Acróbatas y titiriteros
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 28 de septiembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Estos dos términos, bien miradas las cosas, pueden servirnos para aludir a una por demás extensa colección de personajes y habilidades muy diversos; pero que pueden agruparse bajo el triple signo de la destreza, del riesgo y de la comicidad más o menos grotesca.
Estas tres notas predominan y son distintivas en el circo moderno. Porque el espectáculo circense viene a ser, puntualmente, el que enhebra en la trama de una sola sucesión escénica, ejercicios de muy disímbolo orden y categoría.
No fue así siempre. El circo, tal como hogaño lo conocemos, empieza su vida en la centuria décimoctava, para llegar a su apogeo en la segunda mitad de la décimonona y en los principios de la que ya se acerca al punto medio de su curso. Hoy día, palidece su estrella. Y aunque, por ejemplo, en los Estados Unidos mantiene un no caduco prestigio, entre nosotros hace muchos años que declina visiblemente, hasta casi extinguirse. Y no hay señales de que vuelvan los tiempos de oro del Circo Orín y del –para nuestros padres- inolvidable “clown” Mister Bell.
En sus orígenes, cada uno de los ejercicios que hoy suelen integrar la función del circo fue algo autónomo, que se desarrollaba y representaba con absoluta independencia; aunque, claro está, pudiese coincidir con otros del género en los días de feria de las viejas villas y ciudades.
Así tenemos al payaso, que viene a ser una versión moderna del desgraciado contrahecho que en los malos días de Roma era el hazmerreír institucional de los próceres. O del bufón palaciego, que a su vez no hace sino degenerar al trashumante juglar de la Edad Media. El juglar tenía a cargo de su oficio –además de los cantos y narraciones épicos- ejecutar una serie de chistes, acrobacias y pantomimas enderezadas a abrir en el público las compuertas de la risa, aun en ocasiones a costa de atrevimientos no muy canonizables.
Por otra parte –y sin hacer cuenta de nuestros temerarios “voladores” aborígenes-, los acróbatas o volatineros bien pueden gloriarse de un historial tan antiguo que los entronca nada menos que con el mundo clásico de Grecia y Roma; si bien en antigüedad no les ceden la palma los payasos, cuyos más remotos ejemplares suelen situarse entre los arios o persas. Llegaron a cobrar tal afición los griegos a las arriesgadas suertes de la acrobacia, que es fama que en el siglo segundo antes de nuestra era, con ocasión de estrenarse una obra del inmortal Terencio, el teatro quedó vacío, o poco menos, porque el pueblo acudió en tropel mayoritario a la exhibición de unos “neuróbatas” o volatineros, que lo embobaron con su desafío a la muerte sin más armas que el balancín y el adiestramiento de los músculos. Aunque ello no habla muy a favor del consagrado buen gusto helénico, hay que aminorar el mal juicio que sobre esta extraña preferencia se haya formado el lector, añadiendo que, entonces, los precursores de los modernos trapecistas ponían en sus suertes ritmo y gracia, así de movimientos, como de música de liras o flautas.
En la época romana aparecieron con profusión los animales amaestrados. Adquirieron particular celebridad los elefantes equilibristas, que en los circos de la decadencia hacían recorridos sobre gruesos cables tirantes, que ponían escalofríos en la muchedumbre. De ellos tomó pie la moderna y riquísima gama de arlequines y polichinelas animalescos: osos bailadores al son del pandero, hoy desaparecidos, y a los que aun alcanzamos a ver en nuestra infancia por las calles de México; de perros y monos sabios, de los que todavía persisten entre nosotros algunas verdaderas “trouppes”, una de las cuales, en estos días, hace dominicalmente las delicias de la chiquillería en la entrada de Chapultepec; de caballos y elefantes que realizan un sinfín de imprevistas suertes, muy frecuentemente en sociedad con maravillosos jinetes que hacen sobre sus lomos prodigios de habilidad gimnástica; leones y tigres –más o menos domesticados- que a punta de látigo reprimen su natural ferocidad selvática y se prestan con increíble obediencia a las órdenes del osado domador, quien –ignoramos por qué- siempre está envuelto en la campanuda aureola militar del grado de “capitán”.
En lo que atañe a los prestidigitadores o “magos”, cuyos ilusionismos, ciertamente, cosa parecen de brujería –díganlo el celebérrimo Houdini o el más moderno y simpático Fu Manchú-, hay que anotar el curioso fenómeno de que han preferido, por regla general, reivindicar para su profesión la autonomía de que disfrutó en sus orígenes juglarescos, cuando los ya referidos personajes, después de deambular por los polvorientos caminejos medievales, sacaban del hatillo los objetos para los juegos malabares con que entretenían en las plazas los ocios de los aldeanos y burgueses, o bien llenaban con esparcimientos funambulescos los patios o las salas de los castillos señoriales, entre chanzas a los criados y picarescos guiños de ojos a las dueñas, no siempre bigotudas y antañonas. De todas las exhibiciones circenses, esta es tal vez la que más se ha ennoblecido y prestigiado.
Hay una gran distancia entre aquellos pobretes y descosidos jubones de los juglares y el impecable frac de Houdini o el suntuoso y chinesco atuendo de Fu Manchú. Entre el desvencijado tablado del Medioevo y el proscenio rutilante en que hoy día el “mago”, armado de alfanje, finge partir en dos mitades a una belleza de bambalinas. Y sin embargo, algo, un no sé qué de ingenuo y elemental, se ha perdido. Algo que aun vivía el cervantino retablo de los títeres de Maese Pedro…

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