Casa y espíritu

Identificador: SD-087.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 4 de julio de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad; Filosofía y cultura.
Una familia disfruta de la luz y el espacio de su casa

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Uno de los temas constantes de preocupación en la gran urbe, es el del alojamiento. En los últimos tiempos, la directa acción oficial y la protección a la iniciativa privada en orden a la construcción de nuevas edificaciones que ayuden al menos a aminorar ese problema, algo empieza a significar. Y como estamos prácticamente en los comienzos de esta ingente labor, oportuno es insistir en ciertas observaciones que estimamos vitales.

Porque parécenos evidente que algo que debe estar en la esencia del plan general de construcciones que se destinen a la familia capitalina de escasos recursos —ya que el asunto tiene un cariz básicamente familiar—, ha de tener un mínimo de características que garanticen que en ellas se podrá vivir una vida positivamente humana, de decoro y calor hogareños. De otro modo, mal andará la cosa si se reincide en la falta cometida por la avaricia en los más recientes años. Si se continúa el delito de erigir montones de cuartos hacinados uno sobre otros, con metódica usura, para que vegeten cuarenta familias en el espacio en que antes solía vivir una. Lo que se piensa hacer, poco o mucho, hágase bien al menos.

Forzoso es traer a la memoria de quienes tienen en sus manos esta noble e ingente empresa urbana, que no son “palomares” o “cajones” lo que nuestra gente necesita; que no son colmenares de corte comunista lo que se exige, sino casas auténticas en las que sea dable llevar una existencia digna de personas.

Sobre esto, son dos los aspectos fundamentales que hay que tener en cuenta. Primeramente, y sin pensar por supuesto en derroches de espacio innecesarios y hoy imposibles, urge lograr que las casas tengan la holgura indispensable para que en ellas tengan cabida ciertas cosas como pueden ser la música de los pájaros, la alegría de los tiestos y el juego y retozo de los niños, para todo lo cual ya no hay sitio en las breves oquedades de los jonucos que hoy se estilan. Obvio es que ello se traducirá en aumento de salud física. También en salud psíquica, porque la familia disfrutará así de la imprescindible independencia reclamada por su carácter de unidad sociológica singular, diferenciada de las otras familias vecinas. Poco habrá tan repulsivo y funesto como la contigüidad excesiva de todas ellas, que trae siempre aparejados chismes, maledicencias, rencillas pueriles muchas veces pero en las que el encono suele sembrar el germen de amargas intranquilidades.

Por otra parte, ha de evitarse de igual manera la repelente, grisácea e inhumana uniformidad de las edificaciones, lo mismo en su distribución interior que en su aspecto externo. No se han ponderado como es debido las pésimas consecuencias de esa monotonía de estilo inventada por el cosmopolitismo moderno, enemigo de la originalidad. Ello en parte contribuye a signar con frecuencia la mentalidad de los habitantes de la gran urbe con un no sé qué de anonimato, de reformatorio, de celda penitenciaria, que a la larga resulta depresivo (incluso cabría anotar que los más avanzados sistemas penitenciarios están tratando de eludir, para ciertos tipos de delincuentes, el sistema de alojamiento celular; qué menos que el ciudadano honrado no tenga que sufrir lo que no se juzga idóneo ni siquiera para el recluso). Porque en este aspecto, como en otros muchos, debe despojarse a la vida citadina de torpes uniformidades, y debe llenársele, en cambio, del principio espiritual de la saludable diversificación.

Sólo así podremos decir que se ha considerado el problema del alojamiento en su dimensión integral. Si se escuchan las voces de los fueros del hombre total: cuerpo y alma, cada uno con específicas y no desatendibles exigencias. La casa, pues, debe también albergar en cierto modo al espíritu, darle ambiente adecuado. Así se suprimirá un hecho que tira a convertirse en hábito vicioso: que el pueblo vive cada vez más en la calle y en las diversiones porque no cabe en las casas-cajones.

Hay que lograr la armonía entre la casa y el espíritu.

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