Centenario de Colón

Identificador: DM-165.
Publicación original: Novedades, 11 de octubre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Filosofía y cultura.
Ilustración de Centenario de Colón

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Se ha convenido en celebrarlo este año, porque se cree hoy día que el de 1451 es más probablemente el año del nacimiento de quien, no obstante haber descubierto un continente nuevo, murió en la certeza de haber sólo encontrado la ruta marítima occidental al Asia, es decir, al continente históricamente más antiguo.

¿Qué nota substancial reviste la personalidad de Colón, tan discutida todavía hace unos lustros?

Hoy nos hace sonreír el tono hagiográfico de santoral de la vieja leyenda colombina que pintaba un personaje nimbado por la aureola de los santos. Por otra parte, Colón sería un genio si éste sólo fuese “una larga paciencia”, como alguna vez se ha llegado a decir, porque fue rico de perseverancia en propósitos y esfuerzo. Pero lo esencial del genio –aquello sin lo cual la larga paciencia no llega a dar frutos acabados y opulentos- acaso le sea extraño: ese relámpago de intuición cuasi angélica, que es el privilegio que sitúa al genio muchos estadios arriba de los mejores talentos normales.

Colón, sin embargo, -y en ello se finca su verdadera grandeza- fue un “héroe” en el sentido consagrado por Carlyle. El héroe no es el santo forzosamente. Puede no ser el genio tampoco. Pero sí es, siempre, la personalidad señera y sobresaliente que influye, poderosa, en el curso de la Historia.

Porque si el héroe -¡cómo dudarlo!- es influido por la familia, por la sociedad, por la raza, por las circunstancias, todo ello, al final de cuentas, no constituye sino la suma de presupuestos que a cada hombre adscribe la Providencia para que, sirviéndose de ellos, realice su originalísima y personal plenitud. Lo heroico, que es variable en grados e intensidad, empieza cuando en lugar de ser esclavo de ese acervo de influencias se es señor de ellas. Y culmina cuando a la fuerza aprovechable que todas juntas significan se le imprime una dirección en concordancia con las grandes aspiraciones del humano albedrío; cuando hay el aliento capaz de insuflar a los ideales la vida de lo cumplido, de lo realizado, y sin conformarse mezquinamente con la exigua excelencia de la hazaña diminuta.

Esa superior calidad humana, esa riqueza vital, ese poderío del espíritu para soñar en grande y para hacer lo soñado vida y realidad; esa virtud –en su acepción original de “fuerza”- para hacer Historia, basta para constituir al héroe.

Y esa es la legítima gloria del que, con el numen de España hinchando el velamen de sus tres carabelas, vence el misterio del mar tenebroso, y hace honor al sentido providencial de su nombre: Cristóforo, “Christum ferens”, “portador de Cristo”. Porque por él llegó en un principio a tierras americanas la flor de la cultura que en Cristo tuvo origen, y que por Cristo tuvo fertilidad civilizadora y aroma de Gracia.

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