Amigos
Publicación original: Novedades, 20 de octubre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
“Pero, ¿hay todavía quien cree en los amigos?...” Adivinamos la glacial interrogación de los que, dentro de una cerrada actitud pesimista, se pronuncian con Hobbes por el principio –falso, por lo que tiene de absoluto- de que el hombre es el lobo del hombre y de que hay que vivir prevenidos siempre contra las picardías del prójimo. Se puede estar seguro de que juzgan de los demás por lo que ellos son; o bien, de que no han sido capaces de hacer un equilibrado y justiciero análisis de su experiencia personal.
Ante el desolado escepticismo en las posibilidades de bondad en el hombre, es oportuno y asume social trascendencia bienhechora romper siquiera una lanza a favor de ellas.
Y en tratándose de la amistad, hay que ser completos en el juicio de lo que a cada uno de nosotros entrega la vida. Si usamos un criterio objetivo, realista, hay que convenir en que difícilmente habrá quien no haya sabido de la amargura de la traición, sí, pero hay que afirmar simultáneamente que es más difícil aún que haya alguien para quien no haya florecido el regalado don de los amigos verdaderos. Tal vez, en ocasiones, falta perspicacia para advertirlo. Quizá, en otras, no se tuvo la atención vigilante que requiere el sagaz cultivo de los grandes afectos. Pudo, en otras más, haber sido nuestra la falta –mínima o grande- de lealtad; aunque nuestro orgullo no confiese que somos culpables del ajeno desvío. En rigor, ha de reconocerse que es toda una sabiduría y un fino y difícil –aunque no imposible- arte, el de hacer y conservar amigos. Si todos nos preocupáramos –con un hondo y talentoso sentido humanista- por lograr el dominio de tal ciencia y arte, la geografía espiritual del mundo sería muy distinta.
Bien mirado el asunto, lo fundamental estriba en buscar, y en crear si preciso fuere, afinidades entre unas personas y otras. Suscitar esas afinidades en una escala de coincidencias psicológicas que pueden referirse a lo más nimio y superficial o a lo más entrañable y profundo.
De ahí que las más fuertes amistades, las más genuinas, indestructibles y fecundas son aquellas en las cuales la confluencia de las almas se realiza en los valores trascendentes. Cuando un mismo y alto ideal es amado con medular vehemencia por dos o más espíritus, la unión que entre ellos se consuma en el plano de la amistad no tiene paralelo; adquiere los más fulgurantes matices, origina las fidelidades más exquisitas, da lugar a las más increíbles abnegaciones y envuelve la camaradería en una noble fragancia de cortesía, de obsequiosidad, de cariño y de respeto mutuo.
Pocas cosas hay tan amables para vivirse como esa extraordinaria sensación de fuerza, de seguridad, de acometida pujanza, que otorga el saberse amigo de amigos verdaderos, cuando lo somos no porque nos gusta el mismo género de espectáculos, el mismo deporte, la misma marca de cigarrillos o porque preferimos igual tipo de caras bonitas que desfilan por la acera; sino porque recíprocamente adivinamos que es idéntica a la nuestra la vibración esencial del amigo, que hay un latido en su corazón que responde al del nuestro ante la consideración de lo supremamente valioso, ante las cosas que son dignas de llevarse tras sí todas las potencias del ser.
Permítasenos decir que a nosotros siempre nos ha conmovido con singular fuerza la ejemplaridad que esplende en la amistosa liga que unió, en la Hélade clásica, a los célebres héroes de Tebas: Pelópidas y Epaminondas. Desde su primera juventud hubo de acercarlos el desmedido amor por la patria que gemía bajo el yugo lacedemonio. Forzoso es reconocer que escasamente habrá reminiscencia histórica que supere en fascinante estímulo patriótico a la evocación de este par de amigos que aunaron sus esfuerzos para preparar su mente y su cuerpo en orden a asumir la capitanía de todos los buenos hijos de Tebas para el empeño de liberarla de la esclavitud de la guerrera Esparta. Tal amistad culminó, como es sabido, andando el tiempo, en los campos de batalla en que hicieron realidad su ensueño juvenil de liberación. Sólo la muerte pudo destruirla.
Para el cristiano, hay una amistad superior, a la que la muerte no puede dar fin. Es la que se finca en la coincidencia del amor al Amor por esencia: Dios. No existe vínculo más poderoso que el que ata en la vivencia o “con-vivencia”, cordial y profunda, del ideal religioso. La amistad rebasa entonces sus propios linderos y se transmuta en hermandad. Establece una misteriosa solidaridad en excelsas provincias, y sus maravillosas virtualidades se manifiestan, por modo tangible y sobresaliente, en las más grandes realidades de la Historia. El hecho del Cristianismo, viviendo, día a día, desde hace veinte siglos, esa amistad-hermandad; más aún, esa sobrenatural participación de una idéntica vida, constituye el soberano arquetipo.

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