Complejo de Dependencia

Identificador: DM-108.
Publicación original: Novedades, 21 de agosto de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: identidad mexicana, influencia estadounidense y autonomía cultural.
Ilustración de Complejo de Dependencia

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Desde la última guerra, con singular énfasis, se pone el acento sobre el hecho de nuestra vecindad geográfica con los angloamericanos. Eso está bien si el propósito que se persigue es afirmar en nosotros un criterio realista acerca de nuestra situación y de nuestras posibilidades en determinados órdenes de cosas. No suele estorbar el tener presente un dato que, además de verdadero, es importante para el gobierno de nuestra vida individual y colectiva.

Sin embargo, en esta hora, hay que convenir en que para algunos mejicanos resultaría más saludable el olvidar un poco la vecina presencia de los Estados Unidos. O si se prefiere, enseñarles a pensar en ello sin sacar consecuencias, ya del todo falsas, ya simplemente desorbitadas, de esa realidad.

La cosa es clara. Día con día, puede uno darse cuenta de que son cada vez más los que enferman de una psicosis sui géneris. Podríamos designarla como un “complejo de dependencia”. Tal es el complejo de los que –incluso sin percatarse de ello, a veces- de manera expresa o implícita, rigen sus pensamientos y hacen planes para el futuro –en orden a sí mismos o a sus hijos- en función de un criterio pedestre y por demás ligero. Ese criterio se basa en algo que va, desde la idea más o menos imprecisa de que todo lo mejor que hay en el mundo lo tienen siempre los norteamericanos, hasta la confesada convicción de que el peso de la vecindad de aquéllos asume para nosotros tan colosales proporciones-manifiesto en múltiples influjos políticos, económicos y espirituales-, que no sólo resulta inútil oponérsele, sino que es perjudicial y hasta estúpido querer evadir su fatalidad histórica.

No hay senda más segura para nuestra despersonalización: para el extravío de nuestro carácter nacional. Esto lo han dicho muchos antes que nosotros; pero hoy más que nunca es urgente reiterarlo en la palabra y en la actitud vital. Porque se puede juzgar o no plausible el tener un vecino rico y poderoso. Y en todo caso no sería sabio el desaprovechar lo más posible las beneficiosas repercusiones de esa circunstancia, cuando las hubiere. Pero lo que resulta inaceptable es el esperar todo lo bueno para la propia casa, como si ello pudiese ser sólo en calidad de mera resonancia de la manera como el vecino gobierna la suya. Lo que viene a ser positivamente estúpido, es la constante expectación de los frutos del huerto contiguo sin cultivar el propio. O el sembrar, en su tierra semilla de la que el vecino siembra, sin pensar que pueda ser otra la que aquí convenga, ya por mejor, ya por más adecuada a la índole del terreno que a uno le tocó en suerte.

Ya por desventura, no son escasos los nuestros que así viven: en espera de que nuestra política, de que nuestra economía, de que nuestra cultura no sean sino consecuencia y reflejo de lo que esas mismas cosas son más allá del río Bravo. Los que aguardan sólo que les caigan frutas de las ramas del árbol ajeno que sobresalen de la tapia que separa las dos heredades. Los que viven en acecho de si el del otro lado siembra alfalfa o cría cerdos para a su vez hacer lo mismo, pensando que los resultados serán forzosamente óptimos sin advertir que quizá, en su terruño, dé mejor resultado sembrar papas o criar gallinas.

Pero, en verdad, ¿por qué en todo se ha de imitar al vecino afortunado y poderoso? La prosperidad no otorga la infalibilidad y el acierto en cualquier empresa. Ni lo que al vecino dio buen éxito en determinados renglones puede darlo ineludiblemente a quien tenga aptitud y vocación diversa. Antes, en ciertos casos, puede dañarle. Torcer sus rumbos. Quitarle alma y estilo original, que es lo que sí suele ganar el triunfo en la vida. O en la Historia, si de pueblos se trata.

Por eso es que hay que hacer ahora un esfuerzo más enérgico que nunca por seguir siendo los que todavía, a Dios gracias, esencialmente somos. Urge reivindicar para nosotros lo mismo nuestra política –a pesar de sus muchas miserias de hoy- que nuestra economía –que tiene sus aspectos peculiares, no siempre en dependencia lógica del norte-, y, sobre todo, nuestra vida cultural y moral –religión, lengua, costumbres, visión de la existencia-, que es lo que nos viene a ser más íntimo y que mayormente nos hace ser mejicanos. El peso del múltiple y formidable influjo estadounidense no debe aceptarse sin crítica, nomás porque sí; con mansedumbre de ovejas atentas al sonido de la primera esquila que las llame, porque eso sería darle la razón a la denigrante y sabida tesis del “destino manifiesto” de los pueblos que se suponen inferiores. Sin “jingoísmos” estrepitosos e inoperantes, pero con sagaz sentido de las propias conveniencias y con alerta sentido de autonomía y dignidad, el influjo de los Estados Unidos –o de cualquier otro país- sólo debe aceptarse a riguroso beneficio de inventario, mediando concienzudo y previo análisis de sus elementos aprovechables o desechables. Eso es lo que se hace cuando se tienen tres dedos de frente; cuando se quiere ser de veras realista y amigo de las objetividades.

De otra suerte, un día llegaremos todos a creer, por ejemplo, que en Méjico es un don nadie quien no sabe hablar el inglés. Que ya desde ahora es lo que parecen creer hasta las profesoras de algún “kindergarten” –y eso, en plantel que se supone mejicano por los cuatro costados- que acostumbran disminuir la calificación al párvulo que no aprende a dar los buenos días con un “good morning, teacher”.

¿No es intolerable, no es afrentoso semejante “complejo de dependencia”?...

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