Corea: Miedo y Optimismo

Identificador: DM-103.
Publicación original: Novedades, 17 de julio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Corea, guerra fría, comunismo, temor y prudencia política.
Ilustración de Corea: Miedo y Optimismo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No es fácil –ni razonable- desvanecer los fantasmas del miedo de esta hora. Tampoco es fácil – aunque esto sí es razonable- desarraigar optimismos que –aun queriendo apoyarse en argumentos históricos- en realidad sólo manifiestan la íntima esperanza de que el inmediato porvenir siga determinados rumbos que se consideran deseables y justos, o al menos como más tolerables.

En la prensa, estos días, podemos darnos cuenta de las voces que se levantan para acallar el temor de que lo de Corea no constituya sino el comienzo del derrumbe del sistema políticosocial en que se encuadra lo que se ha convenido en llamar Occidente. Una vez más, se escucha a los medrosos que canturrean o silban en la obscuridad para disimular el pánico ante la incógnita de las tinieblas. Pero también se oye a los que repiten viejos estribillos inaceptables, con la mayor buena fe, creyendo poder afirmar la oscilante certidumbre en la supervivencia de lo democrático y liberal. Estas últimas voces quieren convencer a los cavilosos que ya dudan en ello, y les hablan de la derrota del comunismo como de una inapelable fatalidad más o menos próxima.

Lo cierto es que de nada vale silbar en la obscuridad para que se despeje la actual incógnita. Lo cierto también es que nada hay menos fatalmente necesario que una derrota militar del Oriente comunista. ¿A qué engañarse y engañar a los demás? La verdad es que el polvorín de Corea encierra todas las posibilidades. Lo honrado, lo viril, lo objetivo, es aceptar y enfrentarse a esa verdad.

No basta decir que las cosas van a ser como queremos que sean, para que así se realicen. No basta incluso quererlas para que ocurran, a menos de poner en juego y oportunamente los medios idóneos para lograrlo. Y aquí es donde cabe la pregunta: ¿pasó ya la oportunidad de salvación del sistema democrático liberal? No es fácil ser profeta, pero lo que sí se puede decir es que, a todas luces, de nada le han servido las terribles lecciones del no muy lejano pasado, de ayer apenas. Ni un reajuste a conciencia de su ideario y de sus prácticas ha querido, sobre todo en lo que hace a la justicia social, aun siquiera hubiese sido por mero oportunismo utilitario. Ni un intento serio de espiritualizar deveras sus metas históricas y la vida de los pueblos que rige, cosa que le hubiera redimido y a la vez galvanizado para las tremendas pruebas que era obvio tenían que llegar. Hoy, esta encrucijada –a la que ha arrastrado a todo el mundo- ya viene a ser algo muy parecido a una trampa mortal: si se muestra debilidad ante el Oriente, pésimo; y si se echa mano de la fuerza, también pésimo porque nadie puede precisar razonablemente los alcances de una contienda de atómica reciprocidad.

¿La Historia? Sí, habla, y con sobrada elocuencia. Cayó Cnossos ante el empuje –entonces, bárbaro- de los aqueos. Y con Cnossos sucumbió la poderosa y brillante talasocracia cretense… ¿Que el pequeño pueblo griego –flor del mundo antiguo- no sólo resistió, sino que a la postre desbarató al coloso persa? Verdad es; pero también que la pérdida de sus virtudes originarias, y el desdén por la lección de unidad y de espíritu castrense que le dio Alejandro, le hicieron caer al embate de la Roma joven. ¿Y qué decir de la Roma de la época de las invasiones? La organización, la riqueza, los cuadros militares del Imperio no pudieron con la púgil acometividad de los jóvenes pueblos bárbaros. Y el esplendor de Bizancio, la Roma de Oriente, ¿no se apagó al soplo del turco? La mayor civilización, pues, no es prenda infalible de victoria en un conflicto. Por otra parte, es pueril ver en los triunfos aliados de las dos primeras guerras mundiales el desenlace de unos “juicios de Dios”, al modo de los duelos judiciales de la Edad Media. No quieren decir la última palabra en el duelo judicial que sí es la Historia total y que aún no acaba de escribirse por entero.

Hay que hacer, sí, lo indecible para salvar la cultura auténticamente cristiana, la sola que merece en plenitud el dictado de cultura, y a la que el liberalismo traicionó por cierto. Hay que esperar esa salvación, y desearla con fervor operante. Creer incluso en su reivindicación definitiva. Pero hay que ser modestos y realistas: no podemos decir, en conciencia, que avizoramos a la vuelta de qué recodo histórico ocurrirá ello. Y sin pecar de pesimistas, por lo que toca al próximo futuro, no hay que desechar la posibilidad de un lapso tenebroso. No para rendir el ánimo a la sumisión, por cierto; sino para revestirlo de la virtud de fortaleza y disponerlo a una reconquista segura y estable de los valores supremos de la especie. Nunca la consideración de los peligros reales es dañina cuando hay anchura y profundidad en el espíritu.

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