Cerámica
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 7 de abril de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
De abolengo, si los hay, es el antiquísimo arte de la cerámica. Las manos del hombre y el torno, en una alianza de milenios con el fuego, han dado con ella a los fines utilitarios y a los afanes de expresión estética un nobilísimo y dócil instrumento.
Tanto los pueblos primitivos como los civilizados, los nómadas como los sedentarios, los prehistóricos, lo mismo que los históricos, han dado su aportación más o menos estimable a las producciones de la cerámica. Lo notable en todas ellas es que su estricta y esencial calidad de recipientes para los más sencillos usos domésticos –que hubieron de tener en los primeros tiempos- se aúna, desde un principio, al propósito de hacer de la arcilla un vehículo de manifestación de la belleza según la personal sensibilidad de artífice. Desde las más arcaicas vasijas de la edad de piedra se encuentra el dato artístico; un soplo –aún elemental- de inspiración las anima. Su forma deja de mostrar muchas veces la intención escuetamente funcional: casi siempre hay en ellas el detalle plástico ajeno a la función que suscitó su manufactura.
Pero donde más resalta el hecho, es en los labrados y colores que hermosean la superficie exterior. Hasta en este menudo fenómeno, pues, ha de confesarse en retirada el burdo materialismo de la historia: he aquí la influencia de lo bello, conjugándose desde los primeros años de la humanidad a la mera satisfacción de necesidades y comodidades del cuerpo… Si el hombre se moviese sólo por urgencias de índole material, ¿qué sentido podría tener el dibujar airosas grecas o vivas escenas zoológicas o humanas, en el contorno de una ánfora que guardó el agua consumida por alguna familia prehistórica de los antiguos bosques de Germania y el vino de Rodas que se libó en algún ágape helénico?... Tales dibujos nada quitaban ni añadían a la materialidad del consumo del líquido, evidentemente. Pero el espíritu exigía acompañar esa operación corporal con el regalo, el deleite estético de la figura y del colorido en combinaciones armoniosas. Desde la cacharrería posiblemente antediluviana hasta las posteriores y exquisitas creaciones en mayólica, fayenza y porcelana se reitera el fenómeno. De este modo se llegó a la sublimación del arte en los objetos que sólo proponen realizar lo bello: tales, las estatuillas de cerámica.
Esta asume una de sus más apasionantes manifestaciones en los ladrillos de las remotas culturas mesopotámicas. Quizá de una manera simultánea, se utilizaron en dos importantísimas tareas: la arquitectura –debido a la escasez de piedras y metales en la región- y la escritura. Y si aquélla fue de una gran fragilidad ante el embate de los siglos –por eso desapareció, con toda probabilidad, la bíblica torre de Babel-, ésta, la escritura, nos conserva documentos relativamente numerosos que encierran algunos de los testimonios más extraordinarios de la arqueología universal: baste recordar la más antigua epopeya de la literatura –que refiere las hazañas del héroe sumerio Gilgamesch- o la pasmosa colección de ordenanzas legislativas del rey Hammurabi.
La loza egipcíaca es, asimismo particularmente digna de remembranza por su hermosura. Y hubo, por otra parte, construcciones egipcias en que se echó mano del ladrillo, como la pirámide del rey Asychis en que existe esta curiosa inscripción:
“No me desprecies al compararme con las pirámides de piedra; yo guardo, en ellas, la misma relación que existe entre Júpiter y los demás dioses (la alusión de Júpiter o Zeus se explica por el gran comercio material y cultural con los griegos), porque, sumergiendo un madero en una marisma y recogiendo el limo que a él se adhirió, se elaboraron los ladrillos con los que se me ha construido”.
¿Y qué decir de las realizaciones indostánicas, y más aún de las chinas? La belleza de estas últimas ha sido secularmente proverbial, por lo que hace a la porcelana; y el secreto de su maravillosa translucidez no pudo ser conocido por los occidentales sino hasta fechas muy recientes. Célebre es, en esta materia, la torre de porcelana de Nankin, que tenía setenta metros de altura, totalmente revestida “de placas esmaltadas de cinco colores distintos”.
La Italia etrusca la clásica y la renacentista –para no hablar de lo que hizo en cerámica el “milagro griego”- dieron especialísima contribución a la alfarería ornamental. La España árabe, la mozárabe y la mudéjar dieron cima a supremos prodigios cerámicos en lo que atañe a baldosines y mosaicos. Excelsos logros fueron, así, la mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada. Sin olvidar que en la época romántica la alfarería saguntina, doméstica o de lujo, no tuvo rival. Hoy día, sigue siendo objeto de sumo aprecio la loza de Talavera de la Reina, cuya tradición se prolongó gallardamente en la celebrada Talavera de la Puebla de México.
Al par de ésta, por lo que a nosotros toca, han tenido muy singular estima nuestros búcaros: tinajas, vasos, jarras y “botellones”.
Al retornar de un viaje por el extranjero, se sabe uno gastronómicamente en la Patria cuando al sabor de la tortilla y del chile se añade el regusto terroso, aromático y fresco del agua servida directamente de un castizo botellón de Guadalajara…

Comentarios
Publicar un comentario