Cortesía

Identificador: SD-035.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 31 de marzo de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Ilustración de Cortesía

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Fue tenida, siempre, como flor de la mexicanidad. Gema fulgidora en la diadema de nuestra cultura, elemento vital de nuestra psicología, es una proyección al exterior de nuestra duple raíz indiana e hispánica. El orientalismo de los aborígenes retenía –a pesar de que en ellos habían naufragado ciertos esenciales aspectos humanos- restos nada despreciables de remotas virtudes originarias: en este caso, resonancias –al través de las edades- del “habitat” primitivo donde florecieron, en tiempos lejanísimos, cortesías tal vez emparentadas con las que nos consignan las tablillas caldeas y los papiros egipcíacos . El Occidente, desembarcando de las carabelas colombinas, trasplantó aquí las exquisiteces caballerescas del Medioevo, palpitantes y vivas en el pueblo más caballeresco y de mayor cortesanía de Europa, cualidades éstas que era –verbi gratia, en la Italia de la época- proverbial atribuir a los españoles.

De suerte que una de las varias manifestaciones de nuestro mestizaje hubo de ser la suigéneris cortesía mexicana, en que la vivacidad española se apaga un tanto con la suavidad casi asiática, protohistórica, de las formas indígenas; ungidas una y otras por la virtud cristiana de caridad: balsámica, sedeña, visceral.

Aun hoy, el que viaja en el país por lugares apartados de los centros de población más o menos influídos por el cosmopolitismo que amaga la autenticidad de nuestro perfil, puede observar la reiteración del fenómeno en toda su limpieza. Y es ello quizá más transparente en las costumbres, modos y lenguaje del pueblo.

Lamentablemente resulta que a medida que transcurren los días notemos, particularmente en la capital, la desaparición de un elemento de civilidad que nos ha sido característico, que nos enalteció ante los extraños y que fue fidelísimo reflejo de nuestra medular manera de ver la vida: transido de un sonriente humanismo; de una noble y afanosa búsqueda de los aspectos amables de la convivencia; de una preocupación substancial por el bien del semejante.

Porque, en verdad, si se exploran los fundamentos recónditos de la buena crianza en las costumbres, en el vestido, en los modales y en las fórmulas verbales, se encuentra que lo que vivifica todas esas manifestaciones no es otra cosa sino la estima eminente e institucional, con toda la fuerza de una convicción entrañable, de la dignidad de la persona humana. Sin el convencimiento del valor que cada hombre, que cada individuo de la especie tiene en su misma esencia; sin la sabia ponderación de lo que es debido a los legítimos rangos en que la naturaleza o el propio esfuerzo han situado a cada uno de los prójimos, la cortesía pierde su hondo sentido y decae en una serie de formas vacías, dotadas de una simple comodidad utilitaria al facilitar los dares y tomares con los demás o corrompidas por el servilismo ante el poderoso.

Por eso, la perfección de la fineza en el trato –que no debe confundirse con las exageraciones y amaneramientos de algunos manuales de urbanidad- se logra cabalmente en los países de civilización occidental fieles al espíritu de ella; porque nada ha habido como el cristianismo para exaltar a la vez, en un sereno equilibrio, la dignidad de la persona y la de las jerarquías sociales, produciendo esa sabia mezcla de llaneza, de hidalguía y de respeto en las relaciones que singulariza sobre todo a los países hispánicos. Merced a ello, en nuestras usanzas castizas, el inferior ha rendido siempre al superior la pleitesía debida; en tanto que el superior ha tenido para con el inferior familiaridades y respetos en que esplende la espontánea y arraigada creencia de nuestros pueblos en la igualdad de esencia de todos los hombres. He ahí el secreto de aquellos indestructibles cariños que solían ligar, antaño, a amos y criados. Aun viven muchos que vivieron esa bella realidad y pueden atestiguar la verdad del hecho.

Urgente es que –nosotros, los capitalinos, más que nadie- reaccionemos contra la ola de vulgaridad, de majadería, de aplebeyamiento, de deshumanizadora mala crianza que amenaza ahogar uno de los atributos que nos han sido tradicionales. La consideración por los ancianos, el rendimiento respetuoso ante la mujer, la solicitud por el niño, la urbana atención prestada al igual, la afectuosa campechanería para el subordinado o el de inferior categoría social deben ser nuestro lujo y nuestro orgullo. Con ello daremos vida tangible y práctica a lo que hay de mejor en nuestra herencia de cultura, de cristiandad operante.

Nada perderemos con ello. Y México ganará muchísimo ante sus propios ojos y los ajenos.

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