Veinte Años Después

Identificador: DM-370.
Publicación original: Novedades, 12 de septiembre de 1955.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Alfonso Junco, Antonio Caso, fe y razón, polémica intelectual, prensa mexicana, libros.
Ilustración de Veinte Años Después

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Con ese olor de tinta fresca –de la Editorial JUS, en este caso– que refuerza la incitación a la lectura, el volumen que tenemos a la vista lleva la firma egregia de Alfonso Junco y el rubro Controversia con don Antonio Caso, y recoge los escritos del primero producidos en ocasión de una de las más apasionantes polémicas que registra el movimiento intelectual de México.

Sostenida hace ya casi veinte años, corresponde a una etapa que el diarismo capitalino –con escasas treguas– vio encresparse sus aguas con el oleaje de nutridas, memorables y aun enconadas controversias de variada temática e importancia: pero que generalmente fueron de interés indudable. Al través de representativos sobresalientes, tendencias muy disímbolas incidieron en aquellos debates de prensa, como podría indicarlo la sola evocación de nombres como Eduardo Pallares, Vicente Lombardo Toledano, Francisco de P. Herrasti, Francisco Zamora, Antonio Brambila, o los propios de Antonio Caso y Alfonso Junco que –en diversa posición de pensamiento– son dos nombres que, en subida manera ambos honran a México.

En tal clima de frecuente batalla en las planas editoriales, tuvo lugar la que seguramente superó a la sazón a todas en interés y en brío, en anchura y profundidad, en médula y resonancia por coincidir en ella el rango singularísimo de las materias controvertidas y de los participantes.

Suscitó la impugnación de Junco el haberse referido un artículo de nuestro siempre recordado maestro Caso a una supuesta “complicidad de las dos internacionales, católica y bolchevique, negando los valores individuales para someter las inteligencias a dogmas intangibles,” agregando la afirmación sin salvedades de que “el dogmatismo en el pensamiento, es el fanatismo en el sentimiento y la tiranía en la acción”, cosas ambas, digámoslo de paso, que podrían ahora incluirse cómodamente en los alegatos del presente anticatolicismo desatado en Argentina. La réplica del maestro Caso a la impugnación de don Alfonso Junco ubicó la discusión en el punto de la racionalidad o irracionalidad de la fe, de la oposición o concordia entre el dogma católico y la inteligencia; asunto alrededor del cual se transitaron también las veredas de otros trascendentes temas conexos, singularmente en la órbita de la epistemología o teoría del convencimiento en relación peculiar con los problemas de la teodicea y del saber estrictamente hablando teológico.

Prolongada e intensa, de aquella controversia de siete meses los dos puntos de vista podrán quizá algún día quedar incluidos en edición que en un solo conjunto los agrupe para el fácil cotejo. Pero la que da pie a nuestro comentario tiene desde luego, por sí sola, atendida su materia y la forma literaria en que se concreta un excepcional interés intrínseco y prácticamente autónomo. Y sobre todo, algo que es lo único que en realidad nos ha movido a esta referencia: un extraordinario valor de ejemplaridad que es, por supuesto, independiente de cualquier circunstancia significada por las simpatías personales o la posición ideológica.

Porque veinte años después, la perspectiva en el tiempo, que apacigua los ánimos, que permite moderar reticencias o entusiasmos de raíz meramente psicológica o de afinidad intelectual hacia uno u otro de los controversistas y sus argumentos, permite ahora valorar sin prejuicio y sin regateo ese dato de ejemplaridad.

Porque, cierto, aquella justa de pensamiento lo fue al mismo tiempo de pareja brillantez y vigor literario en ambos interlocutores.

Y en la parte que ahora nos ocupa, la de Junco, tiene el lector señeros goces intelectuales por todo aquello que mira a la expresión: encumbrada siempre, siempre nobilísima; fulgurante cuando la alteza del pensamiento discurre en determinadas provincias de los temas excelsos. Que por lo que atañe a la substancia es muy de ponderar el concepto acerado, directo; grávido de contenido y certero de pertinencia: con ágil concisión y poderosamente expansivo, de comprensión anchurosa cuando para fijarse o esclarecerse hay –dentro de la parvedad del espacio periodístico– exigencias de desarrollo.

Pero sobre todo ello valen estas páginas de maestría por su calidad polémica en que esplenden el infrangible rigor dialéctico mantenido, que permite seguir sin trabas el verdadero meollo de la discusión, ordenadamente y con inexorable método precisivo de los puntos en debate; la insobornable altura moral, que manifiéstase muy a lo vivo en la rara elegancia y virtud de saber desasirse de esa negra honrilla que suele ser –aun en los selectos– cortejo turbio y ocasión de perderse por los cerros de Úbeda cuando de discusiones se trata. Más aún, y antes que nada brilla aquí la exquisita deferencia, la transparente simpatía, el hidalgo respeto y el cristiano afecto con que de intento se ignoró en el ilustre oponente el tirar a veces por el lado del desdén mal reprimido, o, acaso, de la destemplanza: con desazón, por cierto, de muchos que –discípulos suyos– deseábamos lo mejor para ese espíritu de excepción que habíamos aprendido a querer en su corazón generoso y a respetar en su admirable talento.

Todo ese conjunto de excelencias suscita nuestra invitadora llamada de atención a los amigos de lecturas medulares hacia estas páginas que –hervorosas de vitalidad y ejemplaridad– obtienen categoría antológica dentro del manido, pero dificilísimo género polémico, tan maltratado por el prejuicio irreductible y por el amor propio del que –ayer, hoy y siempre– solemos los humanos ser cautivos irredentos.

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