Una Desconfianza y una Profecía

Identificador: DM-412.
Publicación original: Novedades, 25 de junio de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Jaime Balmes, Gambetta, Revolución de 1848, Francia, liberalismo, socialismo, historia europea.
Ilustración en blanco y negro de Una Desconfianza y una Profecía, artículo de LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES


Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En 1848 obtenía su primer gran triunfo la revolución socialista, en Europa. Profundos cambios asendereaban la nave del equilibrio continental. En Francia, caía la Monarquía Burguesa y la usurpadora dinastía de los Orleáns, con los acontecimientos de febrero. El absolutismo de Prusia y Austria –rubricado ello con la memorable y simbólica fuga del canciller Metternich- había cedido ante el arrollador movimiento constitucionalista, que empezaba ya a obtener también notables victorias en varios Estados italianos. Dentro de este cuadro histórico, en abril, un mes antes de ser atacado del mal que lo llevó a la tumba, Jaime Balmes, sacerdote filósofo y periodista, recordaba que cinco años antes en 1843, había señalado los inequívocos presagios de grandes trastornos. He aquí sus palabras de hacía un lustro:

“La Europa entera ha reconocido los hechos que fueron el resultado de la revolución de julio (esto es, la Monarquía Burguesa, entronizada en tal mes de 1830); pero semejante reconocimiento no le ha impedido mantenerse en cierta actitud de prevención y desconfianza, cual si temiera que de un momento a otro no viniesen sucesos inesperados a dar a las cosas un sesgo peligroso”. Para un observador perspicuo, era claro que en ello, en ese “sesgo peligroso”, vendría a parar todo a la postre. Balmes añadía: “Los gobernantes de Francia son hijos de la revolución…; y la Francia tal como existe, es también hija de la revolución…; ellos profesan odio a todo lo antiguo, y gran parte de la Francia ha cambiado también de ideas y costumbres, apartándose del camino que siguieran sus antepasados; ellos no se atreven a sacar todas las consecuencias de los principios que profesan, y la Francia tampoco se atreve a hacerlo…; ellos están inciertos, la Francia está incierta; ellos no piensan en el día de mañana porque los ocupa el día de hoy; ellos descuidan la gloria nacional, y se ocupan principalmente de los intereses materiales, y en esto imitan a la Francia, que trabajada y maleada por una filosofía irreligiosa, ha visto entronizar en su seno el egoísmo, que no conoce otros medios que el oro, ni otro fin que el goce”.

Definitivamente, Balmes se nos manifiesta como un extraordinario analizador de lo social y un prodigioso develador de lo porvenir. Confirmémoslo una vez más. Ahora, ante los hechos consumados, agrega:

“Los sucesos de febrero no son una revolución nueva, son una fase de la antigua, de ese grande hecho de los tiempos modernos, que los historiadores tomarán siempre como una época, término de una serie de grandes evoluciones sociales, principio de otras no menos grandes”. Por eso es que la entonces flamante II República repite el lema de la primera: libertad, igualdad y fraternidad. “Bellas palabras –dice nuestro pensador- que significan hermosas ideas; pero al escribirlas en su bandera la república francesa, ¿qué garantías presenta de reducirlas a la práctica?” Y recuerda que la libertad, sin frenos religiosos produce el libertinaje; y que la igualdad de la ley, asimismo sin contenido religioso y como un mero principio abstracto –díganlo los leoninos contratos de trabajo del “igualitario” sistema capitalista- vienen a parar “en un sarcasmo contra los débiles”; y otro tanto afirma de la decantada fraternidad. “¿Qué sucederá? –concluye nuestro filósofo- Dígalo la experiencia”.

De cómo el equívoco doctrinario de esas “bellas palabras” iba a seguir corroyendo la vitalidad de Francia –lo que Balmes insinúa en el párrafo transcrito muy claramente- son una manifestación, al mismo tiempo que un anuncio terminante de algo que ya no se veía tan lejano treinta y cuatro años después, en 1882, las palabras del gran orador republicano Gambetta, escritas también, por necrológica coincidencia, en ese año que fue el de su muerte. Diríase que la inminencia de más allá influía en la lucidez cuasi profética de este aviso expresado sin ambages en una epístola a Camilo Depret y Augusto Gérard:

“Cuanto más avancemos en los años sucesivos, tanto más la República… verá disolverse sus fuerzas y su poder en soldados y en dinero. La “igualdad” quiere decir para el ejército la falta de disciplina y cohesión; la “libertad” quiere decir la crítica llevada hasta la difamación y la calumnia contra las autoridades y contra la ley; la “fraternidad” quiere decir el cosmopolitismo, el humanitarismo, la bestialidad internacional, estas tres fuerzas que nos devorarán y al cabo de pocos años nos arrojarán como presa fácil a los pies de los alemanes aliados con los latinos del otro lado de las fronteras”.

El tono de la etapa parlamentarista que siguió su inevitable proceso después de escritas estas palabras, el frente-populismo francés del momento anterior a la última guerra, y la terrible “débacle” del año 1940 ante el embate alemán e italiano, cumplieron punto por punto la profecía de Gambetta en 1882, la que no hizo más que concretar las desconfianzas de Balmes en 1848.

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