Contra la «civilización afrodisíaca»

Identificador: DM-184.
Publicación original: Novedades, 25 de febrero de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad, Universidad y educación, Fe y vida religiosa.
Ilustración de Contra la «civilización afrodisíaca»

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Conforta comprobar que las organizaciones que han acometido la cruzada de moralización del ambiente están dando muestras de que no se trata ahora de un empeño transitorio, de una de esas “llamaradas de petate” en que tan pródiga ha sido en Méjico la gente de bien.

Signo de ese propósito de no cejar en una tarea que para la Patria es verdaderamente vital mantener y llevar a feliz término, la convención que acaban de celebrar estos organismos. Junto a la reafirmación inquebrantable de los nobles designios de salubridad espiritual, se hizo presente en esta asamblea el balance, si se quiere modesto pero alentador, de lo que se ha logrado en los primeros meses de trabajo. No es mucho, pero es el resultado sólo de los comienzos del primer esfuerzo serio que aquí se hace en orden a la purificación de una atmósfera social en la que, desde hace mucho, parece que todo conspira para facilitar el mal y para hacer difícil el bien.

Pero solicita nuestro comentario, singularmente, la voz que en esta coyuntura ha explicado el porqué la campaña de moralización se ha ceñido hasta ahora sólo a aquello que atañe a las buenas costumbres, cosa que ha dado pie a algunas críticas desfavorables. Las razones que defienden esta actitud realmente nos parecen plausibles y hasta obvias, si se hace mérito de las circunstancias y de los medios de que se dispone.

No tiene, se dice, las mismas probabilidades de éxito el tratar de alcanzar simultáneamente todas las metas que puede y debe proponerse un esfuerzo en pro de la moralidad pública, que el dividir la tarea en etapas que den sucesiva atención a cada una de tales metas, según que los problemas específicos a que se refieren aparezcan como más urgentes de resolver. Que esto es un acierto lo revela la consideración de que ello equivale a emplear, por analogía, la táctica que en la última guerra demostró sagacidad indudable cada vez que se lanzaba el impacto total de las fuerzas motorizadas sobre un solo punto del frente adversario, para romperlo y quebrantar su poderío, su capacidad de resistencia y de contrataque.

No se trata, pues, como se ha querido hacer creer, de reducir la moral al capítulo único de las buenas costumbres, sino de una razón táctica.

Si así se enfoca la cuestión, podrán suscitarse tal vez divergencias de criterio práctico sobre qué cosa sea lo más urgente resolver en México en punto a moralidad externa. Por nuestra parte, reconocemos que todo lo es. Pero creemos que se justifica la opinión que sostiene que antes que nada hay que volver por el decoro de las costumbres, lo cual, por cierto, digámoslo de paso, requiere como su más firme garantía y base la solución de nuestro pavoroso problema escolar, el logro de una escuela que no sólo no socave los cimientos morales de la juventud, antes los afirme graníticamente.

Porque pensamos que, psicológica y socialmente, la impureza, el desenfreno sexual, suele ser, en términos generales, quizá el más poderoso agente de deshumanización, de envilecimiento individual y colectivo, que con una extraordinaria, maligna eficacia, allana los obstáculos que para las otras manifestaciones de la inmoralidad significan, en lo privado, la conciencia, y en lo público, la sensibilidad ética de la sociedad.

Por otra parte –circunstancia ésta sumamente grave-, el desenfreno, hoy, aparece en esta materia más desvergonzado y notorio. Semejante descaro resulta de especial y tremendo poder corruptor. Porque la impudicia connaturaliza con el mal. Crea el hábito de considerarlo como algo no sólo corriente, sino como algo inofensivo y desprovisto de malignidad auténtica. Entonces se torna más infeliz y depravada la condición de una persona o de una colectividad, porque el sentido moral se pierde y el olfato ya no percibe siquiera el mal olor de las miasmas. Y hay motivo para desesperar de su regeneración, más aún que cuando perpetra incontables transgresiones al código de la moralidad pero sigue reconociendo, no obstante ello, la excelencia y el valor obligatorio de sus preceptos. Porque hay un inmenso abismo entre pecar, reconociendo que se peca, y pecar negando la realidad del pecado.

Esto último –pecar y negar que se peca- es, ni más ni menos, el pecado mayor de esta “civilización afrodisíaca” que, a pesar de los prodigios de la técnica de hogaño, sigue animalizando al hombre de Occidente, es decir, sigue quitándole ímpetu, rebajando los caracteres y aflojando en consecuencia los resortes del espíritu sin los cuales la sola técnica no podrá resistir, acaso, el Gran Asalto de la estepa, que se perfila inminente e inevitable.

De ahí la clara razón que asiste para acudir en Méjico, antes que a otros, al remedio del mal que mayormente gangrena y predispone a la completa disgregación, a la pérdida de la voluntad de persistir en nuestro ser nacional.

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