Amigos

Identificador: SD-034.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 24 de marzo de 1946.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Dos amigos conversan al salir de un templo

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El refranero acierta al afirmar que el buey solo bien se lame y que más vale andar solo que mal acompañado. Pero no cabe duda de que tales sentencias contienen una escueta verdad parcial que en ningún modo excluye, antes bien lleva implícita la verdad complementaria que se expresa en el aforismo de que la unión hace la fuerza y en el que define al hombre —aristotélicamente— como un animal social: lo que vale tanto como decir, entre otras cosas, que está necesitado de la compañía, del apoyo físico y moral de los amigos.

Hay quienes niegan —dentro de una cerrada posición pesimista— la existencia positiva de la amistad entre los humanos. Son los que se pronuncian con Hobbes por el principio —falso, por lo que tiene de absoluto— de que el hombre es el lobo del hombre y que hay que vivir prevenidos siempre contra las picardías del prójimo. Podemos estar seguros de que juzgan de los demás por lo que ellos son; o bien de que no han sido capaces de hacer un equilibrado y justiciero análisis de su experiencia personal.

En efecto, en la vida de cada uno de nosotros —si usamos un criterio objetivo y realista— comprobamos que se han presentado las traiciones de nuestros semejantes; pero asimismo vemos florecer el regalado don de los amigos verdaderos. Tal vez, en ocasiones, no fuimos perspicaces para advertirlo. Quizá en otras, no tuvimos la atención vigilante que requiere el sagaz cultivo de los nobles afectos. Pudo, en otras más, haber sido nuestra falta —pequeña o grande— de lealtad; aunque nuestro orgullo no confiese que somos culpables del desvío de los demás. En rigor, ha de reconocerse que es toda una sabiduría y un fino y difícil —aunque no imposible— arte el de hacer y conservar amigos. Si todos nos preocupáramos —con un hondo y talentoso sentido humanista— por lograr el dominio de semejante ciencia y arte, la geografía espiritual del mundo sería bien distinta.

Bien mirado el asunto, lo fundamental estriba en buscar, y en crear, si preciso fuere, afinidades entre unas personas y otras. Suscitar esas afinidades en una escala de coincidencias psicológicas que pueden referirse a lo más nimio y superficial o a lo más entrañable y profundo.

Por eso las más fuertes amistades; las más genuinas, indestructibles y fecundas son aquellas en las cuales la confluencia de las almas se realiza en los valores trascendentes. Cuando un mismo y alto ideal es amado con medular vehemencia por dos o más espíritus, la unión que entre ellos se consuma en el plano de la amistad no tiene paralelo; adquiere los más fulgurantes matices, origina las fidelidades más exquisitas, da lugar a las más increíbles abnegaciones y envuelve la camaradería en una nobilísima fragancia de cortesía, de obsequiosidad, de cariño y de respeto mutuo. Pocas cosas hay tan amables para vivirse como esta extraordinaria sensación de fuerza, de sinceridad, de acometida pujanza que otorga el saberse amigo de amigos verdaderos, cuando lo somos no porque nos gusta el mismo género de espectáculos, el mismo deporte, la misma marca de cigarrillos o porque preferimos igual tipo de caras bonitas que desfilan por la acera; sino porque recíprocamente adivinamos que es idéntica a la nuestra la vibración esencial del amigo, que hay un latido en su corazón que responde al de nuestro ante la consideración de lo supremamente valioso, ante las cosas que son dignas de llevarse tras sí todas las potencias del ser.

Memorable es, en lo humano, la ejemplaridad que esplende en la amistosa liga que unió, en la Hélade clásica, a los célebres héroes de Tebas: Pelópidas y Epaminondas. Desde su primera juventud hubo de acercarlos el desmedido amor por la Patria que gemía bajo el yugo lacedemonio. Forzoso es reconocer que escasamente habrá reminiscencia histórica que supere en fascinante estímulo patriótico a la evocación de este par de amigos que aunaron sus esfuerzos para preparar “su mente y su cuerpo” para asumir la capitanía de todos los buenos hijos de Tebas y el empeño de liberarla de la esclavitud de la guerrera Esparta. Esta amistad culminó, andando el tiempo, en los campos de batalla en que hicieron realidad su ensueño juvenil. Sólo la muerte pudo destruirla.

Y hay una amistad superior a la que la muerte no puede dar fin. Es la que se finca en la coincidencia del amor al Amor por esencia: Dios. No existe vínculo más poderoso que el que ata en la vivencia o “con-vivencia”, cordial y profunda, del ideal religioso. La amistad rebasa entonces sus propios linderos y se transmuta en hermandad. Establece una misteriosa solidaridad en excelsas provincias, y sus maravillosas virtualidades se manifiestan —por modo tangible y sobresaliente— en las más grandes realidades de la Historia. El hecho del Cristianismo, viviendo, día a día, desde hace veinte siglos, esa amistad-hermandad que se define en el dogma de la comunión de los santos, constituye el soberano arquetipo.

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