre gigante que roturó nuestro campo social, y depositó en él la simiente de que germinaría árbol tan robusto y de tan imponderables frutos de heroísmo patriótico y religioso. Los que ofrendaron su vida en el holocausto supremo de la sangre, fueron centenares. Los que sufrieron el martirio incruento, pero no menos doloroso de una existencia deshecha en el vendaval desolador de aquellos años terribles, no sabemos cuántos, pero ciertamente no fueron pocos ni menos heroicos. Unos y otros acrecentaron el caudal de hazañas históricas y de reservas del espíritu de Méjico, en manera tan extraordinaria como tal vez no se había logrado desde que frailes y conquistadores echaron para aquél los fuertes, excelsos cimientos de su perennidad.
Hace ya siete años se nos fue, cuando más urgía la ejemplaridad de su firmeza ante el mal:
“Era “credo” viviente del “acejotaemero”:
Un credo de combate, magnífico y leal…
Firme, gallardo, rápido y limpio como acero…
Por eso lo despiden la salva del “cristero”,
El canto de los mártires y el Himno Nacional…
Pero la obra del Padre Bergoend demostró que, al par del grano que él sembró, la tierra que hubo de fecundarlo –almas y corazones mejicanos, nada menos- era “generosa y de subida calidad”. La incomprensión y la artería no podrán borrar ese dato invaluable, objetivo, de nuestras posibilidades como nación, de nuestras todavía enormes reservas para hacer Historia hazañosa, Historia del Espíritu, que es lo que necesita este pobre mundo lacerado por antagónicas fuerzas que sólo le ofrecen el melancólico y penumbroso desenlace de materialismos de signos diversos, sí, pero todos indeseables.
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