Año bisiesto
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 29 de febrero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La cada vez más intensa “guerra fría” entre el oriente y los aliados occidentales, el asesinato de Mahatma Gandhi, la cruenta lucha en Tierra Santa de árabes y judíos, y otras cosas menores como la alarmante frecuencia de las catástrofes aeronáuticas o nuestros embrollos fiscales con que se ha estrenado este 1948, parecen dar la razón, hoy, 29 de febrero, a la sabida creencia que clasifica a los bisiestos como años de mala suerte.
De la existencia de los años bisiestos, y por consiguiente de su pernicioso influjo en el cariz de los acontecimientos, resulta ser responsable indirecto nada menos que el gran Julio César. Un civilista a ultranza, de esos que miran de reojo a los militares por el solo hecho de serlo, diría que aquel gran general, no contento con su formidable intervención en los destinos de su pueblo y de su época, quiso asegurarse con la institución del año bisiesto una influencia permanente, de carácter negativo, para todos los siglos entonces por venir.
Pero la verdad es que el tío de Bruto –el más conocido de sus asesinos- además de conquistador era también un notable estadista. Y como hombre de Estado tenían forzosamente que preocuparle los perjuicios resultantes del hecho de que el calendario oficial de trescientos sesenta y cinco días había llegado a sufrir, con el transcurso del tiempo, un notorio desajuste con el calendario real o astronómico, el cual contra de los dichos trescientos sesenta y cinco días más un cuarto. Esta cuarta parte de jornada no se tomaba en cuenta en los cómputos de calendas, idus y nonas que caracterizaban los meses romanos. Cada cuatro años, pues, se perdía un día para la Historia. Graves negocios políticos y jurídicos, públicos y privados, hubieron de resentirse al cabo de los años de esta disparidad entre la verdad astronómica y la verdad legal. César, entonces, para poner remedio a este desorden, encomendó la resolución del problema en su mismo meollo a un sabio y afamado astrónomo de Alejandría.
A Sosígenes –que tal era el nombre del astrónomo- cabe, en consecuencia, más que al célebre conquistador, la triste gloria de haber dado con una solución que, si bien evitó relativamente para lo venidero las incertidumbres acerca de la fecha en que se vive o se celebra algún negocio, nos condenó, en cambio, a la molesta certeza de sufrir un mal año de cada cuatro. Sobre todo si –como hogaño sucede- los otros tres apenas llegan a “pasaderitos”, cuando no son, también malos. Ello sin tener en cuenta la nimia aunque, socialmente hablando, no despreciable inconveniencia que sufren todos los nacidos en un día como hoy, al no poder celebrar más que la cuarta parte de los cumpleaños a los que es normal que todo ciudadano tenga derecho.
Los que creen en la influencia decisiva de los astros sobre la vida humana serán sin duda, los más vehementes en inculpar al remoto Sosígenes. Porque en la ilustre capital de Egipto desmembrado el imperio de Alejandro –urbe que del de éste tomó nombre- se daban cita en aquellos siglos todas las ciencias y supersticiones del mundo antiguo. Su celebérrimo Museo –que vendría a ser reducido a cenizas por el fanatismo musulmán- incluía en su recinto, entre otras cosas admirables, la famosísima Biblioteca que llegó a reunir hasta 400,000 manuscritos traducidos de todos los idiomas cultos, un observatorio astronómico, y una sala de disección. Sosígenes, dirán sus acusadores, pudo en esta sala haber estudiado a conciencia los presagios revelados por las entrañas de los seres vivientes; en el observatorio, las revoluciones de los astros; y en la biblioteca, las versiones griegas de los libros de cábala de los caldeos. Con todos esos datos, combinados sapientemente, le hubiera sido dable advertir la sombría calidad agorera que, conforme a la astrología y demás ciencias ocultas, habían de tener, fatalmente, los años bisiestos. Su ligereza e inadvertencia, pues, son injustificables. Más nos hubiera valido dejar las cosas como estaban. Porque –parece que los oímos añadir- entre otros aciagos sucesos, es común opinión que en los años bisiestos suele acaecer el nacimiento de nuestros líderes, de nuestros malos políticos y de los que especulan con el hambre del pueblo.
Sobre esta última opinión, lector amigo, nosotros nos lavamos las manos mientras el Registro Civil no dé una información auténtica.

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