Un Momento Estelar de México
Publicación original: Novedades, 28 de diciembre de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Hernán Cortés, primeros franciscanos, evangelización, México y siglo XVI.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Con tener, digamos, acaso más intensidad histórica y plástica que el episodio flamenco de la rendición de Breda, le ha faltado un Velázquez que lo inmortalice en el lienzo. Pero una inspiración superior, dejólo, en trazos geniales, en ese lienzo vivo que es el espíritu de nuestro pueblo.
Cortés, el guerrero que asombró al mundo con la más increíble de las conquistas, haría culminar su grandeza fundando una Patria. Y uno de los grandes toques maestros de su obra hubo de ser el recibimiento de los doce primeros frailes franciscanos que había solicitado al superior general de la Orden. Si durante los trances épicos Cortés tuvo el más que al oro la defensa de la Fe verdadera, vino a confirmar el carácter básicamente misionero de su actividad prodigiosa haciendo una estupenda y memorable expresión de la pleitesía que las armas rendían a la virtud dentro de esa civilización que comenzaba a injertar en Anáhuac. Ello fue en 1524, tres años después de la toma de Tenochtitlán.
Ya a los de Tlaxcala y a los meshica había anunciado que, después de sus guerreros, vendrían otros hombres muy más mejores que ellos, a confirmar y aclarar las prédicas que a los indios se habían adelantado sobre la creencia y la moral cristianas. Ese anuncio cumplióse, puntualmente, con la llegada a Veracruz de fray Martín de Valencia y sus doce humanas florecillas de Asís. Desde Veracruz hasta Méjico, por encargo de don Hernando, de todas las poblaciones acudieron las gentes a recibir a los varones de Dios a toque de campanas y en procesiones provistas de cirios; regalándoles y aposentándoles lo mejor que era dable en cada sitio.
Pero en las goteras de la reedificada Méjico, es Cortés mismo quien sale a su encuentro, en compañía de todos los principales capitanes españoles, de Cuauhtémoc y los demás señores y caciques indígenas. He aquí la escena que había de imprimir carácter indeleble en el alma colectiva de Méjico; que había de signarla con ese peculiar respeto con que entre nosotros, hasta la fecha, se sigue considerando al sacerdote, en razón de su excelsa dignidad de heraldo y ministro de Dios:
Apeándose de la montura, Cortés se arrodilló frente al raído hábito de los frailes dándoles la bienvenida descubriéndose respetuosamente, la cabeza. Otro tanto hicieron los demás españoles del séquito, lo mismo que los señores indígenas. Y atestigua Bernal: “Desque el Guatemuz y los demás caciques vieron ir a Cortés de rodillas y besarles las manos, espantáronse en gran manera, y como vieron a los frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevar caballo, sino a pie y muy amarillos, y ver a Cortés, que le tenían por ídolo o cosa como sus dioses, ansí arrodillado delante dellos, desde entonces tomaron ejemplos todos los indios que cuando agora vienen religiosos les hacen aquellos recibimientos y acatos..., y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenía la gorra en la mano quitada y en todo les tenía gran acato”.
No anduvo desacertado el cronista aborigen de Tlaxcala cuando calificó este ejemplar rasgo cortesiano como propio de héroe. He aquí al que, desafiando a todo un pueblo en armas, por propia mano destruyó al maléfico Huichilobos, ahora de hinojos ante unos “motolinía” pobres como mendigos. Ello, afirma el aún maravillado tlaxcalteca “fue documento para que con mayor fervor los naturales de esta tierra viniesen a la conversión de nuestra santa fe”. Y el arzobispo Lorenzana había de expresarse de esta humildad del cruzado ante los santos franciscanos –fruto en sazón de aquella espléndida reforma eclesiástica que realizó el inmenso Cardenal Cisneros- como de un hecho que le parecía “más propio de un misionero apostólico que de un soldado”. En esa actitud de Cortés vibraba, implícita, una oración al Dios por quien había luchado con insuperable gallardía, para alcanzar de Él la bendición sobre los empeños fundacionales de que estaba naciendo Méjico. Fue tan eficaz esa plegaria –ejemplo, que Gonzalo de Illescas da testimonio de cómo desde “entonces se comenzaron a bautizar los indios a gran prisa”.
La aquiescencia de Dios, su “placet” al hecho del nacimiento de la nación mejicana, iba a los pocos años a manifestarse en plenitud con la aparición milagrosa del Tepeyac y la portentosa conversión de los indios en grandes muchedumbres. Porque la Virgen de Guadalupe fue –y sigue siendo- “la aprobación divina de las esencias de Méjico”.
Por eso, “Méjico es lo que en siglo XVI hicieron las Espadas del Imperio y las Rosas del Milagro”.

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