Conventos
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 5 de agosto de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Signan el paisaje y el alma de México con ese indeleble sello frailuno de la catolicidad hispana. La pura ascesis cristiana asume una vibradora intensidad y una singular modulación en la macicez de sus piedras nobilísimas. Estas no son las del cenobio sinaítico, fortín de la austeridad monacal en perpetua actitud de defensa contra el oleaje mundano. Hay en ellas un sentido más fuerte que del blocao erigido para las incidencias de una guerra fronteriza contra el mal. Más bien recuerda su arquitectura, por su estilo y proporciones, que tuvieron —y aun tienen, como nudo energético que aspira a un nuevo trance de histórica irradiación— un sentido militante y conquistador, una postura de agresión, de iniciativa en contra del mal. Nos recuerdan que fueron, en su ingente dimensión de fortaleza con murallas almenadas, un cuartel general preparado para las eventualidades de un sitio, ciertamente; pero cuya orientación fundamental se proyecta más bien a las empresas expansivas, al ataque más que a la defensa.
Que la realidad correspondió a este íntimo sentido, nos lo dice con solemne voz la Historia de nuestros siglos imperiales, cuando México era la primera de las patrias de América, centro continental y extracontinental de difusión de la más alta cultura que registran los anales del hombre; porque —no nos cansaremos de repetir con Ramiro de Maeztu— si Roma fue la calzada y la justicia y el derecho, la Hispanidad implicó desde sus principios un mensaje de hermandad universal para el que no hay acepción de personas ni razas.
México realizó —maravillosamente, muchas veces— su parte en la tarea del mundo hispánico. Y su expansión ecuménica, que alcanzó a las Californias, Nuevo México y Tejas, en el norte; a la América Central, en el sur; a la muchedumbre de naciones del otro lado del mar —como reza la expresión bíblica— dispersas en esas islas Esporadas de Asia que son las Filipinas y el Archipiélago Malayo; su expansión, que plantó las primeras cabezas de playa del espíritu occidental en el Japón y en la China, amagándolas de civilización y de Evangelio, tuvo con harta frecuencia sus principales semilleros en las trojes evangélicas de nuestros conventos.
No eran éstos —como ha pretendido la versión romántica y sensiblera de nuestro pasado— refugios o escondites de gentes medrosas y pacatas, oquedades en perpetua tiniebla psicológica habitadas por topos huidores de la luz del sol. Eran, propiamente, academias de la milicia del espíritu que enseñaban, sí, las técnicas ascéticas de signo negativo, esas que adiestran el alma para la retirada estratégica y la neutralización de las trampas explosivas con que el oro, el poder y la carne minan la tierra que es teatro constante de lucha entre las potencias del bien y del mal. Pero ese adiestramiento se subordinaba al aprendizaje varonil, espléndido, de la “blitzkrieg” misionera cuyos embates lograban arrinconar incansablemente al paganismo, a la barbarie, en inescapables madrigueras —en bolsones, diríamos hoy— con un cerco sin posibilidad de ruptura. Dígalo la figura egregia de Fray Marfil de Jesús, que —para no citar más que un caso— hizo del convento queretano de la Cruz el centro de sus increíbles expediciones que desde Tejas hasta el istmo continental rayaron el mapa mexicano de rutas misionales.
Por eso es que una fina sensibilidad descubre fácilmente en las estructuras conventuales de México el sancta sanctorum de nuestras esencias: blasonada actitud militar del espíritu; venerable, brillante ejecutoria cultural enaltecida por la actividad de las aulas monásticas; abolengo ilustre de una catolicidad genuina y sin tacha, apostólica y conquistadora. En suma, la cifra cabal de nuestros pueblos, mitad frailes, mitad soldados; y cada una de esas mitades informada de una señera iluminación intelectual y de una alta; humanísima y divinísima transfiguración poética que canta en el soldado Gracilazo de la Vega o en el fraile Luis de León.
Por eso, las piedras de nuestros conventos —a pesar de las obscuridades apocalípticas del inmediato porvenir— siguen guardando el secreto de nuestro destino histórico y, perennemente, “se estremecen de Imperio y Teología”…

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