Caballero del Infortunio
Publicación original: Novedades, 7 de agosto de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Miguel Miramón, biografía, historiografía y conflicto mexicano.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Certero ha sido Luis Islas García con este subtítulo –incisivo, ceñido, exacto en todos sus contornos- a su reciente biografía de Miramón. El libro entero es un ciclo bien cerrado –albor, cenit y ocaso- de pulsaciones vitales. Es, positivamente, una bio-grafía. Hay en él la vibración humana, el latido de realidad que es un acierto del gusto contemporáneo. Por ello puede decirse que constituye una obra de acabado equilibrio estético y que nos entrega en dosis mayor la verdad. No queda en mera descripción, apagada y macilenta, de sucesos históricos y referencias testimoniales. Tampoco en desaforada novelización de un personaje sobre el fácil apoyo de arbitrarios psicologismos. Nos cansa ya la excesiva versión psicologista del género biográfico, que comenzó siendo un timo novedoso y ha concluido en timo y en “choteo” insoportables. El mejor logro, tal vez, de este volumen se finca en la conquista de armonizar la palpitación de una vida y su descripción objetiva y documentada. O mejor dicho, en haber sabido insuflar literariamente, con raro vigor, aquélla en ésta.
Hace apenas un lustro, otro excelente libro, de Carlos Sánchez Navarro, marcaba el principio formal del anhelo revisionista de esta generación en torno del Macabeo de la Guerra de Tres Años. El “Miramón” de Islas García continúa el loable empeño que es urgente mantener y acrecer por lo que significa en nuestra Historia el Caudillo conservador.
De lo que éste y sus hechos fueron, imparcialmente vistos, queda en el lector una varia impresión: las dimensiones extraordinarias del personaje; la ligereza o mala fe con que lo enjuició la historiografía al servicio de sus vencedores; la intensa dramaticidad de la lucha que deliberadamente quiso librar y del inmerecido revés del epílogo, y, finalmente, la tragedia hondísima de Méjico, que ha sido también, como Miramón, “caballero del infortunio” en los azares de la lucha a muerte por conservar su identidad, y cuya fisonomía ha desfigurado igualmente la falsa historia.
Claro que no faltará quien repita, ante la justipreciación reivindicatoria del héroe, ese hoy socorrido estribillo que censura la alusión –así sea indirecta y por resonancia- del debate entre liberales y conservadores, entre el llamado “progreso” y el ser de Méjico. Se dice que ello es inactual; pernicioso, inclusive. Que la “vieja pugna entre liberales y conservadores o entre católicos y jacobinos” resulta “absolutamente artificial, ajena al curso real, profundo, de la vida de Méjico” y que “no responde a ninguna necesidad” de éste.
Pero a todo ello se ha contestado ya, con toda verdad, desde hace tiempo, que puntualmente “Méjico ha organizado su lucha en torno a lo que con tanta indiferencia se quiere mirar. Primero, en las Leyes de Reforma, después, en su oposición a las Leyes del 17, el mejicano ha visto algo más que simples palabras. Ha distinguido una médula mucho más crítica que la acartonada discusión académica. El pueblo de Méjico, central, vigorosamente religioso, comprendió –y comprende- que hay dos caminos a seguir: lo que trae en sí… y lo que se opone a ello… Para él, el problema de la conciencia está muy por encima del problema de la organización política. Se quiere libre, se sueña creyente con derecho en su moral y en su vida ética. Esto, al final de cuentas, se lo han quitado el liberalismo y las leyes del liberalismo. Por eso el pueblo se ha opuesto encendidamente. No por falta de maizales o por la pérdida de las cosechas. Por ello, y a costa de parecer fanático, ha sido bandera mundial de catolicidad. Abierta, palpitante, en ocasiones desgarrada…”
Y muy bien se ha añadido, a propósito del porcentaje de 99 católicos en cada 100 habitantes, en Méjico: “El dato puede ser más o menos certero, más o menos atinado: pero lo que ciertamente resulta indudable es que la grandeza de nuestra catolicidad no estriba en las estadísticas, sino que se cimenta más bien en “la fuerza intensiva”, en el ardor, en la sinceridad, en la promesa potencial de esa religiosidad. Y si se considera así, ¿qué problemas más urgentes, más absolutos caben en Méjico que los que directamente se refieren “al modo de ser y de sentir” de ese conglomerado? Si vale decir, somos el 200 por ciento católicos. Numéricamente, somos mayoría. ¿Es justo darle tan fácil salida, como el silencio, a los deseos de la gran mayoría”…? Ahora, que si se admite, aunque no sea más que hipotéticamente, a “los artículos 3º, 115 y 130 constitucionales como no dañinos, como no dignos de ataque…, entonces podemos limpiar los horizontes de posibles conquistas. Porque el liberalismo se concreciona en esos postulados; los ha conquistado en lucha ordenada y sistemática, son su trofeo de triunfo, y sólo aceptando como válidas esas conquistas” podremos conformarnos con la afirmación de que la polémica entre conservadores y liberales es inactual y perniciosa.
Pero no. El robo jamás prescribe. Y menos cuando es a costa del patrimonio moral e histórico de una nación. Por ello Miramón viene a ser tan actual como los puntos esenciales del debate mejicano de hace cien y de hace ochenta años. Como los del que hace veinticinco ensangrentó nuestra Historia con la guerra cristera, y que tuvo un epílogo aun más terriblemente grave, más amargo e injusto para México, “caballero del infortunio” que aquel otro colofón del cerro de las Campanas.
Por ello hay que congratularnos del brío, pleno de objetividad y de intención patriótica, con que hoy se reivindica a quien más que individuales éxitos, más que personas, más que formas de gobierno, le interesó la verdad de Méjico –esa que todavía nos puede hacer libres- hasta dar la vida en su defensa.
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