Victoria no es Paz
Publicación original: Medio por identificar, 27 de octubre de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: paz, orden moral, Segunda Guerra Mundial, Pío XI, Pontificado, posguerra.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
“La victoria no es necesariamente la paz,” dijo hace pocas semanas el Patriarca de Lisboa, según informaron los cables. Esta amarga verdad de quien —si mal no recordamos— en los días de prepotencia del Eje se le mostró claramente adverso, se corrobora en el ánimo contristado de los hombres de buena voluntad, ante una serie de hechos que signan ominosamente el futuro inmediato. Y a través de éste, anticipan al mundo una vigencia, por centenios quizá, de condiciones nada deseables.
De acuerdo a la Filosofía perenne, la paz no es sino “la tranquilidad dentro del orden”. Este orden no puede ser sino el orden moral rigiendo la vida del individuo, de los grupos sociales y de las naciones; orden a través del cual llegue el hombre al logro de su fin como tal hombre. Porque el orden es adecuación o adaptación de los medios al fin. En nuestro caso, al fin específico del hombre, o sea, el bien moral.
Si todo ello es cierto, como lo es, no se entiende de qué manera vaya a haber tranquilidad DENTRO DEL ORDEN, si se empieza por edificar un mundo nuevo sobre bases de desorden, sobre cimientos que rompen el orden moral en lo nacional y en lo internacional. Fracasará ese mundo, de igual manera que el que hoy agoniza. Y por las mismas causas.
La advertencia del prelado lisbonense suscitóse por los desórdenes y terribles excesos que han acaecido en territorio francés e italiano, últimamente. Hechos que nadie ignora porque se les ha dado notoria publicidad periodística y cinematográfica. Precisamente en estos días resbala en las pantallas un noticiario con crudas escenas—que por decoro humano ni debían filmarse ni menos exhibirse- del linchamiento de un fascista, sacado de la sala del juicio de Pietro Caruso en Roma, ahogado en el Tíber y cuyo cadáver aparece posteriormente colgado, desnudo e informe, frente al palacio de justicia.
En la capital italiana, ¿no hubo fuerza policíaca o militar que impidiera este desafuero que, según parece, transcurrió durante un lapso relativamente prolongado? Y en Francia, ¿no habrá quien advierta y haga imposible la injusticia de fusilar milicianos vichistas de diecisiete a veintiún años de edad, niños que según advierte con sentido común un comentarista norteamericano, el mayor no ha conocido ni tenido oportunidad de conocer otro régimen que el de Vichy?
Trasladando el juicio de lo que hace a las personas físicas a lo atañedero a los pueblos, los augurios son también ostensiblemente desconsoladores: Polonia—chispazo que encendió la guerra- tasajeada orientalmente hasta la línea Curzon; los Estados bálticos absorbidos por el oso vecino; Finlandia y las naciones balcánicas sometidas a no disfrazado vasallaje a la misma potencia moscovita; países que militan en el campo aliado y cuya afrentosa “capitis deminutio” es tácitamente establecida en Dumbarton Oaks. Todo esto no viene a ser, de ningún modo, presagio de tranquilidad dentro del orden.
Las venganzas acarrearán renovadas venganzas contrarias. Nada bueno podrá traer a la humanidad el aparente nuevo Munich europeo en que uno de los términos se ha cambiado; pero en que el apaciguador sigue siendo el mismo. No habrá siquiera albores de paz, si se empieza por colocar en plano inferior a los carentes de poderío militar aunque, -como los países hispánicos- puedan ser los portadores de la más alta elaboración cultural de la Historia.
Sobrevendrá, si a tiempo no se remedia, una posguerra peor que la anterior, en la que, según el resumen admirable de Pío XI, no hubo paz en las conciencias, ni en las familias, ni en las sociedades, ni en el concierto de las naciones. Si la voz del Pontificado no preside las conferencias de planeamiento de la paz, en vano será todo: se volverá a recorrer el mismo ciclo con más graves perfiles. Y será cosa de recordar, lo del poeta de Nicaragua, a los “grandes” de la tierra, después de la Victoria: lo tenéis, todo, pero para alcanzar la paz os falta una cosa: Dios, dador del espíritu de caridad y de justicia. El único que puede repetir con verdad lo de hace veinte siglos: “MI paz os dejo. MI paz os doy”
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