¿Collazo a la silla eléctrica?
Publicación original: Novedades, 30 de junio de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Por temperamento y por convicción nos son extrañas las xenofobias demagógicas. Pero la sinceridad periodística –“la verdad os hará libres”, reza el Evangelio- nos fuerza a hacer un llamado a la equidad y al sentido práctico al subrayar que en la conciencia iberoamericana late el convencimiento de que el infortunio de Oscar Collazo –cuya sentencia de muerte acaba de confirmar la Suprema Corte norteamericana- es el de un patriota de un país hermano, a quien se quiere dar muerte, al final de cuentas, por anhelar la independencia de su pueblo.
Ese estado de ánimo viene a robustecerse por la circunstancia de que –a pesar de los obvios, innegables datos que hicieron presumirlo- no se haya podido establecer, sin dejar lugar a dudas, la verdad del intento magnicida que desde un principio se atribuyó a Collazo y a su acompañante Torresola; intento para consumar el cual no llegó siquiera a haber una positiva coyuntura, puesto que ninguno de ellos pudo penetrar en la residencia presidencial frente a la que perdió la vida Torresola en el sangriento lance que todo el mundo recuerda.
Por otra parte, supuesto que hubiese sido cierto el designio imputado a Collazo y a Torresola, la obligada reflexión es que la responsabilidad, más corresponde a los que originaron las circunstancias que en tal caso lo habrían motivado, es decir a las autoridades norteamericanas que sucesivamente se han obstinado en desconocer a Puerto Rico su carácter de entidad nacional y su independencia.
Si la sentencia de muerte –al no conmutarla el presidente Truman- se cumple en la persona de Collazo, millones de iberoamericanos no podrán lealmente ver en ello más que la represalia en contra de quien –tal vez sin pretenderlo- habría dado ocasión a una alarma que no tuvo fundamento suficiente; o bien lo tendrán que registrar como uno de los sobresalientes capítulos de la represión del movimiento libertador de Puerto Rico por parte del gobierno estadounidense.
Esta represión, por cierto, ha querido justificarse invocando la nota de rebeldía con que se pretende tachar a los militantes nacionalistas portorriqueños, en cuanto que se tiene a su patria por territorio de la Unión norteamericana. Salta a la vista que hay muchísimo menos sindéresis que la que otrora pudo, verbi gratia, poner en juego el Rey de Inglaterra para juzgar como rebeldes a los líderes de la independencia de las trece colonias inglesas que en un momento dado quisieron dejar de serlo para convertirse, a la postre, en una federación -los Estados Unidos- totalmente independiente. Un cambio semejante de voluntad no puede invocarse, siquiera sea como pretexto, en el caso de Puerto Rico, al cual nunca le fue solicitado su consentimiento para incorporarlo a la unidad política de los Estados Unidos, y que sí ha manifestado, en cambio, su irrevocable deseo de regirse con plenitud de soberanía.
Y aquí cabe recordar que en la etapa inmediatamente anterior a la guerra entre España y los Estados Unidos, Puerto Rico disfrutaba ya de un estatuto de autonomía bajo el cual se iniciaba un evidente florecimiento nacional, que tronchó la anexión norteamericana hasta llevar al pueblo puertorriqueño a extremos de pauperismo originados sobre todo por la economía de monocultivo que se impuso en la isla. Esto, aunque mucho se ha tratado de disimularlo, todo iberoamericano medianamente enterado lo sabe y lo siente como herida abierta en propia carne.
¿Por qué cerrar los ojos a estas evidencias? ¿Y cómo cohonestar las palabras que lamentan la suerte de las patrias que han perdido su libertad ante el peso del poderío soviético, con la pertinencia con que se niega la suya a la moción puertorriqueña?... ¿Cómo es que se aplaude y estimula a los patriotas que de este lado de la cortina de hierro luchan por la restauración de las libertades nacionales aplastadas por el puño cerrado comunista, y se persigue al mismo tiempo como a forajidos a los que exigen la libertad de un país situado nada menos que en la parte del mundo que se ha convenido en llamar “continente de la libertad”?
De honrada, inexcusable y elemental franqueza es decir que todas estas preguntas, y otras análogas, se mantienen vivas en el espíritu iberoamericano ante la, al parecer, inevitable electrocución, el próximo viernes primero de agosto, del patriota Oscar Collazo.

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