Un Atisbo de la India

Identificador: DM-319.
Publicación original: Novedades, 20 de septiembre de 1954.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: India, misiones católicas, educación, acción social y Francisco Luis Benac.
Un Atisbo de la India

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hemos tenido la fortuna de asistir a la exhibición de unos documentales en colores que dan interesantísimos reflejos del enorme país indostánico y de la actividad católica y misionera que ahí se desarrolla. Su explicación corre a cargo de un “narrador” –como se dice en televisión, cine y radio- que se halla de viva y física presencia entre los espectadores. Tiene la excepcional calidad de ser un residente de muchos años en la India entregado a labores sociales, de misión y universitarias. Cultura y talento, experiencias vitales, hábitos de exposición académica, vivaz simpatía española y edificante espíritu sacerdotal autorizan y hacen su palabra fluida, amena, objetiva y substanciosa.

Verbo e imagen logran así un impacto formidable en el espectador. En cierta medida, abruma el atisbo de aquel vasto subcontinente. Con sus remotísimas raíces culturales. Con sus antiquísimas formas de vida al mismo tiempo que con sus relevantes expresiones de modernidad en urbes como esa Bombay que se nos revela en la pantalla. Con sus ingentes recursos naturales en comienzos de industrialización a la vez que con el agobio de sus 350 millones de habitantes si es que no se hace mérito de los 73 millones de paquistanos que han hecho casa aparte desde hace pocos años. Con su complejidad étnica, social y religiosa a la que están aparejados hondísimos problemas, bajo la cual, sin embargo, late un común denominador indudable, substrato espiritual que fundamenta un gigante proceso de integración nacional que puede llegar a fecunda madurez si no es interceptado por una siempre posible expansión comunista que tramonte la ya insuficiente defensa cordillerana del Himalaya.

La novelesca hipnosis ejercida por la India sobre nuestra primera juventud puede decirse que en lugar de esfumarse se afirma mientras pasan sus escenarios y gentes ante la avidez y el “suspenso” de nuestros ojos. Pero, al propio tiempo, es superada por nuevas luces trascendentes que ganan primacía en el espíritu. Todo ese “otro mundo”, ingente y semifabuloso, está en trance de asumir un peso decisivo en los destinos del planeta. Y la fascinación de intacto orientalismo de la vieja Jaipur o del maravilloso mausoleo del Taj Mahal, el impresionante ensalmo de “ciudades encantadas” en las que no habita más que un enigmático y silencioso tumulto de recuerdos, las desconsoladoras exequias crematorias en las riberas del sagrado Ganges, el bullente cosmopolitismo de Bombay –único que nos tocó entrever-, todo, todo ello cede el paso o sirve de expresivo trasfondo a la consideración de esos centenares de millones de seres humanos que entran a paso apresurado en el escenario histórico de nuestro tiempo, y de los cuales –“después de dos mil años”, se nos subraya- sólo cinco millones conocen a Cristo en su verdad católica.

Por supuesto que hay datos, además de interesantísimos, confortadores. Desde el exclusivo punto de vista temporal se nos declara desde luego que, a raíz de su independencia política, el hindú vive mucho más alegre, como quien ya no se siente en la indeseable condición de mero huésped dentro de su propia casa. Desde el ángulo visual misionero, destácanse hechos como el de la pérdida palpable de influjo del protestantismo ya sin el apoyo oficial británico. Son numerosos los casos de quienes, originalmente conversos del hinduismo al protestantismo, han arribado por meritorio y libérrimo trabajo de su espíritu al puerto de la catolicidad.

Esta, en la India, aunque pequeña, es compacta. Es, en más de un aspecto, ejemplar por su autenticidad cristiana. En el clero y aun en las numerosas órdenes religiosas es ya muy importante el porcentaje de miembros indostanos de nacimiento y sangre: han escalado incluso el episcopado y el cardenalato.

Un dato notabilísimo es el de las muchas escuelas y universidades católicas, que tienen, por cierto, el más alto prestigio en el país. A ellas concurren alumnos de todos los credos. Y aunque estos centros de intensa vida intelectual no hacen, en virtud de prevenciones legales, proselitismo entre los no católicos, de todas maneras rinden el testimonio elocuente de lo que el catolicismo significa en el orden de la inteligencia y de su leal contribución al esfuerzo de edificar la estructura de la nueva India. Asimismo, la acción social de los católicos en los grandes centros urbanos y en las zonas rurales tiende a resolver los problemas de las clases más desfavorecidas sin distinción alguna de creencias. El espíritu evangélico de hermandad católica, radicalmente opuesto a la ahí proverbial estratificación de las castas cerradas, manifiéstase sobre todo en relación con los “intocables”, los parias de aquella agrietada, pero todavía en cierta medida subsistente, arquitectura sociológica que consagraba las más extremosas discriminaciones.

En términos generales, el espíritu de orden, pacífico y constructivo de nuestros hermanos indios en la fe no deja de ganarles consideración oficial y social, venciendo, por otra parte, naturalísimas desconfianzas que forzosamente ha de suscitar cuando de algún modo sugiera occidentalidad, que ahí recuerda la apenas terminada experiencia del colonialismo. Todas las expresiones de la vida de la comunidad católica india van abriendo brecha y dejando constancia, en la ciudad y en el campo, en lo material y espiritual, del aliento verdaderamente universalista de la Iglesia para la que no hay distingos de orientalismo y occidentalismo, sino hombres con derecho igual al mismo bien común temporal, almas que estuvieron todas presentes en el Corazón de Cristo en el Calvario y son llamadas a idéntica felicidad ultraterrena, y en fin, pueblos con derecho a su propia porción de bienestar jurídico, económico y moral en el mundo, y a su libre realización histórica dentro de las peculiares líneas de cada ser nacional en armonía con el conjunto del género humano. Las viejas, inaceptables antinomias “Oriente u Occidente” y “universalismo o patriotismo” son así resueltas con ejemplaridad viviente y cotidiana por el catolicismo indostánico.

Nos queda, imborrable, en la pupila y el oído, y más que nada en el corazón, la figura y la palabra, luminosa de talento, pero sobre todo de Evangelio, del “narrador”: el padre Francisco Luis Benac, jesuita español que transpira en cada frase y en cada ademán su entrañable, cristianísimo amor a la India, por quien son todos sus desvelos, fatigas y luengas peregrinaciones. Para la que sueña el mismo sueño de triunfo apostólico que, hace cuatrocientos años, soñó Francisco Javier. Su gira hispanoamericana en pro del gran centro nacional indio de las Congregaciones Marianas, que ha de formar la más vasta y necesaria “élite” y el más importante núcleo de irradiación católica en la India, merece singularísima comprensión y generosa ayuda de los cristianos de este México de vocación histórica misionera y universalista.

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