Una Joya Editorial Mexicana

Publicación original: Novedades, 2 de noviembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: edición, cultura, libros, periodismo y México.

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Los libros de interés extraordinario, a la vez que permanente y general, merecen en verdad salutaciones de colmada efusividad. Cuando se deben al esfuerzo editorial mexicano, nos apremia en conciencia el comprensivo estímulo del aplauso fervoroso y sin regateos.

En respuesta a ese apremio hay que decir suma laudanza de la versión a nuestra lengua del estupendo Diccionario Enciclopédico de la Fe Católica, escrito originalmente en inglés por un brillante grupo de especialistas británicos. Debemos esta edición en castellano al vigilante dinamismo –selectísimo en sus títulos y en la pulquérrima faena de sus prensas- de JUS que con ella puede anotarse un tanto de perspicuidad publicitaria.

La bibliografía católica de las últimas décadas ha sido de una ingente fertilidad y de una categoría tan notoria que resulta impresionante y fuerza a reconocer la múltiple, poderosa irradiación del espíritu y el pensamiento de la ortodoxia, cuyas expresiones literarias de casi todos los géneros se reciben hoy día con alerta, inusitado aprecio, en los círculos de selección de cualquier matiz ideológico, Dentro de tal espléndido movimiento contemporáneo se ubica esta obra.

Lo que le da carácter y le confiere el interés universal a que hemos aludido estriba en no tener, de suyo, un designio propagandístico o apologético. Su finalidad se ciñe de manera exclusiva a ser una fuente de consulta estrictamente técnica, avalada por la solvencia crítica de los redactores, “sobre palabras, nombres, términos y frases de uso común en filosofía, teología dogmática y moral, derecho canónico y liturgia, así como en la organización y las instituciones de la Iglesia Católica”.

De ahí el carácter somero y secundario con que incluye lo expositivo doctrinal, lo apologético, lo histórico y la mínima parte que concede a la biografía, si bien los editores mexicanos moderaron, por excepción –pensamos que con lúcida estima de las normales exigencias del público del mundo hispánico-, el rigor de ese plan al tratarse de Tomás de Aquino e Ignacio de Loyola, e incluyeron un admirable artículo inédito sobre el primero y extensos párrafos sobre el segundo que respectivamente se deben a dos sobresalientes plumas mexicanas: el estilista y erudito canónigo Octaviano Valdés y el docto historiador jesuita don Daniel Olmedo.

Este Diccionario Enciclopédico de la Fe Católica, por consiguiente, es de particular y obvia utilidad para la ilustración de los católicos seglares. Pero conviene subrayar que esa su índole fundamentalmente técnica lo hace un eficacísimo, prácticamente indispensable instrumento de trabajo para los estudiosos en general y más que nada para los periodistas y escritores, sean o no católicos que siempre requieren tener a la mano informaciones autorizadas sobre todos los temas importantes y constantemente aludidos. Al vivaz ritmo de sus labores –a veces febril y galopante- se acopla maravillosamente dándole una fuente de ágil, segura, concisa y esencial consulta sobre un término o asunto dados, consulta que, además, puede rapidísimamente ampliarse cuando ello fuere preciso mediante las referencias que en este diccionario cada artículo consigna respecto de los que le son directamente correlativos y que con idéntica concisión se incluyen en las más de seiscientas páginas a dos columnas del volumen único.

Es ésta, decimos en el rubro, una verdadera joya editorial. No por tratarse de una edición de lujo, de riqueza ornamental y primor tipográfico. Ello hubiera frustrado la básica intención divulgativa de la obra. Lo que le da su rango y quilates es lo que tiene de substantivo. Lo substantivo aquí, como siempre, viene a ser la importancia intrínseca de la materia, la magistral competencia con que se expone, el sagaz propósito práctico del plan que la estructura, así como la rigurosa fidelidad con que se ha vertido a nuestro idioma, lo cual supone uno de esos esfuerzos que suelen pasar inadvertidos pero que en realidad suman el trabajo casi imponente de un equipo de traductores, de acuciosos y pacientes correctores, de consultores especializados de primer orden; excelencias todas que, finalmente, se coronan con la sobria y atractiva presentación y las cómodas proporciones y el excepcional esmero tipográfico. Este no frecuente conjunto de notas distintivas le otorgan la robusta singularidad editorial que justifica nuestro rubro y que le harán ocupar sitio muy visible y preferente en la biblioteca de los investigadores y de cuantos trabajan en el mundo inquieto, dinámico y alerta del periodismo.

2 de noviembre de 1953
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