Aniversario del nacionalismo

Identificador: DM-193.
Publicación original: Novedades, 28 de abril de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de Aniversario del nacionalismo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Jacques de Sainte Marie nos recuerda que en este año se cumplen sesenta de haber sido primeramente empleado por Maurice Barrès el neologismo “nacionalismo” en un artículo publicado en “Fígaro”. Subraya que no es mera casualidad el que el movimiento ideológico nacionalista haya tenido en Francia su comienzo si se atiende a que el panorama francés de 1892 se caracterizaba por el desembozo de la disolución social aparejada con el advenimiento del liberalismo individualista en 1789. Una centuria, prácticamente, de predominio revolucionario había lastimado incluso las raíces históricas y alterado en algunos de sus más gentiles rasgos el nobilísimo perfil espiritual de la hija primogénita de la Iglesia.

Sainte Marie nos da el exacto y escueto resumen:

“El error que había partido del jacobinismo triunfante había herido profundamente a Francia, infectando al resto del mundo”. Y en Francia, “el individuo destruía su estructura tradicional. Dios, la Patria, la Familia eran negados en nombre de las ideas nuevas. La francmasonería, iglesia del individualismo anticristiano, conducía a una guerra victoriosa contra la fe tradicional del país. Las congregaciones religiosas habían sido expulsadas, la escuela era laica, la alta finanza –judía casi en su totalidad- hacía del capitalismo un instrumento de poder y de corrupción, los intereses materiales de la “fortuna anónima y vagabunda”, según la fuerte expresión del Duque de Orleáns, privaban sobre el interés nacional, los escándalos corrompían al ejército, a la magistratura y al mundo de los negocios: Panamá, Suez, el proceso Dreyfus, el “affaire” de las Fichas, todo concurría al envilecimiento de Francia”.

Ante este cuadro desolador, ¿cuál fue la notable trayectoria psicológica que condujo a Barrès al puerto espiritual del nacionalismo? Vale la pena seguir escuchando a Sainte Marie:

“A primera vista, parece curioso que fuera Barrès quien tomara la dirección de ese movimiento (el nacionalismo)”. Esteta, escritor refinado, había dado libros de un individualismo exaltado en los que defendía lo que llamaba “el culto de mí mismo”. Y he aquí que por un proceso lógico de su pensamiento ese “culto de mí mismo” lo llevaba a reconocer que el individuo no encontraba su pleno desenvolvimiento sino encuadrado en las células sociales naturales: la familia, la ocupación, la patria. “El problema no es tanto para el individuo como para la nación –escribió en “Escenas y Doctrinas del Nacionalismo”- el creerse tales cosas como quisieran ser (oh, imposible ensueño), sino conservarse tales como los siglos lo predestinaron. Un nacionalista es un francés que ha adquirido conciencia de su formación…” “Y proponía la “reconstrucción de Francia por el conocimiento de las causas de su decadencia”. La idea esencial del nacionalismo era ésta. Debía guiar a toda la escuela nacionalista francesa, con Paul Bourget y Charles Maurras, hacia el nacionalismo integral”.

Ahora bien, a sesenta años del nacimiento del ideario nacionalista puede decirse que los males que éste se dedicó a denunciar, cifrados en la tiranía estatista del “país legal” sobre el “país real”, se han recrudecido sin misericordia por obra del inmenso poder significado por el dominio político de la prodigiosa técnica moderna que da hoy posibilidades universales al control estatal de los cuerpos y de los espíritus.

Hogaño, así las pequeñas como las grandes realidades nacionales se encuentran oprimidas —“emparedadas”, podríamos decir- entre la presión mortal de los dos grandes antinacionalismos de la hora: el internacionalismo soviético, contra el que se oyen muchísimos anatemas farisaicos de este lado de la “cortina de hierro”; y el viejo internacionalismo del capitalismo liberal, que se juega -la Historia dirá con qué éxito- cierto género de cartas mediante las cuales apela, para la lucha anticomunista, a los restos de conciencia cristiana y a los sentimientos patrióticos del mundo occidental.

Sin embargo, las conciencias verdaderamente libres no olvidan que fue ni más ni menos el liberalismo quien modernamente primero hizo insinuaciones apátridas, y que en los últimos años no ha podido disimular del todo su excesivo y sospechoso afán revisionista del concepto de patria, en aras de un Superestado Mundial que bien podría colmar los extremosos ensueños totalitarios del “Leviathán” de Hobbes.

Reflejo, tal vez inadvertido pero fiel, de esta mentalidad del antinacionalismo en Occidente, sería –según anota otro sagaz espíritu francés- alguna de las últimas declaraciones de Eisenhower antes de dimitir su jefatura militar en Europa. “Los euro-occidentales, con sus obreros especializados, hombres de cultura y de alto nivel de educación, podrían con sus recursos bien empleados competir con cualquier economía. Además, la fuerza unificada os libraría del miedo”.

El certero comentario es que: “Todo esto está muy bien, pero no hay euro-occidentales. Hay franceses, alemanes, ingleses, etc. Tal es la realidad. En el marco de esta realidad se puede unir, agrupar, juntar, pero no uniformar. Es evidente el mito individualista masónico que inspira estas declaraciones. En nombre de este mito, la democracia ha desorganizado ya la Familia, luego la Corporación y ahora se las toma con las Naciones”.

Estamos de acuerdo. Si es una urgencia histórica la anfictionía euro-occidental, no se tome ello de pretexto para desintegrar las realidades nacionales que la deben cumplir. ¿O será preciso hacer énfasis, una vez más, en la justicia de aquella clarividente sentencia del Maestro Antonio Caso que en más de una ocasión hemos recordado: “…no es hacia una unidad incolora, fusión de todos los pueblos, hacia donde parece encaminarse la evolución histórica de la humanidad; sino, más bien, hacia una síntesis en que la armonía se produzca por la diversidad de los componentes y la solidaridad de la agrupación total; esto es, EL IDEAL CONSISTE NO EN SUPRIMIR LAS CARACTERÍSTICAS DE LOS PUEBLOS, SINO EN SUMARLAS O COMBINARLAS ARMONIOSAMENTE. En vez de una unidad pobre, una unidad varia, diversa, riquísima. ESTE PARECE SER EL DESIDERATUM DE LA HISTORIA”.

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