Unidad Cristiana y Paz
Publicación original: Novedades, 20 de diciembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: unidad cristiana, ecumenismo, Pío XI, Oriente cristiano, protestantismo, Iglesia católica, paz.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Intimación de caridad, siempre. Hoy, además, urgido reclamo de una Historia que quiere evitar cataclismos planetarios. El mandato de unidad que fue dado a los cristianos sigue siendo tan vehemente e inescapable como lo fue en la hora patética de la Cena última de Jesús con los suyos.
Y ante la quiebra de un mundo destazado material y moralmente por la eficacia múltiple de poderosos agentes de desunión, los que invocan el nombre de Cristo no pueden, sin culpa, olvidar que Él es la piedra angular de la sola Unidad que trasciende, supera y aun armoniza –en lo que cada una tiene de valedero- las humanas diferencias. Unidad, por otra parte, no de mera yuxtaposición, sino, estrictamente hablando, vital. Que es, ni más ni menos, la sola clase de unidad con dinamismo suficiente para, en alcances internacionales, echar las raíces de la convivencia pacífica y constructiva y de la coordinación de todo interés legítimo con los demás que también lo sean.
Al través de las centurias, la voz de Roma ha sonado insistente. En nuestro tiempo, por una parte ha advertido contra el error de buscar la unión de los cristianos escindidos en diversos grupos al través de un sistema de concesiones mutuas –morales y dogmáticas-, porque este camino equivocado hace claudicar a la verdad en inaceptables transacciones con el error. La caridad verdaderamente unitiva no puede fincarse más que en la plenitud esplendente de la verdad.
Paralelamente, la Iglesia Católica ha pronunciado acentos de pacificación y hermandad. A cada paso pueden encontrarse testimonios de su designio unitivo como el que enciérrase en las siguientes ponderaciones: “¡Qué santo y venerable es el oriente cristiano!... ¡Cuánto le debemos!... Fue el primero en recibir la ciencia de la salvación y en donde se efectuó nuestra Redención. De ahí vinieron los santos apóstoles a predicarnos la fe y a fundar nuestras iglesias. En oriente ésta fue ilustrada por los grandes y santos doctores, defendida con la sangre de los mártires y precisada en los concilios. De ahí nos vienen las partes esenciales y fundamentales de nuestra sagrada liturgia, la devoción y casi todas las fiestas de la Santísima Virgen, y la vida monástica. No podemos ni debemos olvidarlo… ¿Cómo podríamos seguir separados?”.
Y las voces, por ejemplo, de Pío XI:
Primero, a la escisión oriental: “Es necesario que los orientales disidentes, deponiendo antiguos prejuicios, procuren conocer la verdadera vida de la Iglesia, SIN QUERER IMPUTAR A LA IGLESIA ROMANA LAS CULPAS PRIVADAS, CULPAS QUE ES LA PRIMERA EN CONDENAR Y QUE TRATA DE CORREGIR; LOS LATINOS TAMBIÉN DEBERÁN ESTUDIAR Y CONOCER A FONDO LA HISTORIA Y LAS COSTUMBRES DE LOS ORIENTALES”.
Después, su referencia a los hermanos separados en las confesiones protestantes, recordando que los errores del pasado, que dieron pie a su disidencia, no fueron todos de la misma clase. “Si la parte católica pudo haber errado en cuestión moral, erraron los hombres, no la Iglesia; Y ESTOS ERRORES NO PUEDEN ACHACARSE A LOS CATÓLICOS DE AHORA, y la Iglesia los ha detestado siempre”. El error reformista, en cambio, recuerda, fue doctrinal. Y por otra parte, los iniciadores del protestantismo tampoco fueron modelos de santidad. Salta a la vista que lo lógico es recordar menos las faltas privadas en ambos lados –lo cual pertenece, sobre todo, a la Historia- y más bien procurar la enmienda de los yerros sustanciales.
Al cumplimiento del supremo mandato de unidad que nos fue dado todo debe ceder, a pesar de los arduos escollos: antipatías colectivas; prejuicios; intereses creados; nacionalismos religiosos que el cisma y la herejía suscitaron primero y han robustecido después en los pueblos que confiesan a Jesucristo. No es un secreto que muchas hasta hoy infranqueables barreras políticas se liquidarían, o al menos se debilitarían muchísimo con provecho de la armonía entre los Estados. Porque es lo cierto que muchos malos entendimientos internacionales tienen raigambres más o menos invisibles, pero objetivas, en añejas diferencias religiosas.
Ejemplo vivo, y ahora, dadas las actuales condiciones, patético, de la trascendente fecundidad posible de la unificación cristiana, es el caso de las inmensas y pobladísimas regiones de Asia, cuya incorporación a la cultura cristiana habría sido en gran parte lograda si, desde hace prácticamente un milenio no hubiese existido la desunión entre la iglesia rusa y la latina. Nada es tan nocivo y desorientador para los gentiles susceptibles de conversión, como la inejemplar multiplicidad de las confesiones cristianas. Y este colosal escándalo sigue teniendo tremenda eficacia negativa sobre las presentes circunstancias históricas.
Pero no hay que desesperar. El Espíritu de Dios no está ocioso en muchos hermanos disidentes sin culpa y de recto corazón. Y la oración de Cristo no fue ni puede ser en vano cuando pidió al Padre que todos los que creyesen en su nombre fuesen “una sola cosa”: “Yo en ellos y Tú en Mí, a fin de que sean consumados en la unidad, a fin de que el mundo conozca que Tú me has enviado y los has amado como a Mí”.
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