Balance del Cine
Publicación original: Novedades, 5 de junio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cine, moral, belleza y posibilidades artísticas.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Natural resulta que el cine haya entretenido varios de nuestros últimos comentarios. Es, por hoy, sin disputa, el arte favorito de las multitudes. El que, en muy alto porcentaje, contribuye a conformar la fisonomía espiritual de éstas. El que, en manera progresiva y segura, va uniformando gustos, criterios y modos de juzgar incluso los problemas vitales del hombre. El que, por consiguiente, con mayor eficacia puede infundir en la conciencia popular así la verdad como el error en asuntos de ilustración o en materias morales. No hay, tal vez, otro vehículo de propaganda o expresión de arte que en ello le pueda sacar ventaja. Por eso, porque el cine ha hecho y sigue haciendo, en grandísima parte, aun el sentido que de la existencia se forjan las muchedumbres, viene a ser causa y agente sociológico de vastos y profundos poderes, razón por la cual se impone a la consideración periodística.
Por ello alguna vez hemos subrayado –haciéndonos mínimo eco de palabras pontificias- la imperturbable lacra del tácito ateísmo que inficiona la casi totalidad de la producción cinematográfica. Ese ateísmo no declarado, pero cierto, que en la pantalla realiza una eficiente “propaganda para una vida terrenal sin Dios”, al que “con frecuencia no se niega”, ni “se le maldice”, pero sí “se le considera como ausente”.
Hemos señalado, asimismo, cómo aún las películas de tema religioso no es raro que desnaturalicen la verdad en esta materia, y contribuyan así a extraviar el criterio del espectador desprevenido. Por lo que atañe a películas –incontables- que en manera abierta o embozada socavan los cimientos de la moralidad, sólo incidentalmente las hemos aludido: nada más que para poner en evidencia ciertas tácticas con que lo inmoral quiere revestirse de pieles ovejunas. Realmente, no hay para qué insistir en lo demasiado sabido y que ninguna persona seria pretende negar.
Por tratarse de circunstancia menos advertida, sí hemos hecho hincapié en que la labor cultural del cine, si no nula, por supuesto, sí es, en cambio, mínima si se atiende a lo que podría y debería ser. También hemos puesto de bulto cómo, innumerables veces, realiza una tarea puntualmente contraria a la cultural al difundir intolerables errores, por ejemplo en asuntos históricos o al querer presentar las condiciones de vida y el carácter de ingentes grupos humanos, cosas ambas que aparecen estulta o maliciosamente deformadas. No hay ni que recordar, para ejemplo, lo que el cine ha denigrado a Méjico.
Cabría agregar otra reflexión nada baladí. Si se atiende al grueso de su producción, si se consideran no las magníficas realizaciones –comparativamente escasas- sino el inacabable chorizo de cintas de mediano o ningún valor, se tiene que convenir en que, en términos generales, desde sus días silenciosos hasta hogaño, en que cuenta con sonido, color y hasta visión tridimensional, el cinematógrafo parece haber vivido su desarrollo bajo el signo predominante de la necedad y de la cursilería. El aplastante mayor porcentaje de películas que se han hecho y se siguen haciendo, parece no tener otra mira que cumplir con la vieja máxima de que, si el vulgo es necio, hay que hablarle en necio para tenerle satisfecho. Con tal deprimente idea, se ha empobrecido la calidad del espectáculo en lo que le es esencial. De esta manera, sin tregua casi, hay que soportar en la pantalla sandeces increíbles: ya en los argumentos mismos; ya en los caracteres de los personajes o en sus reacciones inadecuadas, inaceptables; ya en la concepción del ambiente físico o espiritual de las cintas, en el desarrollo de los diálogos, etcétera, etcétera. Ello es tan copioso, tan sobreabundante, que el ilustrar con ejemplos el porqué del desvío por lo que mira al cine de mucha gente culta, sólo es posible al tener que referirse a alguna película en concreto en la que la sandez ostenta su resplandor negativo.
Lo cierto es que, bien miradas las cosas, parecería que el intento específico fuese ofrecer producciones para retrasados mentales. O, más bien, dijérase que para retrasar de propósito, mentalmente, a los espectadores habituales. Y la prueba de que no hay exceso de lenguaje en esto, la hemos tenido más de una vez con algunas personas de las –hoy, escasas- que no tienen el hábito del cine y que rara vez a él acuden. Tales personas, a las que por esa circunstancia el gusto no se les ha estragado, cuando sufren la mala suerte de asistir a la exhibición de obras de este jaez, incluso las que una publicidad retumbante y desorbitada ensalza y pone en los cuernos de la luna; esas personas, decimos, manifiestan paladinamente su azoro ante el hecho de que una película totalmente cursi o estúpida sea capaz de atraer no sólo espectadores, sí que también aplausos de la crítica especializada.
Hay que concluir que el balance del cinematógrafo, a la fecha, es declaradamente negativo.
¿Hasta cuándo, amigo lector, tendremos la buena fortuna de que este arte maravilloso ponga en obra todas sus inmensas posibilidades de verdad, de bien y de belleza auténtica?... Hemos de confesar que parece haber motivos de sobra para desesperar de que los productores entiendan que en hacerlo así hay más negocio, a fin de cuentas –compruébanlo las películas en las que esos tres valores se han conjugado con maestría-, que en persistir en lo contrario.
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