¿Volveremos a la Tierra?

Identificador: DM-298.
Publicación original: Novedades, 26 de abril de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: tierra, campo, cultura, México, agricultura y bracerismo.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Volver a la tierra no quiere decir que se hable del brumoso, romántico afán rusoniano. Ese que no sabe a final de cuentas qué es lo valioso y trascendente en el volver a la tierra. Ese que tiene mucho de sonora oquedad vana y que recuerda demasiado la selvática irresponsabilidad del salvaje.

Porque la vuelta a la tierra lleva implícita, antes que otra cosa, responsabilidad. Porque es el directo enraizamiento del hombre en el cosmos, y desposorio del que toma arranque y primer impulso la cultura. Y este del hombre con la tierra tiene, como todo matrimonio, las altas responsabilidades de la fecundidad. Y esa fecundidad, para ser válida, debe resolverse cabalmente en la civilización, la que en última instancia, es lo mismo que cultura, que vale tanto como decir cultivo. No es de extrañar, por eso –de paso digámoslo-, el que muchos contemporáneos espiritualmente distantes de esta raíz de la cultura sean terriblemente incultos. Y creyéndose lo contrario, al pasear por la banda de asfalto de las carreteras la neurosis del ambiente maquinista de sus grandes ciudades, sus ojos miran al campo, pero sin comprenderlo. No penetran la “dulce teoría verdadera” que en él se esconde. Para la superficialidad de su alma excesivamente turística, para su atención inconexa y saltarina suele ser ininteligible el campirano mensaje redentor.

Hay que recobrar, México debe recobrar el sentido cierto, veraz, de la vida, de la raíz de la cultura. Para ello apenas habrá otra cosa que, como el campo, diga la suprema lección de lucha elemental en que se mezclan el enigma, el desafío del imprevisible cósmico, y las estimulantes certidumbres. Porque el campo es duro y hay que conquistarlo “a golpes de cariño”. Con la noble pertinacia con que se conquista a la mujer que se quiere para madre de los propios herederos.

Cada vez que el hombre consuma esa conquista, puede comprobar que:

“el campo es un honrado y exacto cumplidor:
y está comprometido con las uvas de octubre
y a mayo le ha ofrecido, cuando vuelva, una flor…”

Ahí está nuestra tierra… Algo supo de su amor el tolteca o maya o ulmeca, cualquiera que fuese el nombre verdadero del pueblo que hizo aquí el primer trasplante de civilización. Pero fue México, ya no tolteca, ni ulmeca ni maya, sino mestizo, el que la amó con plenitud. Y como fino amador, pudo entender la evidente verdad de la palabra que la tierra reitera:

“Venid sin miedo a mí los amadores
que en mis brazos morenos tendréis cuanto dijimos:
mayo tendrá sus flores
y octubre sus racimos…”.

Pero vinieron los tiempos malos. Y el pretexto especioso, falaz, para que nadie la quisiera, se dijo que la tierra era de todos. Se oyó el ulular exótico de un viento de estepa. Y el pegujal quedó yermo, y las eras, mondas. La sangre de los amadores de la tierra, muchas veces, hubo de empapar el surco en un postrero baldío esfuerzo de fecundación… Y entonces pudo decirse que:

“por encima de la tierra calva
ya canta su proeza,
con su risa amarilla, el oro fácil”.

Sí, el oro fácil, signo de los grandes intereses crematísticos sobre el signo de genuina fertilidad y de esfuerzo que vive en la tierra.

Mas ello no puede ser definitivo. La suicida lección del bracerismo nos impone, en contriciones purificadoras, el retorno a la enamorada constante y fiel. ¡La vuelta de esta ubérrima tierra de México, perdonadora incansable de desvíos!

“Porque la tierra tiene tenacidad de risa
para todo dolor.
La tierra es la impasible compañera
que en la alta noche espera,
con la lumbre encendida, la vuelta del Amor”.

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