Verdades de Hospicio
Publicación original: Medio por identificar, 22 de enero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: verdad, liberalismo, discurso público, valor moral, tabúes, integralismo.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Uno de los signos molestos que caracterizan en México el lenguaje condimentado para el público, es la persistencia en él de ciertos tabúes pintorescos en que nadie cree; pero cuya intocabilidad se juzga cómoda, con la comodidad del pararrayos que canaliza poderosas descargas eléctricas que, de otro modo causarían serios perjuicios.
Dicho más claro, hay gentes honradas, y de limpia intención que aun se fingen ortodoxos feligreses de fetichismos inferiores, caducos, como un artilugio de pararrayos para desviar las descargas que pudiese atraer el desequilibrio meteorológico que produce, en nuestra atmósfera dizque democrática, la expresión de verdades esenciales. Así, al decirlas, cobíjanlas con el manto protector de perniciosos errores gratos a las oligarquías del momento, dando a éstos el espaldarazo que lícitamente sólo se otorga a la verdad.
¿Por qué insistir en la endeble postura de amparar verdades bajo la sombra siempre ponzoñosa del error? De esa suerte, la nativa eficacia de aquéllas se agosta y empequeñece, como las plantas que nacidas de noble simiente tuvieron la mala fortuna de brotar en tierra sombreada por el árbol venenoso, cuya infausta cercanía las hace crecer a duras penas, entecas, desclorofilizadas, amarillentas que es una lástima.
Son esas verdades como niños de hospicio: sin risa ni gracia de espontaneidad en el espíritu; atados cruelmente por complejos de inhibición; siempre temerosos de las prescripciones negativas: “no hacer esto, no tocar aquello”. Estas verdades se hallan ineludiblemente en trance de equilibrismos imposibles, como los que se pretenden entre la infancia, que pide cosas positivas: amar a la madre, jugar con los hermanos, rezar a Dios, trepar al árbol, saltar la zanja, comerse la golosina; y el disciplinario rigor siempre un poco o un mucho marxista del asilo.
En nuestro caso, el asilo del error, de la mentira, que ejerce una feroz constricción sobre las verdades que a él pretenden arrimarse; que las asfixia y desvitaliza, coartándoles el sano alborozo de asolearse a sus anchas y aun de consumar a ratos alguna que otra travesura riesgosa, sí, pero siempre tónica por lo que tiene de saludable osadía de carácter.
Pero es que hay tiempos de acometer y hay tiempos de esperar, argüirá alguno. Cierto, pero no es espera sino simpleza el hurtar al enemigo un falso lubricante que en lugar de mantener expedito el funcionamiento de las armas propias de la verdad destruye la exactitud del mecanismo o embota la sutileza de los filos, porque la substancia no corresponde al marbete del frasco ya que en realidad, nada lubrica, puesto que se trata de un corrosivo de alta eficiencia.
Para aguardar, incluso para retirarse, es preferible muchas veces el silencio sobre aquello que falsean los directores del gran Hospicio de la Mentira que, hoy por hoy, pueden atrapar y someter a duras cárceles al niño pregonero de las verdades integralistas. Peor resulta, y sin sentido, que él mismo se encarcele por su voluntad en el susodicho hospicio, siendo que tiene su casa en que mora la verdad, su propia familia, sus patios hogareños poblados de audaces travesuras maravillosas en que el ánimo puede disponerse y el brazo adiestrarse para las horas de la decisión suprema, de los lances definitivos, a campo raso, cuando la auténtica democracia haga inevitable la lucha abierta y descarada de las dos potencias elementales: el Bien y el Mal.
Dejémonos ya de ambigüedades liberales con su indeseable claroscuro grisáceo.
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