Vida del Día de Muertos

Identificador: DM-464.
Publicación original: Novedades, 5 de noviembre de 1957.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Día de Muertos, fieles difuntos, tradición, comunión de los santos, México.
Ilustración de Vida del Día de Muertos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No es posible arrancar del alma del pueblo las nudosas, fuertes raíces tradicionales de la conmemoración de los difuntos. Esta es algo más que un costumbrismo más o menos perecedero. La devoción del 2 de noviembre es un latido gigante del corazón nacional que, cada año, reitera la fidelidad de México a sus muertos.

En tal día recordamos a los que hicieron ya el tránsito del tiempo a la eternidad. Y ello porque no ignoramos –merced a la cierta, cuanto consoladora esperanza de la fe- que en el plano existencial en que ahora radican puede nuestra plegaria intervenir, poderosa y benéfica. Porque sabemos que ellos, a su vez –con dinamismo tan sobrenatural cuanto objetivo-, son capaces de influir en nuestro destino terrestre y ultraterrestre. Porque sabemos que hay una, aunque misteriosa, real y mutua comunicación de beneficios entre quienes –vivos o muertos- ha sellado la sangre de Cristo.

Pero bueno es insistir en la idea de que la conmemoración de los difuntos, en cierta manera, exterioriza, asimismo, en esta jornada, un clamoroso plebiscito. México, en lo social, cree en sus muertos porque cree en el alma nacional que ellos –en quehacer de siglos- forjaron: pulcra, áurea y hazañosa; estremecida por el amor operante a los tres supremos valores: verdad, bien y belleza. Alma que se concreta en esa cosa infalsificable y viviente que es la tradición mexicana: indeclinablemente católica y medularmente hispánica.

Desde este punto de vista, asumen un tinte civil y patriótico las sublimes exequias, en los templos y la ingenua materialidad de las “ofrendas”, en los panteones. Paradojal, pero certeramente, con la evocación de los ancestros, se hace la solemne afirmación de una voluntad colectiva de vivir. Aun por mero instinto en muchos de sus hijos, México está convencido de que la garantía de sobrenadar victoriosamente sobre el inmediato y tormentoso oleaje de la Historia radica en la adhesión al espíritu nacional que le legaron sus muertos.

Cosa de maravilla es, pero cierta: creer en los muertos, amar a los muertos y a sus buenas obras, constituye prenda de vida. Y de vida vigorosa, púgil, acometiva. Porque –supo decirlo, clarividente, don Antonio Caso: “La preeminencia de los muertos es el secreto de la majestad y el interés de la Historia. Todo, menos el instante que pasa, es histórico; y aun el instante que pasa, incorpora en su tránsito la universalidad de lo histórico; porque “el presente está preñado del porvenir” y surgió del pasado inmediato. Mientras más transcurra el tiempo, será más histórico el hombre”.

No nos cansaremos de repetirlo:

Desconfiad de los que, a nombre del progreso, desprecian a los muertos, y quieren volver a matarlos, en espíritu, asesinando su obra: la tradición. O son ciegos, o son homicidas de pueblos. Porque en la idea misma de progreso está supuesta la tradición: para que el progreso sea posible, es forzoso que haya quien –a tiempo que progresa- sea siempre, substancialmente, el mismo. Cuando en el orden privado se desea una progresiva acumulación de dichas y bienes, para uno mismo y para los que se ama, ello no se desea a trueque de dejar de ser uno quien es; o de que los suyos –padres, hermanos, esposa o hijos- dejen de ser quienes son. Nuestro anhelo de bienestar carecería, entonces, de sentido. ¿Para qué una mayor riqueza de dones vitales, si hubiésemos de perder la propia identidad?

Por otra parte, la intuición del pueblo y la sana filosofía al par, entienden que la tradición –la etimología del vocablo lo dice, lo cual quien esto escribe ha subrayado muchas veces- consiste en la entrega de una suma de bienes adquiridos por común esfuerzo del hombre y del tiempo; entrega que una generación hace a la que le sucede, y que ésta, a su vez, se halla obligada a transmitir, acrecentada, a la subsecuente. La tradición no es otra cosa, por ende, que la herencia de los muertos, a la que los vivos deben enriquecer con nuevas adquisiciones.

México, así, el 2 de noviembre, puede vivir su tradición no con sensibilidad arqueológica y de museo, sino sintiendo en ella frescos, alegres efluvios de vitalidad histórica. Y cada vez se afirma más en la convicción de que en ella está el germen –subrayando la elemental, biológica fuerza del término- que origina su presente y su porvenir.

Y es que México es tradicionalista; México ama a sus muertos, sobre todo porque ama a los hijos que están por nacer.

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