Cine y Cultura
Publicación original: Novedades, 29 de mayo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cine, cultura, educación y responsabilidad de los productores.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
A nuestras anteriores reflexiones alrededor del tema cinematográfico, habría que agregar otras muchas. Pero ciñámonos, por hoy, a ésta: es innegable que el cine no ha cumplido, ni con mucho, con sus posibilidades de ilustración popular más que en parte mínima. Medítese por unos instantes lo que de él se ha esperado como vehículo de difusión cultural; lo que ha podido hacer y no ha hecho, y se tendrá que convenir en que las realizaciones del cinematógrafo en esta materia, desde sus comienzos hasta hoy día, son casi nada comparadas con lo que deberían ser, así en número como en calidad y eficacia instructiva.
Esto es más de echársele en cara, cuanto que ha sido –síguelo siendo, ahora con la televisión- lo que con más agilidad hubiese podido comunicar a los grandes públicos –con el menor esfuerzo por parte de éstos- los dones culturales. Y aun cabría observar que lo que en este punto ha llevado a cabo, muchísimas veces ha sido casual, sin proponérselo previamente.
Pero lo más lamentable de todo estriba en que incluso en el mayor número de oportunidades para hacerlo, no sólo no ilustra, antes cumple una tarea contraria. Díganlo, si no, y por vía de ejemplo, las incontables películas que han adulterado y siguen adulterando –sin razón artística que lo justifique- la verdad histórica en puntos de veras substanciales, con lo que ofrecen una visión obtusa, pedestre o tendenciosa del pretérito. Poco podrá haber más anticultural -y más pernicioso- que este constante pecado de lesa Historia. Díganlo también las no menos numerosas cintas que han erigido en insoportable abuso la táctica de escenificar, de mentirosa manera, la realidad social y el carácter de muchos pueblos. Para eso, los presentan sólo en depresivos aspectos que, o no son ciertos, o se exageran monstruosamente, o no se contrapesan con la presentación de los datos favorables que podrían llevar al público a una apreciación más cabal y justa de lo que hay en otras latitudes y de lo que otras naciones o razas son en realidad. Esto, desde luego, sin hacer cuenta de multitud de inepcias que a cada paso se deslizan en el cine en estos casos por lo que toca a circunstancias geográficas, vestuario, costumbres u otras que sería prolijo enumerar.
Para subrayar la verdad de lo anterior bastaría evocar, y puede hacerlo mentalmente el lector, cómo en el cine –sobre todo en el argumentado- ha sido frecuentísimo el recalcar hasta lo indecible los aspectos, ciertos o erróneos, que puedan significar atraso en los pueblos iberoamericanos, verbi gratia, o en los del mundo musulmán, del mundo amarillo o del subcontinente indostánico. Cómo lo que suele respirarse en los “films”, sobre todo los de factura yanqui, es un conjunto de elementos –ya medulares, ya accidentales- que tienden a presentar a todas estas importantes porciones de la humanidad como insinuando la existencia en ellas de cierta inferioridad de carácter; a veces, con ausencia de recursos vitales ante los problemas, nimios o graves, que en el argumento se suscitan; y otras, más desembozadamente, como taradas por cosas que van desde una idiosincrasia pueril o supersticiosa hasta vicios como el servilismo, la deslealtad, la cobardía o la crueldad sanguinaria. Todo ello, aparte de lo que significa como injuria, constituye un falseamiento de la verdad. Puntualmente, lo que así se realiza es algo contrario al propósito instructivo e ilustrador que debiese siempre latir en la intención cinematográfica.
Dejemos en el tintero otras varias observaciones al respecto. Pero concluyamos que, después de las décadas de desarrollo tan poderoso como el obtenido por la industria del cine, diríase que ya va siendo tiempo de que se rectifique así su descuido como su acción negativa en materia de propagación de la cultura. No se trata, por supuesto, de que la producción se reduzca a los llamados “documentales”. Se trata, sencillamente, de que las películas de argumento, que son –lo cual es lo lógico- el mayor y arrollador porcentaje, tengan en términos generales, sin mengua del obvio propósito de diversión, y en armonía con él, una cierta ambición de ilustrar. Esta noble ambición debería precaver cuidadosamente en el cine argumentado la contaminación de datos falsos, y procurar la sagaz presentación de lo más esencial e interesante en materias instructivas, hábilmente entreveradas, como de paso, con los elementos argumentales, de suerte que no se mate con ello el interés dramático –o cómico, según sea el caso- de las cintas, antes lo realce, complete y avalore.
No hay excusas para no llevar las cosas por este camino. La industria del cine tiene para ello sobrados recursos técnicos, artísticos y financieros. Estos últimos, para arbitrarse con ellos lo que pudiese hacerle falta para dar cima al empeño.
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