Colecciones
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 30 de septiembre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El afán estético o la inclinación a lo histórico, o ambas cosas a la vez, son quizá los íntimos motores principales del fenómeno social del coleccionismo. Aquí descartamos, por supuesto, al “snob” o al nuevo rico, cuyo interés se finca en deslumbrar a quienes tienen la desgracia de hacerles una visita. Hacemos a un lado al maniático de las colecciones: éste adolece la deformación de una tendencia saludable; padece de un verdadero tumor psíquico; practica una suerte de idolatría, de inversión del orden porque erige, prácticamente, en fin de su vida algo que sólo es válido como cosa instrumental, como medio para hermosearla y ennoblecerla.
El amor desinteresado al valor Belleza vibra excelsamente en una discoteca, en una pinacoteca, en una galería de esculturas. En una y otras, la realización musical o plástica de aquel Valor, se atesora como en un archivo de los logros estéticos del hombre, y los preserva, a un tiempo, del descuido y de la dispersión. La sistematizada yuxtaposición de las diversas obras, en estos casos, proporciona la posibilidad de utilísimas comparaciones, fecundas para los juicios estimativos de cada escuela, de cada corriente, de cada época del arte. Los creadores de belleza encuentran fácilmente en ellas una rica fuente de inspiración y de superación de cánones estéticos. Otro tanto podemos afirmar de los muestrarios del maravilloso arte orfébrico, en que la piedra y el metal preciosos conjugan sus atributos, gracias a la maestría del espíritu que los asocia, para entregar extraordinarios deleites a los planos superiores de nuestra sensibilidad.
Estos y otros semejantes agrupamientos de objetos que tienen un signo predominante artístico, asumen con harta frecuencia un alto interés histórico. Ello puede manifestarse singularmente en la pintura: El Comerciante, de Holbein; el Cuadro de las Lanzas, de Velásquez: el Entierro del Conde de Orgaz, del Greco; el retrato de la Recamier, de David, ilustran el aserto. Por eso estas colecciones se hermanan con frecuencia a aquellas en que el amor a Clío tiene primado sobre el reclamo de lo estético. Así, los dos ojos clásicos de la Historia —Cronología y Geografía—, que nos dicen el cuándo y el dónde de los acontecimientos y las etapas en que éstos se cristalizan, hablan de preferencia en los caracteres de la Numismática y la Filatelia —para aludir primeramente a lo más popular—; o en el colorido, formas y disposiciones de las producciones de la Cerámica, la Heráldica, la Paleografía o la Indumentaria. En todas estas provincias del coleccionismo, advertimos igualmente que la posesión y vista de un sestercio romano o de una medalla conmemorativa de la exaltación de Iturbide al trono de México; de una vasija de barro prehistórico, una ánfora de alguna cultura mediterránea o la porcelana de un tibor chinesco; de los acuartelados blasones medievales; de las inscripciones bellamente historiadas en los viejos códices; o bien, de lo gayo y caprichoso de los ejemplares del vestuario universal, suscitan más bien el arrobo de lo histórico que el deliquio de lo hermoso.
Lo mismo sucede con las colecciones de armas. Sus esencias bélicas se abrazan en tal manera con la Historia que contribuyeron a forjar, que la majestad de ésta nos sobrecoge invenciblemente cuando contemplamos un carro de guerra cretense, un escudo romántico, el mandoble del Gran Capitán o la armadura de Carlos V. Aun el primor del cincel logrado por el armero en el casco morisco, espada y vaina de Boabdil o en la coraza de Luis XIV, no se sobrepone en nosotros a la emoción originada en el hecho de que “esos” objetos pertenecieron precisamente a tales personajes; sus arabescos y destellos nos conmueven, más que por la intrínseca perfección, porque los oxidó el llanto del Rey Chico de Granada o porque guarnecieron el pecho de donde salió aquel ambicioso impulso que sacudió a Europa con las guerras de sucesión.
Todas estas consideraciones explican el porqué del auge constante del comercio de lo que se ha llamado, antonomásticamente: “antigüedades”.
Y ante la nobleza de esta categoría de colecciones en que la Historia y el Arte nos dicen sus voces eternas, no se puede menos que sonreír compasivamente cuando se advierte la perversión de que se ha hecho objeto a la Filatelia al exaltar el error tipográfico o la mera escasez de una emisión o de una pieza; cuando se encuentra uno con la manía de coleccionar anillos de tabaco, o retratos y rúbricas de actores cinematográficos… Menguadas preocupaciones de espíritus ayunos de inquietudes señeras, a quienes no estremece la afición a lo soberanamente hermoso y trascendente.

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