Alrededor de la Hoguera
Publicación original: Novedades, 4 de diciembre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Corea, paz, conciencia, responsabilidad y verdad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Las horas que median entre la redacción de estas cuartillas y su salida a la luz periodística, pueden registrar o no –ardientemente anhelamos lo último- acontecimientos de tremendo carácter irremediable para la especie. Pero en uno u otro caso, la substancia del problema del mundo será, en esencia, idéntica. Porque ahora que, material o moralmente nos hemos dado todos cita alrededor de la infausta hoguera coreana, a sus luces –cada vez más trágicas y vivas- podemos ver los objetos con nitidez mayor y en la concordancia que nada más se logra cuando se hacen presentes las grandes realidades.
Por eso cada vez son más quienes se percatan de que el problema de la paz o la guerra, antes que asunto exterior, físico, es cosa interior, espiritual y de conciencia. La paz o la guerra serán causas de bienes o males; pero, a su vez, vienen a ser efectos de un bien o de un mal previos íntimos al hombre. Y los efectos de la paz –si logra salir indemne, de estas horas de temor y presagios- o de la guerra –si al fin se desata en toda su nuclearia, suicida demencia- serán, a fin de cuentas, los que antes habrá decidido el debate del bien y del mal en la intimidad de las conciencias.
Y lo cierto es que el hombre de Occidente, que ahora se aterra ante las consecuencias últimas, se ha obstinado en querer las causas de las causas inmediatas de estos empavorecedores efectos. Por ello, “el problema del mundo occidental no reside en un planteo económico o en una solución política, sino en el hombre mismo. Está en juego su destino”.
No puede ser, entonces, inoportuno, sino saludable –aunque disuene del coro de las “unanimidades” poco avisadas- lo que afirmamos en nuestro último artículo: “al cristiano importa la salvación de Occidente por Occidente mismo, sólo en cuanto éste puede entrañar supervivencias cristianas o coyunturas de restauración social cristiana”. La coincidencia transitoria en la común defensa contra el asalto del comunismo, podrá ser leal y enérgica por parte del cristiano; pero no autoriza a confundir en una sola permanente las dos veredas: la del Cristianismo y la de Occidente, que históricamente han venido a divergir no por culpa del primero, por cierto, sino del que, renegando de sus raíces se ha venido alejando culpablemente de la Casa del Padre, y aun ha sido osado a levantar contra ella la piqueta demoledora y le ha acercado, en ocasiones, la tea incendiaria. Cuando al mundo “moderno” se le hablaba del retorno a lo que individual y colectivamente podía hacernos a todos salvos y alejarnos de los presentes despeñaderos, siempre respondió que esas voces no expresaban otra cosa que nostalgias de arqueología. No quiso ver que contenían una invitación a volver a anudar el hilo de oro de la Historia occidental, roto por la regresión renacentista, confirmada por el reaccionarismo protestante y liberal, y que pudiera –por desgracia- hallar su final consumación en un Soviet universal. No quiso reconocer que el alejarse o el atentar incluso contra la Casa del Padre venía a ser, eso sí, una nostalgia inexcusable. Porque no era siquiera una nostalgia arqueológica, sino “geológica”, en que las saudades se prendían –bien miradas las cosas- a las eras planetarias subhumanas: cuando no había vigente más regla que el instinto, y la ley primera era la selección natural por la supervivencia del más fuerte.
¿Cómo podrá ser lícito o sensato, en el cristiano, hacerse solidario de lo que, entre otras cosas, es originariamente responsable de los sucesos de hogaño, sin expresar salvedades que resguarden su decoro y sus actitudes futuras? Por ello, no es impertinente, antes nuestro lenguaje habla de honradez y de congruencia.
Hacemos en todo nuestras las palabras de un señero espíritu, entrañablemente amigo: si “el comunismo lleva en su esencia misma el odio contra todo ordenamiento cristiano, el capitalismo liberal sólo tolera un cristianismo débil, que transija. La ocasión del error, al menos en nuestra realidad…, y tratándose de católicos, no está del lado de los declaradamente enemigos con los cuales cualquier colaboración ha merecido una enérgica condenación de la Iglesia… En cambio lo está en el campo que por sernos más próximo materialmente, y aun espiritualmente hablando –ya que también llevamos con nosotros, los errores del mundo occidental que las llamadas democracias insensatamente defienden- puede tentarnos con la obligatoriedad de la opción hasta hacernos deponer en la práctica la energía de nuestros principios cristianos –su gallardía doctrinal o ideológica- que son los únicos que –mantenidos con firmeza- podrán salvar al mundo”.
“La afirmación positiva de nuestra fe cristiana debe conducirnos a un rechazo claro y constante de los fines que el mundo capitalista y burgués anacrónicamente intenta defender. Que se exprese esto en una actitud inequívoca en la que están presentes la virilidad y el honor, y estableceremos así una consecuencia dialéctica sin contradicción alguna con lo que anteriormente sostuvimos. La adecuación al tiempo reclama de los cristianos –aunque con voz débil de tanto implorar- no astucias o componendas, prudencias excesivas o ágiles oportunismos, sino una conducta vigorosa e independiente, con entidad propia, que cumpla con la exigencia que empuja al testimonio llevando al exterior la fuerza que el interior irradia”.
Física o espiritualmente en derredor de la hoguera de Corea, a todos nos alcanza una cierta dosis de responsabilidad en que, si aquélla llega a abrasar al mundo entero, asuma, siquiera, el significado de un sacrificio expiatorio, de un fuego purificador, y no el de una fogata de aquelarre en que un coro epiléptico entone el himno del triunfo del Mal. Y si el Mal se identifica a la mentira –“padre de la mentira” llama la Escritura al demonio-, para vencerle nunca será eficaz oponer unas mentiras a otras. Al cristiano –y al mundo- no queda otra posibilidad de salud que decir y escuchar el lenguaje vivo de la Verdad. La sola que –lo dice la Palabra de vida eterna- nos hará de veras libres.
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