Aves

Identificador: SD-032.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 24 de febrero de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Ilustración de Aves

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Entre los grandes dones que fueron repartidos con largueza al reino animal, tocóle al ave el más excelente. Por el vuelo, aun los superiores rangos zoológicos hubieron de rendirle parias. De ahí que la Fábula, cuando quiso sobreelevar a los más perfectos –los mamíferos-, hubo de otorgarles el atributo de las alas para revestirlos de mayor nobleza y poder. Así nacieron el pegaso, el león y el toro alados.

El hombre suspiró, siempre, por la facultad voladora. Durante largos milenios, su mirada siguió a las aves, anhelante envidiosa, cuando surcaban la atmósfera. Sus siluetas recortadas sobre el azul del firmamento, como un ideal inasible, ejercían sobre él una fascinación excelsa. No descansó hasta igualar, en fuerza de ingenio y arrojo, la hazaña a que, desde el principio del mundo –con la fácil, segura precisión del instinto-, da cima el más intrascendente y minúsculo pajarillo cada vez que el sol despunta.
Ese dominio exclusivo de las regiones aéreas polarizó, pues, la admiración humana. Dan de ello testimonio irrecusable la mitología, las supersticiones, la leyenda, la escritura ideográfica, los arquetipos de la emblemática, las convenciones heráldicas, el genio del escritor, las realizaciones de la pintura, los logros escultóricos y arquitectónicos de todos los tiempos –con la sabida excepción del arte arábigo, al que los preceptos del Islam vedan representar seres animados.

De este modo tenemos, en los mundos construidos por la fantasía y en el mundo real, una gama riquísima que puede ir desde el gigantesco “roc” que raptó al marino Simbad de los viejos relatos orientales, hasta la minúscula pajarería canora que anida en las florestas.

En los papiros y ruinas egipcíacos, el ibis nos recuerda las cíclicas avenidas bienhechoras del Nilo. En los tejados europeos –si la guerra le ha dejado aún ganas para ello- sigue posando su magro perfil de prestigios inmemoriales la cigüeña. Los plumajes multicolores de las especies tropicales alegran las zonas cálidas del globo con gloriosas pinceladas que nuestros aborígenes combinaron, bellamente en tejidos admirables; que López Velarde cantó en verso soleado y destellante al hablar del “relámpago verde de los loros”; que, trascendentalmente, se estamparon con el quetzal en el escudo guatemalteco. La gaviota nos enamora dibujando blancas rayas de ensueño sobre los océanos. El antiquísimo arte de la cetrería hizo la fama de halcones, azores y neblíes. Las migraciones que alcanzan lejanías increíbles pasman, en la golondrina, a los naturalistas. La gracia del canto hánle valido amor y cautiverio al mirlo, al canario, al jilguero. El pensativo continente del nictálope búho dióle nimbo de sabiduría. El señorío, la majestad, la fuerza del águila ganaron para ella la realeza de todas las aves, el vasallaje admirativo del hombre, la suma categoría heráldica. La mansedumbre, la ternura y la fidelidad de la paloma han asumido los más dulces simbolismos.

Y siempre aparece el dual instrumento de las alas, en la plenitud de su función, como el que da a las aves el supremo valor existencial. Las familias en que la específica facultad voladora se mermó o perdió totalmente por misteriosos avatares biológicos, tienden a extinguirse en forma absoluta, salvo que el cariño del hombre, su interés científico o utilitario aseguren su supervivencia. Así, se registran como desaparecidas por obra de la voracidad de indígenas y náufragos el moa neozelandés –de elefantinas dimensiones- y el Dodo de la Isla Mauricio: ambos habían olvidado para qué servían las alas. El avestruz ha querido suplir el mismo olvido imperdonable con la velocidad de su zancada, que le valdría los mayores premios en los hipódromos compitiendo con rivales equinos; pero su porvenir está igualmente ensombrecido por la perspectiva de la extinción.

Digamos, finalmente, que el refranero y la moraleja se han enriquecido también con sabrosas sentencias que aluden a las aves. Corrientes en México el dicho con que se hostiga al vanidoso: “Te crees pavo real y no llegas a zopilote”. Y hay una fabulilla de Príncipe que dijérase hecha para nuestra vida pública:

“A un alto monte voló
Un águila, y puesta allí,
Dijo: “¿Quién sube hasta aquí
Sino solamente yo?”
Mas luego a un lagarto vió
Con otros lagartos viles
Trepar a la cumbre a miles,
Y “¡Ay! exclamó: ¿qué hacen éstos?
¿CONQUE A LOS MAS ALTOS PUESTOS
SUBEN TAMBIEN LOS REPTILES?”

¿Y qué hay de ese mamífero volador que es el murciélago? Preguntará más de uno de los lectores. No es más que un alado espurio, intruso repugnante y vil, que sabiendo ilegítima su intromisión en el dominio del espacio, la esconde medroso, en la tiniebla.

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