¿Vuelta a los Espejismos?

Publicación original: Novedades, 3 de agosto de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: comunismo, política, historia y ética.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Nunca podremos olvidarnos del desconsuelo que nos produjo la desorientada caridad, la tremenda invalidez de ciertos juicios prácticos de un selectísimo varón, hace pocos años desaparecido, y que figuró entre los primates del mundo intelectual y universitario de Méjico.

La coyuntura de una encuesta periodística nos obtuvo el privilegio de su conocimiento personal y de la conversación con aquel su espíritu, luminoso de ciencia y amor, que ejerció un magisterio viviente de honradez que ya entonces había culminado –como en casi todos los mejores de su generación- en la abjuración del ideario liberal asimilado en sus años mozos y en el abrazo sin disimulos a las esencias católicas de su patria. Y hubo un momento en la regalada conversación que con él sosteníamos en que, a pregunta nuestra sobre perspectivas, problemas de nuestro tiempo y sus posibles soluciones hubo de declararnos, en términos tales que no admitían distingos ni matices ni excepciones, su inconformidad con que al asalto del bolchevismo se pretendiese reprimirlo por la fuerza física. Al comunismo –e insistía en ello con énfasis digno de mejor causa- había que domeñarlo –dicho ello así, en estos términos absolutos- llevando a sus militantes todos, el amoroso, caritativo y razonado convencimiento de la falsedad moral y científica de sus posiciones.

Literalmente poco nos faltó para irnos de espaldas.

¿Era posible que la psicología, disciplina que nuestro respetado interlocutor había cultivado con brillantez y dilección, junto con la forzosamente vasta experiencia de una vida prolongada no hubiesen sido capaces de llevarle a una conclusión menos pobre y lamentable? ¿Qué se había hecho de su indudable información histórica, y qué del conocimiento del mundo y de las gentes que con todo derecho le había supuesto nuestra interrogante juventud?

Por nuestra parte, y sin dragonear precisamente de psicólogos, estábamos instantáneamente ante la meridiana certeza de que su peregrina fórmula para que Méjico y el mundo salvasen el riesgo histórico del comunismo no era sino un resabio de su primera formación, del ingenuo equilibrismo con que la convicción liberal –cuando es sincera- suele signar los espíritus, combinado ello con una gran dosis de nativa generosidad y con una inadvertida deformación del sentido caritativo que, en casos semejantes, es regla que conduzca a inferencias de orden práctico rabiosamente contrarias a la caridad.

Ese absurdo optimismo, bajo matices temperamentales diversos, pero siempre esencialmente idéntico, no era una novedad por cierto, ni ha dejado de seguirse repitiendo ahí donde la lógica liberal se lleva a sus más rigurosas consecuencias o donde un criterio liberalesco contamina de sensiblería los sentimientos cristianos con mengua del buen juicio y aun, a veces, de la rectitud de la voluntad. El principio teórico-práctico de semejantes credulidades podría formularse diciendo que, en todos los casos, la agresión física e inmediata puede evitarse en sí misma o en sus consecuencias mediante un filosófico “pega, pero escucha”, o merced a una disparatada exégesis del franciscanismo que supondría al demonio susceptible de conversión…

Pero del fracaso histórico de esas actitudes podría hablarse hasta el cansancio. Basten, escogidos al azar, dos ejemplos memorables.

Escribíanse los primeros capítulos de la colonización de América, y acertó o desacertó fray Bartolomé de las Casas a ir a Nicaragua. Su prédica –un ilustre escritor nicaragüense la califica de “demagógica”-, su negar la absolución de los que participasen en la empresa, impidió entonces la conquista de la Costa Atlántica. No paró en ello la insensatez. Ingenuamente, “quiso la conquista liberal de la barbarie” y “separando la espada de la cruz” un grupo misionero se internó en las selvas: fue plácidamente devorado por los tatarabuelos de los tatarabuelos de los que aun ahora –confirma el mismo citado testimonio nicaragüense- persisten en la barbarie gracias a la inefable caridad del “defensor de los indios”.

El otro ejemplo es más cercano en tiempo e igualmente aleccionador. Es el brote del primer gran aquelarre descaradamente comunista, que desenfrenóse en Francia aprovechando la coyuntura que siguió al desastre de Sedán de 1870 ante las armas prusianas. Ya no satisfacía el retorno a un simple régimen republicano y burgués, y creyese llegada la hora de proclamar la República Universal que ochenta años antes había ya pedido prematuramente Babeuf quien pagó con la vida sus impaciencias revolucionarias.

Omitiendo detalles que no hacen a nuestro propósito, digamos que en marzo de 1871 se proclamó la revolución social comunista en París. Arrióse la bandera tricolor e izase la bandera roja del internacionalismo. El sentimiento burgués y el patriotismo sincero uniéronse entonces para una numerosísima aunque pueril manifestación de los “amigos del orden”: simples, ciudadanos, mujeres, niños y hasta miembros de la Guardia Nacional, pero todos inermes y tremolando sólo la bandera tricolor como una expresa, pero comedida protesta contra el desorden promovido por los hermanos revoltosos. Los hermanos comunistas, ante este amoroso y cortés llamado, demostraron que no se trataba de la travesura desorbitada de unos meros “enfants terribles”, sino del implacable designio de barrer con cuanto oliese a civilización. Al llegar a la Plaza Vendome, el desfile, conmovedor por su inocencia, terminó en matanza a costa de los manifestantes. De ahí en adelante se entronizó la “Commune” con su sabido y confuso cortejo de asesinatos y toda clase de diabólicos excesos. A final de cuentas, la única manifestación y lenguaje que pudo convencer al “hermano comunismo” fueron las armas del ejército, que a sangre y fuego dieron fin a aquella espantosa pesadilla.

Y todo esto viene a cuento porque la muerte de Stalin, la lucha “intramuros” por su herencia política y la firma del armisticio coreano nos están haciendo temer que florezcan nuevamente los dulces espejismos que cegaron a muchos hasta el momento en que, después de la contienda caliente, estalló en el mundo la guerra fría…

3 de agosto de 1953
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