Verdad del Alma Máter
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: memoria, educación, fe y Ciudad de México.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No, no fue sensiblera nostalgia. Antes, tremenda revelación de cuán hondas y fuertes son las raíces del espíritu, y de cómo ello compromete a una hidalga lealtad militante.
Fue hace algunos años, en un tramo de «la vieja calzada de Tlacopan». En sitio donde la perenne lozanía histórica de la epopeya cortesiana sobrepónese al fragor del tránsito motorizado y reitera la evocación del rojizo conquistador «Tonatiuh». Ahí donde éste hubo de transponer, en memorado acrobatismo, el horror de la acequia lodosa y sanguinolenta mientras la «noche triste» del 30 de junio de 1520 no era más que la hostilidad perseguidora de una paradójica, semoviente manigua de golpes de macana y saetas aborígenes.
Fue ahí, en el Puente de Alvarado, al paso no muy ligero de un vehículo que, a poco andar, se detuvo unos instantes en la esquina cercana. Bien claro hablaba el largo aviso de tela burda con sus gruesas y grandes letras. En ese sitio el urbanismo de piqueta se aprestaba al asalto inminente. Y condenaba a la ruina, en primer término, la misma vasta edificación de cuyos balcones pendía el anuncio aciago. Cabalmente, su ancho y alto zaguán —que vio discurrir los más puros fervores de tantas mocedades— cedería el lugar para parte de la entrada de una nueva rúa que en su otro extremo afluiría al ámbito de la Plaza de la República, aún entonces muy conocido como el Palacio Legislativo en gracia al mohoso armazón porfiriano cuya estructura central vino a dar esqueleto al desgarbado monumento de la Revolución.
Sentenciados ahora a muerte, aquellos techos y aquellas paredes —¿quién que lo vivió podrá olvidarlo?— con el patio anchuroso a sus espaldas (nuestro «llano», que tendía una explanada inmensa, libérrima, propicia a toda travesura y a todo deporte), habían sido por años el albergue, la casa, la prolongación del hogar o aun el hogar mismo para una muchachada escolar que, en sus sucesivas «generaciones», podría contarse por millares.
Ciudadela del espíritu, bastión de autenticidad mexicana, forja de sabidurías iluminadas por la Fe, de heroísmos sublimados por la Esperanza, de santidades abrasadas por la Caridad incluso hasta el martirio, iba a desaparecer en breve.
Sus nobles y altas techumbres; sus recios muros; sus alongados corredores; sus interiores patios de solemne, pero amable vastedad; sus aulas acogedoras, inolvidables, que a distancia dejaban oír a la hora de clases un zumbido alegórico de colmena, y aun su capilla en devota penumbra que el mes de mayo y las grandes festividades tornaban festonado vergel de nardo, gardenia, azucena, y coruscante porfía de luces y corazones que al par de incienso quemábanse en la lumbre litúrgica de un mismo amor… todo, todo caería al golpe de un impremeditado, pero certero símbolo del asalto contemporáneo a las esencias de México. Y aunque en otro rumbo levantaría nueva casa, la inmediata y punzante verdad era que pronto, de esta primera material estructura del ilustre plantel cristiano no quedaría piedra sobre piedra. De esas que acariciaban los vivos ecos floridos de estallante juventud o de graves, benignas, paternas voces magisteriales o aquello otro en que muchas veces ambos ecos hacíanse uno: la resonancia, ya suave, ya de marciales dejos, de los cánticos escolares, de los himnos cívicos y religiosos presididos por el mármol escultórico del Cristo Rey, que por serlo de México éralo también de nuestro recinto y de cuanto en él palpitaba.
Sí. Fue ahí, y en ese instante, que la súbita e intensa vivencia nos traspasó. Inexpresable como la desolación semidesértica del Calvario después de la hora de nona. Fría y ardorosa a la vez como la herida de un acero recién clavado en las entrañas… ¿Cuándo, dónde vivimos antes esta tremenda conmoción del espíritu?…
Y la respuesta vino también inesperada y lancinante en su evocadora fulguración de las vivencias originales del ser… ¡Sí! ¡Era eso! Ante el propio estupor, irradió la reminiscencia increíble: ¡era eso, el mismo desamparo cósmico, total y definitivo que solía desplomarse sobre nuestra primerísima niñez cuando ésta —antes de herirla orfandad tempranera—, al salir acaso del rapto jubiloso del juego, miraba de pronto en torno suyo, y sobrecogida por la momentánea ausencia materna sentía esa aplastante soledad del universo de la que sólo saben los niños al írseles —para un instante o para siempre— la madre!
Y ahora, aunque en viril edad, igual que en la infancia remota, el nudo de una emoción indecible estrangulaba nuestra jactanciosa fortaleza de hombres ante el augurio destructor que cerníase sobre aquellos muros que, con las letras primeras, aprendió a amar nuestra niñez intacta. Sabíamos ahora, a costa de nuestra desgarrante intuición, qué es lo que los hombres quisieron decir cuando la primera vez nombraron el aula «Alma Máter»…
*
Se me fueron sus piedras, estremecidas de ciencia, de Patria y Teología. Pero, en verdad, como el de mi madre, su espíritu jamás me ha desamparado. Ambos están presentes en mis venas y en mi alma como una decisiva torrentera vital. Y el constante reclamo de sus voces unísonas me habla siempre del mismo señuelo, del mismo paradigma incorruptible de un México signado por la Señal de la Santa Cruz.
8 de junio de 1953
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