Uruguay
Publicación original: Novedades, 30 de enero de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Uruguay, José Artigas, identidad nacional, Hispanoamérica, cultura y comunidad de pueblos.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Uruguay –distante en el espacio, en el afecto cercanísimo- afronta, al parecer de manera aguda, ciertos problemas generales del mundo occidental. ¿Son dos o tres millones sus habitantes? Las opiniones locales divergen. Transemos en dos millones y medio. De todas suertes, la bellísima Montevideo, con su millón y cuarto de moradores, torna en rigor a la nación oriental en una cuasi Ciudad-Estado. Por ello sospechamos que pueda ser cierto lo que se nos afirma, en el sentido de que aquí resulte mayor el agobio de la “estandarización” de los signos espirituales de la vida por obra del cine, prensa, radio y moda. Porque es obvio que, casi en todas las latitudes, una alta densidad de población campesina suele, todavía hoy, ser barrera eficaz contra la monótona uniformidad de las psicologías, punto en que se manifiesta una de las llagas más desvitalizadoras del pobre “mundo moderno”.
“Aquí ya no hay campo”, nos expresa un patriótico dolor respetabilísimo, pero que se nos antoja excesivo por dar –antes de tiempo- por consumado un proceso. “La ciudad se lo va devorando rápidamente”, se insiste. Por otra parte, se añade, “la Sociedad languidece mientras el Estado crece en forma monstruosa”… Pero, ¿acaso no es esto último un fenómeno omnipresente en casi todo país de civilización occidental? Y no hay precisamente que consolarse por ello, ya que el mal de muchos no puede ser jamás consuelo de discretos. Señalamos, tan sólo, la circunstancia. De todas maneras, lo extenso y común del mal –por lo que toca, al menos, a Hispanoamérica- nos lleva a la conclusión –que una voz fraterna nos recuerda- de Martí: juntos hemos de salvarnos o juntos hemos de perdernos. Tal cosa nos es señalada claramente por la solidaridad de destino de los que, a pesar de las infidelidades de nuestros organismos oficiales, en cuanto pueblos, propiamente, hemos sabido guardar una lealtad fundamental a las raíces de nuestra cultura.
Porque fuerza nos es declarar que, lo mismo que en otros rumbos de la geografía hispanoamericana, hemos creído penetrar en el substrato auténtico del pueblo uruguayo. Mejor aún; hemos visto y comprobado en el transeúnte de la rúa y en las personalidades señeras –vibradoras de enérgicos impulsos vitales, estremecidas por la visión de altísimos señuelos históricos- esa tónica realidad, inmanente en todos nuestros pueblos: la presencia de los bríos originales de la Estirpe, que sólo aguardan la clarinada de resurrección de una coyuntura histórica que los ponga tensos, en trance de ser pivote de una nueva etapa creadora, de una nueva concepción de la convivencia en este desengañado planeta.
Si desde tal punto de mira –que creemos objetivo- se contempla el panorama hispanoamericano, juzgamos que no puede hablarse de que las condiciones espirituales medulares de cualquiera de nuestros pueblos –del Río Bravo al Estrecho de Magallanes- sean mejores o peores que las del resto de ellos. Podrá, sí, creerse más o menos favorable o aciago el respectivo momento político y sociológico. Nada más.
Claro está que varía la intensidad con que se abaten sobre cada uno de nosotros los mismos amagos hostiles, porque la geografía o las peculiaridades del desarrollo histórico o del instante que se vive así lo determinen. Sin embargo, en Méjico y Perú, pongamos por caso, que son pueblos fundamentalmente mestizos; o en Uruguay y Argentina, en los que es notoriamente pequeño el coeficiente del mestizaje, a todos nos iguala una esencial capacidad de resistencia y de superación frente a las fuerzas empeñadas en borrar nuestro perfil, eso que nos hace ser quienes somos, y no otros de los que somos, en medio de los demás pueblos del mundo. No en balde, lo que más nos hermana es la herencia espiritual que de veras es en nosotros común, antes que la herencia estrictamente biológica. Esta última podrá ser más o menos cambiante, porque la empresa española de forjar nacionalidades resulta evidente que se realizó sobre un variado mosaico racial en América y en Asia. Pero la manera de valorar la vida y sus dones, nuestro legado cultural, así en Filipinas como en Nicaragua o Bolivia es idéntico, y constituye puntualmente lo que a todos nos integra como una inmensa unidad en la Historia.
De mí sé decir que en el país oriental, flor de la cuenca del Plata, ubicado ya para siempre en mis más hondos cariños, hallé por cierto lo que buscaba con anhelo fervoroso: un pueblo de cordialidad sin medida, y nobilísimo, en el que siguen venturosamente privando las vivencias de la Estirpe sobre los módulos adventicios y menores de las crecidas inmigraciones; amigos en quienes adivinamos la ejemplaridad de los clásicos: gentes de la más acendrada solera tradicional hispánica; alertas oteadores del porvenir nacional y del futuro de nuestra familia de naciones; luchadores de la política y del pensamiento por quienes una y otro han de rescatarse cabalmente para las esencias patrias y para los gentilicios empeños comunes; pechos y brazos generosos, incansables, que defienden con denuedo el presente para ahincar, con granítica firmeza, los cimientos de lo que un día u otro va a llegar: el cerrarse “del ciclo de los fuertes” y el comienzo del de los “débiles”, a quienes “la Palabra Eterna les prometió el desquite”, que estriba no en otra cosa que en “la instauración, aquí en la tierra, de la justicia que impera allá en el Cielo”: nunca en solamente “substituir una iniquidad por otra”.
En nuestra convicción entrañable que cuando esa hora suene, el pueblo del gran Artigas –el mismo pueblo con quien conviví inolvidables días en las calles y ramblas montevideanas- dará cuenta de sí como el mejor entre los mejores. Nunca morirá el espíritu original de los treinta mil orientales que comenzaron la vida autónoma uruguaya y que –por sí y a través de sus descendientes- salvaron la desembocadura del gran río suriano para los ingentes quehaceres históricos de Hispanoamérica.
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