Ventura y Aventura del Hallazgo
Publicación original: Novedades, 14 de noviembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: hallazgo, asombro, invención, filosofía, teología, Pascal, caridad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Sí, la alegría del mundo es en gran parte la venturosa aventura de los hallazgos. Nos lo ha vuelto a decir la jacarandosa alegría de este chiquillo que acaba de encontrar una moneda en el asfalto callejero.
Claro que, infortunadamente, el hallazgo muchas veces se refiere a lo dañino, a la fealdad, al error. En esos casos, el Cosmos tal vez aparezca, ante la reflexión unilateral del pesimismo, como la odiosa caja del mito de Pandora que, una vez abierta, deja salir de sí toda suerte de males. Pero la recta sabiduría jamás duda de que, en su esencia, hay en el conjunto de todo lo creado una bondad fundamental, una sonrisa invencible que es trasunto de aquella sonrisa que se adivina en el texto del Génesis que declara cómo, al echar Dios una mirada a la obra de sus manos, halló que todo era bueno.
Por eso, plácenos hoy divagar por los gratos senderos de los hallazgos buenos y luminosos. Porque, ¿no es verdad que esta categoría de hallazgos, con su imán de incógnita y de aventura, constituye una de las fuerzas que con mayor dulzura enjoyan la vida, le prestan novedad y gracia, y al romper la monotonía de lo reiterado y cotidiano nos abren una ventana por la que atisbamos la admirable y renovada juventud del universo?
Porque incluso cuando el hallazgo tiene por objeto lo que, poseído una vez, hubo de perderse, como que se enciende en el ánimo una luz fresca y mañanera que baña en una nueva mocedad a lo ayer perdido pero hoy recobrado. Bien lo subrayan, con sencillez conmovedora, las evangélicas parábolas de la dracma y de la oveja sucesivamente perdidas y halladas.
Y el alborozo comunicado por los hallazgos menudos e intrascendentes sube en intensidad y altura cuando se trata de los grandes hallazgos logrados en las horas de excepción por el hombre. Ninguna palabra ha podido todavía expresar de manera adecuada la admiración de los grandes descubrimientos. No es dable decir cabalmente lo que haya sido el pasmo jubiloso del hombre que echó a andar el primer vehículo basado en la geométrica perfección de la rueda. O la alegría sin par en que culminó la gran aventura colombina cuando Rodrigo de Triana vio quebrarse la marítima uniformidad del horizonte con el primer litoral americano. Aun la genial inspiración de pintar la emoción del gran aventurero Odiseo ante el hallazgo de la hermosura soberana de Nausicaa.
Pero no es sólo el Cosmos material la maravillada dicha elemental de los hallazgos. Con ser estupenda la inacabable colección de entidades físicas que alimentan nuestros asombros a medida que caen bajo la acción de los sentidos, no está en ellos, sin embargo, la sorpresa mejor. Los investigadores, por ejemplo, y los espíritus dotados de curiosidad reflexiva o con dones de intuición, al aplicar y combinar las propiedades de la materia alcanzan una alegría superior y singularísima cuando dan cima a los inventos, palabra que viene a ser, puntualmente, sinónima de hallazgos.
Y forzoso es, todavía, ir más lejos. Porque es aún más intenso, vibrante, el gozo del hallazgo, cuando éste ocurre en el campo estricto del espíritu. Así, ese gozo tórnase inefable cuando el entendimiento, a la vuelta de un recodo silogístico, da de manos a boca con la sobrecogedora excelsitud de una gran verdad, digamos de las ciencias reinas: la Filosofía, que inquiere las causas primeras de todo lo que es, y la Teología, que nos abisma en el asombro del Ser por esencia. No hay palabras que pudiesen ponderar el placer intelectivo, verbi gratia, de los sofistas y de Aristóteles al ir descubriendo las leyes del raciocinio; o el de Tomás de Aquino ante el hallazgo realizado por su poderosa inteligencia al obtener sus anonadadores vislumbres de la vida íntima de Dios, y que declara en esa cumbre del pensamiento universal que es su tratado sobre la Trinidad…
¿Y qué decir de los hallazgos –los más subidos y excelentes de todos– que nos deparan el mundo moral y el sobrenatural? Cuando en el transcurso de la propia vida, o en ese gran relato de la vida de la humanidad que es la Historia, hacemos el hallazgo de los grandes caracteres, de los heroísmos, de las abnegaciones, de la exquisitez de los sentimientos y de las virtudes, ¿no es verdad que el pasmo y el gozo rebasan toda medida de posible expresión?... Al llegar a este punto en la ascendente escala de los hallazgos es cuando el alma, antes de enmudecer ante el hallazgo supremo del amor inaudito de Dios, se desborda en la memorable exclamación de Pascal: “todos los mundos, con todas las maravillas que encierran, no valen lo que un pensamiento del hombre. ¡Y todos los mundos con todas sus maravillas, aunados a todos los pensamientos que hayan concebido todas las humanas inteligencias, no valen lo que el más mínimo movimiento inspirado por la caridad!”.
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