¿Y la Guerra a la Inmoralidad?
Publicación original: Novedades, 14 de febrero de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: moralidad pública, publicidad, revistas, cine, responsabilidad familiar, acción gubernativa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Lo que en materia de inmoralidad ambiente se estila en los Estados Unidos no parece explicar ni menos todavía justificar los recientes aspavientos de un connotado funcionario norteamericano a propósito del vergonzoso auge del vicio en algunas de nuestras ciudades fronterizas con su país. De todas maneras, la publicidad alcanzada por las declaraciones de ese personaje nos lleva de una manera obvia, otra vez, a la consideración del descenso de la moralidad social mexicana.
De este problema –positivamente vital para los patriotas- no es por cierto el único aspecto, pero sí uno de los más graves, el que se refiere a los agentes publicitarios de la disolución de las costumbres.
Y es aquí donde cabe y viene a pelo más que en cualquier otro renglón del tema la pregunta que encabeza estas líneas: ¿Qué pasó con la campaña que hace más de tres años se emprendió con medidas que prometían halagadores resultados?
¿Qué ha sido por ejemplo, de los resortes administrativos y judiciales de que entonces se empezó a echar mano contra varios géneros de publicidad pornográfica?
Porque la ingrata realidad es que a pesar del tiempo transcurrido la situación que trataba de cambiarse parece continuar la misma. Con la doble circunstancia agravante de ser ahora más abundante la proliferación propagandística de la pornografía y de llevar a la fecha tres años más de lucrativa impunidad que han afirmado en sus beneficiarios la insolente certeza de que se trata de un negocio de los más seguros, a salvo de todas las devaluaciones monetarias y de todas las campañas que se quieran emprender en su contra.
Sería interesante saber, por ejemplo, qué castigo sufrirían ciertos sujetos que en la sazón de los comienzos de aquella campaña moralizadora fueron sorprendidos en la venta de obscenidades postales nada menos que a las puertas de las escuelas secundarias. Nunca supimos el desenlace dado a ese asunto.
A determinadas revistas que hacen alarde de lo nauseabundo se les cerró entonces la vía de distribución de los servicios postales. Es de esperarse que la medida siga en pie a estas fechas. Pero ni con eso se les obstruyeron todas las posibilidades de circulación, ni sobre todo se atacó el mal de raíz con la que se esperaba estricta aplicación de las prevenciones legales al respecto. Envalentonadas por la ineficacia de los obstáculos, esas revistas han mantenido o aumentado su repulsiva procacidad en la reproducción de figuras en actitudes y con gestos inclusive que continúan a paso acelerado “socializando” la bestialidad. ¿Cómo extrañarse, entonces, del pavoroso incremento de los crímenes en que lo sexual aparece como agente determinante o como su trasfondo y “caldo de cultivo”?
La misma falta de sanción legal se presta a consideraciones análogas por lo que toca, verbi gratia, a los “cortos” cinematográficos de factura nacional que hace tres años también se denunciaban. Con todo y la inefable censura previa gubernativa, esos “cortos” siguen rigurosamente en las mismas, mezclando como entonces a lo interesante y aun a lo humorísticamente sano idénticas gracejadas canallescas, las desnudeces desaforadas de siempre, exhibidas con cualquier o con ningún pretexto, y aun indescriptibles actitudes y ademanes de animalesca lascivia también traídos a cuento no más porque sí; por no hablar del subrayado que de las sucias escenas continúa haciendo el locutor para provocar las risotadas de los léperos, que junto a damas y niños, asisten a programas que se anuncian como “propios para niños y adultos”.
Y así, por este tenor podríamos seguir haciendo el repaso de todo lo disolvente en materia de costumbres desde el punto de vista de lo publicitario que se denunciaban con especial vigor hace los repetidos tres años. Todo ello sigue igual o peor.
Es doloroso decirlo, pero parece que teníamos razón cuando en esos días expresábamos nuestra desconfianza sobre el tesón operante que requerían los intentos moralizadores, a pesar de las relevantes voces que incluso del mundo oficial se hicieron eco de esos intentos con palabras claridosas y de amplísima publicidad. Parece que infortunadamente tuvimos boca de profetas al manifestar que nos ensombrecía el recuerdo de las mexicanísimas llamaradas de petate, a un tiempo ostentosas y efímeras. “¿Qué se hizo el rey don Juan? ¿Los infantes de Aragón, qué se hicieron?...
Por todo ello, por la lenidad gubernativa y por la ineficacia o falta de perseverancia en un terreno que no sea el de las meras palabras por parte de los organismos representativos de fuerzas moralizadoras, no nos extraña la desesperada consideración que un anónimo interlocutor telefónico, no obstante la cultura y ponderación que sus palabras hacían evidentes, nos hizo hace unos cuantos días al sugerirnos amablemente el tema de nuestro comentario de hoy. Tal parece, nos dijo, que a la gente decente, que a los padres que tienen conciencia de su responsabilidad, que a los que amamos el decoro de México no nos queda otro camino para combatir la propaganda pornográfica, que amenaza gangrenar zonas vitales del espíritu nacional, que el camino de la acción directa, tan despiadada y sin escrúpulos por lo que hace a los resultados materiales que pueda tener, como en el orden de los daños espirituales ha sido el enemigo que se trata de liquidar.
Creemos que este síntoma es gravísimamente revelador. ¿Por qué, por qué no evitar a tiempo la ocasión de que los más agraviados por el torrente de impudicia publicitaria lleguen a estallar y acudan de veras a las vías extralegales para defender su derecho indudable?
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