Usar la Propia Cabeza
Publicación original: Novedades, 5 de julio de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Segunda Guerra Mundial, propaganda, juicio histórico, Guatemala y Puerto Rico.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En medio del clima de enconos violentísimos, de filias y fobias exacerbadas que se desataron durante la última guerra, nos tocó cumplir el entonces no muy fácil deber de puntualizar que lo peor de esa contienda consistía en la escisión en dos bandos de los países que, no obstante participar de la misma civilización occidental, no habían sabido arreglar sus diferencias pacíficamente.
Además, y considerando las cosas desde los planos más altos y trascendentes –únicos que en los momentos confusos y de pasión pueden dar la imparcialidad y el equilibrio-, nos fue preciso insistir en cuál era la peor de las posibilidades de desenlace del conflicto, y censurar por consiguiente la benevolencia que se estilaba con la Rusia Soviética, pintada en aquella sazón como aliada sempiterna e idílica de uno de los bloques en que el Occidente se había dividido.
Eso nos trajo críticas acerbas, alguna envenenada y otra en que misericordiosamente se nos achacó de ilusos y miopes intelectuales por nuestra reivindicación del sentido unitario total de lo occidental.
Sin embargo, los hechos vinieron a darnos la razón con algunas cosas como el pacto de defensa del Atlántico septentrional, y el propósito de constituir el ejército defensivo de Europa occidental con el consiguiente rearme alemán, para no hablar también del asimismo alentado rearme japonés que viene a ser igualmente una rectificación medular y coincidente con nuestras opiniones de antiguo en este mismo sitio expresadas.
Por otra parte, no mucho después de terminado el conflicto 1939-1945, hubimos de volver a insistir –puesto que ya lo habíamos hecho durante su desarrollo- en que las responsabilidades por el estallido de la guerra y por ciertos horrores que le dieron carácter, no podían razonablemente imputarse en exclusividad, ni mucho menos, al Eje. También ello nos ganó censuras acres, a base de argumentos tomados de la propaganda partidarista e indiscriminada que en estas latitudes se usó para exculpar a los dirigentes de las potencias aliadas occidentales a costa de sus adversarios.
Y sin embargo, el memorable viaje apaciguador de Rudolph Hess a Inglaterra, aunque discutible en cuanto a su oportunidad, no dejaba de ser un dato que pudiera desecharse. Ni, por ejemplo, las declaraciones que citábamos de algún legislador norteamericano sobre las horcas retroactivas de Nuremberg, levantadas entre otras cosas para silenciar –como ahora se dice- a quienes “sabían demasiado sobre las diabluras de la segunda guerra mundial”. Declaraciones que añadían que era posible que la historia probara alguna vez –referencia directa a los aliados occidentales- “que nuestras propias alas no eran tan blancas como nos quieren hacer creer algunos de los responsables” de la misma guerra.
Y en efecto, las revelaciones más recientes han venido a confirmar hechos como el de la ardiente belicosis de Roosevelt y su responsabilidad como causa entonces oculta, pero eficacísima y consciente, de los sucesos de Pearl Harbor, que es lo mismo que culparlo de la rigurosa universalidad que la guerra asumió desde ese momento. De igual manera, los datos últimos e irrebatidos respecto del origen de su carácter de “guerra total” establecen la culpabilidad de Churchill, porque lo que la propaganda nos había estado ocultando era que el bombardeo aéreo de la población civil en “objetivos” no bélicos, usado sistemática y preferentemente sobre el de las verdaderas metas con interés militar, fue comenzado y proseguido por la aviación británica –por directa intervención del premier- sobre suelo alemán con anticipación más que suficiente para que los bombardeos de Coventry o de Londres por la Luftwaffe y por los proyectiles V-1 y V-2 fuesen considerados como represalias en las que la “V” de venganza tenía un sentido válido.
Todo esto lo traemos a cuento no por alarde sino con el interés de que el lector convenga con nosotros –y haga aplicaciones de ello a ciertos temas tórridos del momento internacional- en que es preciso vivir prevenidos contra determinadas propagandas a las que interesa falsear hechos, situaciones y personajes del escenario del mundo, y saber usar la propia cabeza desde miradores que permitan considerar los intereses supremos del hombre para poder enjuiciar el panorama y los detalles con probabilidades de acierto.
Por ejemplo, he aquí una circunstancia que se presta a punzantes cavilaciones sobre el poderío de las propagandas. ¿Por qué la repulsa –a veces de raíz marxista, a veces por indudable y legítimo interés hispanoamericano- del intervencionismo extranjero en los sucesos guatemaltecos, no ha tenido una equivalencia en algunos sectores para el caso de la resistencia antiimperialista del nacionalismo puertorriqueño cuya bandera es, desde todos los puntos de vista gallarda y limpia y rigurosamente insospechable?
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