Agua

Identificador: DM-155.
Publicación original: Novedades, 6 de agosto de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Fe y vida religiosa.
Un arroyo alimenta el río y el amplio paisaje de las aguas

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No; no se trata de los aguaceros que este año han puesto en descomedida evidencia ingentes problemas urbanísticos de la metrópoli. Pero no es cosa extraña que, cuando tanta agua cae, el discurso se detenga en ella, así sea en consideraciones un tanto errabundas, pero que miran el universo bajo ciertas luces elementales a las que es saludable volver de vez en cuando.

Así, hemos comenzado por recordar que Thales de Milesio, primero de los filósofos naturalistas griegos, pensó en el agua como en la substancia primordial que fundamenta todas las cosas, y de la cual se derivan. Si nadie toma en cuenta, hoy día, este monismo cosmológico del jonio, sí resulta, en cambio, impresionante el dato de que la extensión de las aguas en la superficie del planeta sea abrumadoramente mayor que la de las tierras, en una proporción casi de tres a uno.

Esta sobreabundancia del “líquido elemento”, mueve a pensar en su alta categoría dentro de los planes providenciales y en su indeclinable influjo en la vida humana. Con exceso se ha hablado de ello; pero el tema, vasto e inagotable como el océano mismo, vuelve siempre a tener un lugar predilecto en la consideración del hombre. Siempre se vuelve, un poco, a creer en la alusión cosmogónica del Hesíodo al fabuloso Río Océano que, rodeando la Tierra en un abrazo total, le infundiría el principio de vida.

Innegable es su hipnosis obsesionante y su impulso decisivo en la Historia. En su aspecto oceánico, desde la máxima lejanía protohistórica, se le advierte fascinando la intrepidez marinera de cretenses, fenicios y griegos. Todos ellos, merced a sus cruceros mediterráneos, diseminaron —en ingente diáspora—, en las riberas del entonces futuro “mare nostrum”, la semilla de nuestra cultura, fecundada por las ondas azules que surcara el esquife de Odiseo.

En su expresión lacustre y fluvial, el agua aparece como la madre nutricia de la civilización. Mesopotamia; el valle del Nilo; la zona renana; nuestro extinto lago texcocano y el sudamericano Titicaca; o bien, modernamente, la riquísima región norteamericana de los Grandes Lagos, lo dicen con elocuencia suma.

Siempre el agua, atrayendo —invenciblemente— al hombre…

No digamos cuando desciende de las altas capas atmosféricas en el fenómeno —ordinariamente bienhechor— de la lluvia. Esta da motivo inmemorial a afectivas expansiones y a sesudas filosofías campiranas que toman pie de ella para meditar y palpar, si vale la palabra, la providente actividad de Dios.

Y en sus manifestaciones menores, ¡cómo el agua nos suscita una sosegada y dulce poesía, y nos aterciopela el alma ante esa su belleza sedante con que se enjoya al aquietarse en breves lagos, tal vez sombreada por árboles que amojonan las márgenes del cuenco en que se deposita con mansedumbre pacificadora; cuando nos gozamos en su leve rizarse al influjo de un viento vesperal, o al fingir oros líquidos por la reverberación tangencial de un sol en ocaso; o cuando —en mínimos hilillos— bien resbala en arroyuelos que eluden las dislocaciones del terreno con meandros serpeantes, bien trisca alegre en menudas caídas rumorosas que invitan al sueño y al ensueño!

Es tal y tan excelente su rango, que hasta en la economía de lo sobrenatural hallamos su misteriosa presencia en el rito del bautismo, cuando la invocación del Dios Trino y Uno la llena de sublimes fecundidades, eficaces para hacer nacer al hombre a la vida de Gracia. No en balde el Génesis nos refiere cómo, en el principio de los tiempos, el Espíritu de Dios —fuente de toda vida— fue llevado sobre las aguas, esas aguas en que, puntualmente, habrían de aparecer las primeras especies vivas… Su simbolismo de generación y de regeneración lustral es, por otra parte, tan vivo e inmediato, que hubo de expresarse en forma evidente en la terrible aspersión del Diluvio –suceso que registran lo mismo la Escritura que las tradiciones de todos los pueblos cuanto por el agua fue borrada de la haz de la tierra toda iniquidad.

Y qué más decir sino que aun en la extrema nimiedad de una gota, el agua es capaz de hablarle al hombre con voces supremas, como las que inspiraron a un gran poeta nuestro —José Luz Ojeda— el extraordinario y antológico “Poema de la Gota de Agua”, que, entre otros delicados atisbos, nos dice:

“Era pequeña y breve…
(¿no son así todas las gotas de agua?);
pero en aquella pequeñez magnífica,
urna divina y clara,
como en lago sereno que no altera
ni el fugitivo roce de unas alas,
el azul de los cielos,
con toda su grandeza, palpitaba.
Yo vi la inmensidad, que sonreía
en la gotita de agua,
y sentí la impresión de lo pequeño
cuando lo inmenso hasta su cárcel baja…”

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