Un Riesgo de los Átomos para la Paz
Publicación original: Novedades, 20 de agosto de 1956.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: energía atómica, viajes, medios de comunicación, cultura de masas, identidad nacional, Antonio Caso, diversidad cultural.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Los átomos para la paz –si los átomos para la guerra no llegan en definitiva a estorbarlo- van a empequeñecer aún más al mundo con el abaratamiento, la simplificación y la brevedad de los viajes que casi perderán ese aire que todavía conservan de cosa un tanto solemne y hazañosa. Esto quiere decir, entre otras cosas, que las relaciones directas entre los hombres serán próximamente de una intensidad no soñada siquiera hace unos cuantos lustros. Desplazarse de México a Tokio, de Buenos Aires a Moscú, de Nueva York a Sydney o Delhi será algo aproximadamente equiparable a los actuales vuelos desde esta capital hasta el sureño Acapulco, o, al menos, hasta la norteña Chihuahua pongamos por caso.
Los átomos para la paz, por otra parte, van a aumentar también hasta lo inverosímil el presente y ya formidable poder difusivo de nuestros vehículos de publicidad: libro, prensa, radio, cine, televisión.
Una y otra cosa quieren decir que se agigantará, en términos incluso difícilmente conjeturables, el influjo de unos hombres y unas culturas sobre otros hombres y otras culturas. El hecho, en sí mismo muy natural y en términos generales muy deseable, suscita, sin embargo, dudas muy serias acerca de la posibilidad de que tal influjo llegue realmente a estar balanceado en cuanto a lo que a su reciprocidad se refiere.
Lo previsible –al menos según los datos a la vista- es que ese influjo no dejará de adolecer de lo mismo que hasta el presente, es decir, de una acentuada unilateralidad, en cuanto que el uso y disfrute de esas nuevas posibilidades agigantadas de desplazarse físicamente por los viajes y espiritualmente por la publicidad, seguirá estando desproporcionadamente más al alcance de los ciudadanos de los países que industrial y políticamente se encuentran en primera fila en el momento en que da sus primeros pasos la nueva revolución tecnológica.
Ello plantea el grave riesgo de que se haga muchísimo más agudo el gran fenómeno imitativo de carácter internacional de que dan testimonio estas décadas. Porque a ningún espíritu alerta escapa el que, tanto las fáciles vías de comunicación como los instrumentos de publicidad han dado pie a una extensa e intensa difusión, por parte de los grandes países y al través de todo el universo, de sus peculiaridades espirituales, hábitos, modos de ser, estilos de vida y aun de sus propias instituciones sociales y políticas.
El cine y el turismo norteamericanos son, quizá los ejemplos clásicos. Ambos, en virtud de las leyes sociológicas de la imitación, han dado lugar a una vasta tendencia reproductora de lo norteamericano en pueblos geográficamente remotísimos entre sí, y que se manifiesta en una amplia gama imitativa que va desde el beber Coca Cola hasta el repetir en las estructuras políticas el sistema federativo y presidencial yanqui.
Haciendo abstracción del valor intrínseco de su contenido, que ahora no viene a cuento, de persistir tales influencias con el excesivo vigor del presente, ello puede acarrear –si otros factores de equilibrio no se hacen entrar en juego- un cierto uniformismo poco provechoso y poco deseable para el hombre en el porvenir. Su existencia puede tornarse, en lo personal y en lo social, de una gris monotonía esteparia; falta de saludables diversificaciones, de contrastes, de variedad en las cualidades y estilos de vida de los pueblos, cosas que han dado precisamente a la Historia mucho de su grandeza y fecundidad. Semejante estandarización, sin asomo de duda, frustraría una de las más espontáneas y arraigadas tendencias de la especie: la de la defensa de la propia personalidad; tendencia, por otra parte, tanto más encomiable cuanto más se concierta dicha personalidad con las demás.
Lo que se necesita, en suma, es acudir a la conservación de la diversidad objetiva, y no meramente nominal y toponímica, de las naciones, dentro de la unidad moral y jurídica del género humano y no obstante el cotidiano y profuso acercamiento material que entre todos sus miembros está a punto de establecerse. Y aquí es cosa de volver al luminoso pensamiento, que siempre nos ha parecido excepcionalmente luminoso, de don Antonio Caso: “No es hacia una unidad incolora, fusión de todos los pueblos, hacia donde parece encaminarse la evolución histórica de la humanidad; sino, más bien, hacia una síntesis en que la armonía se produzca por la diversidad de los componentes y la solidaridad de la agrupación total; esto es, el ideal consiste no en suprimir las características de los pueblos, sino en sumarlas o combinarlas armoniosamente. En vez de una unidad pobre, una unidad varia, diversa, riquísima. Este parece ser el desiderátum de la historia”.
No hay que hacer frustráneo ese desiderátum. No busquen los poderosos desleír las peculiaridades de los débiles, porque ellas pueden muchas veces ser aportación inestimable al patrimonio ecuménico. Obren los débiles sagazmente y afírmense.
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