Un Tríptico Imperialista
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Iberoamérica, imperialismo, política internacional e identidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Tres extensos artículos publicados hace pocos días en un diario capitalino bajo el rubro “Perón vs. E.U.A.” merecen interés para el lector iberoamericano, no precisamente por reincidir en los peyorativos lugares comunes del antiperonismo, sino por ser expresión muy característica de un estado de espíritu digno de ser subrayado.
El rubro mismo, que sugiere agresividad donde sólo ha habido defensa, anuncia ya la especial preocupación que, en efecto, en el desarrollo del tema se revela con nitidez; más aún que la censura a la trayectoria interior del actual régimen platense, interesa la impugnación de su política exterior. Y, concretamente, por cuanto esa política ha recogido, en el punto y medida que a la Argentina atañe, el vasto, el limpio clamor iberoamericanista que en nuestros países, hoy día, crece en extensión y resonancia, y que, entre otras cosas, busca con toda naturalidad expresarse en un designio unificador de las inmensas posibilidades de Iberoamérica según programas que, por un lado, la afirmen y robustezcan en su ser espiritual y material, y, por otro, le alcancen el influjo –pacífico y pacificador- a que en lo internacional tiene derecho por su significación geográfica y –sobre todo- por la calidad de sus valores humanos.
Sea el que fuere el matiz de su pensamiento y de sus simpatías o antipatías políticas, parecería obvio que a cualquier iberoamericano con un sentido –así sea mínimo- de sus raíces culturales y de las exigencias de la Historia presente, habría de entusiasmar semejante propósito unificador. Sin embargo, la literatura que motiva estas consideraciones revela que, aunque parezca inverosímil, se da el caso de quien hay que suponer nacido en nuestro suelo, pero que se da a la tarea de combatir –con énfasis digno de mejor causa- el ideal unionista cuyo cumplimiento nos sería a todos los indolusohispanos, a la vez que consolidación, defensa. Y motor de grandeza histórica, además.
Para ello, la ofensiva asume la táctica de referirse a ese ideal no como a lo que es: un movimiento histórico y sociológico espontáneo y entrañable; sino como a una especie de “slogan” demagógico, sin fundamentos objetivos en el substrato de nuestros pueblos, acuñado y puesto en circulación por Buenos Aires para obsequiar un delirante nacionalismo
argentino con ambiciones imperialistas continentales, o poco menos. Esto último es tan poco serio como el sofisma pueril de pasar por alto que la idea de la unidad iberoamericana no es un invento peronista y reciente, sino viejo e ilustre señuelo común de nuestros pueblos y de nuestros próceres más representativos.
En realidad, lo que a poco leer queda de una cristalina claridad, es que la política americana de Perón brinda la coyuntura del momento para dejarse ir más a fondo, y, so pretexto de antiperonismo, romper una lanza en contra del espíritu iberoamericano, de sus derechos, de sus legítimas metas históricas y aun de sus esencias mismas.
No exageramos. Uno de los “leit motivs”, en el tríptico que suscita nuestro comento, es la negación de la validez del iberoamericanismo nada menos que mediante la peregrina impugnación de la realidad misma de lo iberoamericano. Para ello, se hace énfasis en algo de sobra conocido; la riquísima heterogeneidad de ingredientes biológicos y culturales que concurren, desde sus orígenes, en la formación de lo ibérico. Como si tal multiplicidad de elementos pudiese argüir, primero, contra la existencia de su resultante: esa realidad tan neta, diferenciada y original que integran Portugal y España, y, después, contra la, de esta otra realidad que, en América, de España y Portugal deriva, y que es a su vez tan caracterizada e inconfundible que la percibe de inmediato hasta el más superficial de los observadores, tan abrupta así es su objetividad...
Pero he aquí lo importante, las inferencias a que con ello se quiere llegar: “la pretensión -se dice- de enfrentar un bloque hispanoamericano a la poderosa nación norteamericana, carece totalmente de base”... (Habría que preguntar desde cuándo el coordinarse los hermanos para la mejor promoción de sus intereses familiares ha de significar por fuerza una hostilidad hacia el extraño cuyo poderío se tiene cuidado de recordar.) “Pero –se añade ya sin embozo- asumiendo (sic) que pudiesen existir principios claros y distintos alrededor de los cuales constituir dos fracciones antagónicas en América” (preguntaríamos otra vez: ¿por qué necesariamente antagónicas?), ello iría en contra del “espíritu del panamericanismo, cuya finalidad tiende precisamente a remover posibles diferencias nacionales y culturales entre los países del continente.”
Ya apareció el peine. Puntualmente la genuina concordia continental no puede fincarse en el intento violatorio de suprimir las efectivas diferencias nacionales y culturales, como, es cierto, quiere el panamericanismo, sino en todo lo contrario: en reconocer esa diversidad, y, una vez reconocida, hacer posible la convivencia de los elementos que la definen mediante el respeto recíproco y aun la cooperación de ellos dentro de normas de decoro que dejen intacta la autenticidad respectiva.
Pero esta concordia verdadera parece no interesar mucho. De ahí que más adelante se hable de “la otra cara de la moneda” en términos de una laudanza oficiosa, desmesurada y extravagante de lo norteamericano. Y que se trate de convencer de la cesación absoluta de la actividad imperialista –espiritual, económica, política- que determinadas fuerzas norteamericanas de esos tres signos han irradiado singularmente sobre Iberoamérica. Y ese mismo estado de espíritu explica que en uno de los primeros párrafos se trate, por anticipado, de dar al lector la impresión de que en el continente no existe sino una sola “americanidad,” de la cual participarían cuantos pueblos son desde la península del Labrador hasta la Tierra del Fuego. “Americanidad” que, como quien no quiere la cosa, se describe con rasgos que recuerdan más bien a una “norteamericanidad” antitradicional y antieuropea, de cultura científicorracionalista, de criterio relativista en lo filosófico y religioso, y en suma, tecnológica, por oposición –se insiste- a lo “confesional”. No deja de tener un incauto ribete ofensivo ese presupuesto gratuito de que los iberoamericanos, al participar de una “americanidad” de semejante jaez, hemos ya perdido el alma y el orgullo del perfil propio a cambio de un triste remedo del ajeno.
Es de recomendarse la lectura de este tríptico representativo de un imperialismo que quisiéramos creer no socarrón, sino, simplemente, inadvertido. Porque, dicho sea de paso, esa sola lectura nos consta que ha tenido la inesperada virtud de hacer sospechar, a más de un radical y prevenido antiperonista, que la política que se desarrolla en Buenos Aires puede estar de veras vinculada al legítimo interés iberoamericano.
31 de agosto de 1953
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