Universalismo Guadalupano
Publicación original: Novedades, 14 de diciembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Virgen de Guadalupe, mestizaje, Iberoamérica, universalidad y fe católica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Si bien se considera, la Virgen de Guadalupe es un mensaje de Dios a todos los hombres. El mensaje católico que afirma –contra paganismos y herejías- que todos somos hermanos por el origen común porque a todos puede alcanzar la eficacia redentora de la sangre de Cristo, porque a todos se nos ha hecho el mismo llamado a la bienaventuranza en que hemos de realizarnos a nosotros mismos con plenitud sobreabundante.
Ya lo dijo Pablo, el apóstol: “No hay ya griego, ni judío, ni escita ni romano, sino que todos somos uno en Cristo”. Las irreductibles diferenciaciones de perenne antagonismo que la paganía antigua y moderna ha exaltado, desaparecen. Cada hombre y cada pueblo queda en posesión de los atributos propios con que le invistió la Providencia; pero le deben servir para desempeñar su parte en el quehacer universal de la Historia, en armonía con los demás hombres y pueblos. No para pretender que la tierra –con las almas y naciones que en ella viven- sea su exclusiva heredad en la que no se escuche otra voz, ni cuente otra voluntad, ni se disfrute otro bienestar y riqueza que los suyos.
Ni india ni española, sino mestiza, la Virgen de Guadalupe, al par que “aprobación divina de las esencias de Méjico”, es la Virgen de la hispanidad y la Virgen de Iberoamérica. Porque Iberoamérica es puntualmente el resultado de la ya de suyo mezcladísima sangre peninsular con la de numerosos autoctonismos americanos a los que España infundió la más alta y noble cultura de los siglos, con lo que dio origen a veinte pueblos de suma variedad racial, pero unidos en el hablar de una misma lengua, en la profesión de una misma fe, en el condominio de una misma civilización y un mismo destino.
Pueblos, éstos, convencidos de que si a todos los hombres –como definió el Concilio de Trento aprobando la tesis del español Laínez- se les ha dado lo necesario para la salvación eterna, ello lleva implícito, en lo social e histórico, la posibilidad para toda nación de remontarse a las más altas cimas de perfección cultural: sean sus miembros negros o blancos, amarillos, aceitunados o mestizos. Esta convicción es, ni más ni menos, la esencia de la actitud espiritual de nuestros pueblos, en los que las discriminaciones raciales no prosperan; que informa su íntimo sentido de la vida, sus instituciones espontáneas y tradicionales, y el hondo impulso latente en todos ellos de dar universalidad efectiva a ese dogma católico de la igualdad substancial de todas las estirpes.
Preclaro símbolo de esa intención fraterna y pacificadora que en la Historia está subyacente, es la Señora que en la tilma del milagro no quiso asumir la tez blanca de doña Isabel de Castilla ni la obscura de doña Marina la aborigen, sino la amorosa fusión de ambas en la tonalidad canela de mexicanidad.

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