Centenario de Colón

Identificador: DM-166.
Publicación original: Novedades, 12 de octubre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Filosofía y cultura.
Carabelas navegan hacia la tierra que aparece en el horizonte

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Se ha convenido en celebrarlo este año, porque se juzga hoy —no ha habido nunca noticia segura sobre ello— que el de 1451 es más probablemente el del nacimiento de quien, descubriendo un continente nuevo, murió en la certeza de haber sólo encontrado la ruta marítima occidental al Asia, es decir, al continente históricamente más antiguo.

EL NAVEGANTE

Colón, ¿fue un santo? ¿Un genio, tal vez?

En nuestro entender, ni lo uno ni lo otro. La aureola de santidad que para el descubridor auspició la liquidada leyenda colombina —fallida en su propósito de asumir alcurnia hagiográfica—, ha largo tiempo se desvaneció. La vida del Almirante no ofrece el ejercicio “en grado heroico” y supremo de todas las virtudes, ni mucho menos. En cambio, registra lunares de graves injusticias; notorias ingratitudes para los que bien le sirvieron; alguna unión ilegítima, si matizada de espiritualidad manchada también de injusto olvido por su parte; faltas enormes contra la verdad al querer defenderse de cargos ciertos o al subrayar sus propios grandes e innegables méritos, amén de una poco atrayente actitud puntualmente contraria a la que en su padre el Maestre don Rodrigo nos pondera Jorge Manrique en sus célebres coplas, porque Colón fue más bien león riguroso con los que le estuvieron sujetos y se inclinó a ser benigno y mansísimo con los magnates.

No nos parece, tampoco, que al un día corsario o “bucanero” genovés, pueda conferirse la condecoración del genio. Porque si a éste le es indispensable la “larga paciencia” —muy notable en Colón— para ser cumplido y opulento en frutos, no es ella, empero, lo esencial del genio: esa excepcional llama ingénita de la inteligencia, ese relámpago de la intuición cuasi angélica que sitúa al genio muchos estadios arriba de los mejores talentos normales. Antes que la tosuda —y, por otra parte, explicable— credulidad colombina en las tildes y comas de los relatos de Marco Polo, sí resulta genial, en cambio, la notable inferencia que —dos siglos antes— hizo el franciscano español Raimundo Lulio, “el doctor iluminado”, deduciendo de la existencia de la corriente del “mar Grande o de Inglaterra” la necesidad de tierras continentales situadas al occidente de Europa y del África entonces conocida, porque, decía, “su medido flujo y reflujo, que necesariamente pide dos opuestas vallas que contengan el agua tan movediza y sean pedestales de su arco”, indica “que necesariamente en la parte que nos es occidental hay continente en que tope el agua movida, así como topa en nuestra parte respectivamente oriental”.

Colón, sin embargo, y en ello se finca su verdadera grandeza, fue un “héroe” en el consagrado sentido que al término otorga Carlyle. El héroe no es el santo, forzosamente. Puede no ser el genio. Pero sí es la personalidad señera y sobresaliente que influye, poderosa, en el curso de la Historia. Porque si el héroe es influido por la familia, por la sociedad, por la raza, por las circunstancias, todo ello, al final de cuentas, no constituye sino la suma de presupuestos que a cada hombre adscribe la Providencia para que realice su originalísima y personal plenitud. Lo heroico —variable en grados e intensidad— empieza al domeñar todo ello; estriba en no serle esclavo y culmina cuando a todo ese acervo de fuerzas se le imprime una dirección en concordancia con las grandes aspiraciones del humano albedrío, cuando hay el aliento capaz de insuflarles la vida de lo cumplido, de lo realizado, y sin detenerse sólo en la exigua excelencia de la hazaña diminuta.

Esa superior calidad humana, esa riqueza vital, ese poderío del espíritu para soñar en grande y para hacerlo vida y verdad, para —en una palabra— hacer Historia, basta para constituir al héroe.

Y esa es la gloria legítima del que, con el espíritu de España hinchando el velamen de sus tres carabelas, vence el misterio del mar tenebroso, y hace honor al sentido providencial de su nombre: Cristóbal, “Christum ferens”, “portador de Cristo”; aquel por quien en un principio llegó a tierras americanas la flor de la cultura que en Cristo tuvo origen y por Él eficacia civilizadora y aroma de Gracia.

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