Unidad Europea y Equilibrio Mundial

Identificador: DM-309.
Publicación original: Novedades, 12 de julio de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Europa, Guerra Fría, unidad continental, equilibrio mundial y Occidente.
Unidad Europea y Equilibrio Mundial

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

No hay indicios precisos de resultados prácticos de las conversaciones Eisenhower-Churchill acerca de temas tan medulares como el de la política nuclearia y la crisis de Indochina. Sobre esto último, y precisamente para el lunes de esta semana, el premier británico, de regreso a sus patrios lares, ha anunciado información parlamentaria de sus pláticas con el presidente norteamericano. Es cosa de ver si su lenguaje contiene referencias más concretas que las generalidades poco comprometedoras que se insertan en la declaración conjunta de ambos estadistas al terminar el diálogo de Washington.

De todas suertes, lo que a éste sí parece atisbársele como fruto positivo y al parecer relativamente inmediato es una aceleración al esfuerzo defensivo de la Europa occidental. Por una parte con el elemento novedoso que significaría la inclusión de cuerpos militares ingleses destacados al continente, y por otra con la insinuada superación de las conocidas resistencias al rearme alemán mediante un pacto por separado entre los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania del oeste, lateral al de la comunidad defensiva europea, de la que se viene hablando con escasos resultados desde hace cinco años.

Interesa subrayar cómo dos posibilidades muy concretas dicen con especial elocuencia hasta qué punto, aunque tardíamente, el riesgo de aniquilamiento físico o al menos virtual del continente raíz de nuestra cultura ha hecho convenir a los dos grandes de la política occidental en una posición que se hubiera juzgado absurda a raíz de la última contienda, posición que nosotros –digámoslo de paso otra vez- hemos reivindicado de antiguo en diversas coyunturas.

Por cierto que, según lo que alguna vez apuntamos, en las últimas etapas de la guerra en Europa pudo haberse realizado una loable y trascendental conversión del escenario bélico –todavía entonces propuesta por los alemanes- mediante una coalición antisoviética de los aliados occidentales con los restos del poderío germano en un momento en que ésta todavía contaba como fuerza militar de primer orden y no significaba ya, sin embargo, ni podía visiblemente significarlo, un peligro para los ejércitos de Eisenhower y Montgomery, y sí, en cambio, un refuerzo inestimable. Esta medida era tan factible como lo fueron otros sorprendentes cambios de posición y alineamiento político-militar acaecidos ya en vísperas ya durante el desarrollo de la contienda, y que hasta antes de suceder nadie los hubiera juzgado verosímiles. Su resultado más previsible –entonces y ahora- hubiese sido una prolongación de las hostilidades -en la hipótesis, contra el Soviet- durante un lapso por cierto no breve, pero que podemos razonablemente presumir que habría terminado en la derrota del comunismo, con menor riesgo y menor costo material y humano que el que en las circunstancias de hoy parece por desgracia, inevitable.

¿Faltó audacia para dar aquel paso supremo? ¿Faltó visión para aquilatar lo torpe de infligir una derrota cartaginesa a Alemania?

Creemos que lo último, porque antes que nada faltó generosidad con el vencido y faltó conciencia de la unidad de civilización con él. Y estamos persuadidos de que sobró ingenuidad en la estima de las ulteriores –y hoy más que evidentes- posibilidades históricas del bolchevismo.

Estos considerandos no llevan el propósito de insistir en recriminaciones que, por otra parte, serían justificadas. Quieren más bien expresar la esperanza de que, al fin –ante los rasgos apocalípticos suscitados por la desunión de lo que siempre debió estar unido-, se esté palpando lúcidamente la miseria y ridiculez de persistir en la insensata política del “equilibrio europeo”. Quieren expresar, nada más y nada menos, la ponderación objetiva y leal de una experiencia de la que se pueden sacar aún conclusiones prácticas valiosas si es que todavía hay tiempo para ello.

Porque la experiencia clarísima, obvia, es que, en el supuesto de que el mundo salga con bien de las próximas jornadas, Europa, si quiere ser algo, como cuando –en lenguaje de Pío XII- “cumplía grandes cosas”, no debe olvidar jamás que hace tiempo se liquidó la etapa del simple equilibrio de nacionalismos. Que el equilibrio de fuerzas será posible en el futuro, sólo si se establece con justicia mediante influjos y contenciones recíprocas, en una estructura jurídica mundial en que se combinen armoniosamente la realidad “nación”, la realidad “continente” –Asia, Europa y América, porque África y Oceanía siguen siendo sus apéndices políticos- y esa otra viva y poderosa realidad que podría llamarse “comunidad gentilicia” y que se manifiesta en cosas tan objetivas como el bloque anglosajón, el mundo árabe y musulmán, el grupo hispánico o el mundo amarillo.

Pero… ¿habrá tiempo para ello? ¿Dará aún la Historia otra oportunidad para enmendar culpables o reiterados yerros? Contra el optimismo ingenuo, superficial, hay que decir lo que ya hace varios años respondía el propio Churchill ante la intrincada y fuerte malla de circunstancias adversas que él mismo contribuyó decisivamente a fabricar; “Nadie puede contestar esta pregunta con certeza”…

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